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DE MUROS Y HOMBRES/239

Hermann Bellinghausen

Los muros son, aquí y en China, sinónimo de guerra. Intrínsecamente brutales, los muros que hemos visto erguirse en las décadas recientes son excrecencias imperiales y de conquista, y a la vez radical experiencia carcelaria. Son el grado extremo de las fronteras. Segregan, encierran, bloquean, sofocan, niegan. Estos muros, la historia enseña, sólo traen desgracias. El fenómeno, estrictamente contemporáneo, posee a la vez milenios de tradición. Sus vestigios arqueológicos los delatan. Pero no estamos hablando aquí de los muros defensivos que protegían castillos, villas, ciudades medievales. O los que pretendían desanimar a los piratas del Caribe en los puertos de la corona española. O los que buscaban desalentar a los indios levantiscos contra los conventos y las misiones cristianas en tierra ignota.
Los muros que dividen o separan países son una peste contemporánea. Dejan verdaderas cicatrices en los mapas mentales y reales de los territorios donde son construidos por los poderosos. Escribían hace 10 años Alexandra Novosseloff y Frank Niesse: “asistimos a un endurecimiento de las fronteras”; como sabemos, eso ha escalado aún más, y todo indica que el negocio de la construcción de murallas tiene hoy un brillante porvenir. Como investigadores sociales y como fotógrafos, Novosseloff y Niesse registraron ocho amurallamientos álgidos, la mayoría de los cuales no han hecho más que empeorar desde entonces.

Por si fuera poco,
en años recientes la lista de muros y fronteras con vallas y rejas se ha incrementado drásticamente por el éxodo masivo de refugiados del Medio Oriente y África hacia Europa. El libro Muros entre los hombres recorre las fronteras de las Coreas, la Línea Verde que divide Chipre, las “líneas de paz” de Belfast, la alambrada de Melilla a Ceuta, la barrera electrificada de Cachemira, el Berm del Sahara Occidental, y claro, “el muro-frontera” entre Estados Unidos y México y el muro de Palestina. Todos sobrevivieron o siguieron al de Berlín, que célebremente “cayó” en 1989 y se le quiso ver como el anuncio de un mundo sin fronteras, abierto al libre comercio y las uniones continentales, la colonización blanda, las vecindades bien administradas.
Como todo en el neolenguaje orwelliano hoy en boga, cuando nos dicen que los muros traerán la paz sabemos que se trata de lo contrario. Donde hay muros, hay guerra. También son, como dedujo Jorge Luis Borges en un artículo periodístico de 1950, lugares que niegan el pasado y pretenden reiniciar la historia. La muralla china funda la memoria mítica de estas construcciones, las más vastas sobre la Tierra en su respectivo momento histórico. Su linaje incluye la muralla de Adriano para separar a la indomable Escocia del imperio romano. Dice Borges: “Leí, días pasados, que el hombre que ordenó la edificación de la casi infinita muralla china fue aquel primer emperador, Shih Huang Ti, que asimismo dispuso que se quemaran todos los libros anteriores a él. Que las dos vastas operaciones, las quinientas a seiscientas leguas de piedra opuestas a los bárbaros, la rigurosa abolición de la historia, es decir del pasado, procedieran de una persona y fueran de algún modo sus atributos, inexplicablemente me satisfizo y, a la vez, me inquietó”.

Es probable que Franz Kafka haya sido quien condujo allí a Borges. En La edificación de la muralla china, Kafka destaca la inclinación “a ignorar el presente” del pueblo constructor de la muralla. La reflexión borgeana apunta: “Quemar libros y erigir fortificaciones es tarea común de los príncipes, lo único singular en Shih Huang Ti fue la escala en que obró. Así lo dejan entender algunos sinólogos, pero yo siento que los hechos... son algo más que una exageración o una hipérbole de disposiciones triviales. Cercar un huerto o un jardín es común;; no, cercar un imperio”. El emperador ordenó “que la historia comenzara con él”, aunque China ya era milenaria y habían pasado Confucio y Lao Tzu. En un giro muy suyo, Borges explica la propensión de Shih Huang Ti por quemar los libros, es decir la memoria y la creación anteriores a su tiempo: “Herbert Allen Giles cuenta que quienes ocultaron libros fueron marcados con un hierro candente y condenados a construir, hasta el día de su muerte, la desaforada muralla. Esta noticia favorece o tolera otra interpretación. Acaso la muralla fue una metáfora, acaso Shih Huang Ti condenó a quienes adoraban el pasado a una obra tan vasta como el pasado, tan torpe y tan inútil”.
Los modernos emperadores presidenciales y reyezuelos que promueven muros como negocio e higiénica panacea “étnica” comparten la misma idea: la historia empieza hoy. Que lo digan si no Bibi Netanyahu y sus predecesores con el “comienzo desde cero” del moderno Israel: lo que había antes de mí no existe. Que lo digan Donald Trump y su fantástico gobierno: “volver a ser” lo que nunca fueron. Igual que otros inauguradores de futuros absolutos como Hitler, Pol Pot y las Cruzadas europeas.  

Los muros se imponen aduciendo historias falsas,
leyendas negras y amenazas inexistentes. Así, están los bárbaros de J. M. Coetzee que nunca llegan y tal vez no existen. Y los bárbaros distantes de Kafka: “¿De quienes iba a resguardarnos la Gran Muralla? De los pueblos del Norte. Yo vengo del Sureste de China. Ningún pueblo del Norte nos amenaza. Leemos las historias antiguas, y las crueldades que esos pueblos cometen siguiendo sus instintos nos hacen suspirar bajo nuestros pacíficos árboles. En las auténticas figuras de los pintores vemos esos rostros crueles, esas fauces abiertas, esas mandíbulas ceñidas de dientes puntiagudos, esos ojitos entornados que parecen buscar carne débil para el brillo de sus dientes. Cuando los niños se portan mal les mostramos esas figuras y ellos se refugian en nuestros brazos. Pero eso es todo lo que sabemos de esos hombres del Norte. Nunca los hemos visto y si permanecemos en nuestra aldea no los veremos nunca, aunque resolvieran precipitarse sobre nosotros al galope tendido de sus caballos salvajes... demasiado vasta es la tierra y no los dejaría acercarse... su carrera se estrellaría en el vacío” (La edificación de la muralla china, según la versión, sí, de Jorge Luis Borges).
Al cabo de su recorrido por el mapa de la ignominia y la segregación a escala monumental y trágica, Novosseloff y Neisse concluyen con cierto optimismo: “En el fondo, a largo plazo, el movimiento de los hombres es, hoy como siempre, más fuerte que la construcción de los muros”. Citan a Jean-Chistophe Rufin: “Los muros que los hombres levantan entre ellos resisten a todo salvo el paso del tiempo. Creados para ser eternos, sólo son efímeras construcciones humanas. Es una de las pocas leyes de la historia que no tienen excepción”.
Mas no resulta fácil vencer el escepticismo: “Saber que los muros están destinados a caer un día es un consuelo insuficiente para aquellos que los sufren cotidianamente. Podemos preguntarnos si, a término prolongado, la razón podrá vencer a los muros y las fronteras amuralladas”.

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En marzo de 2017, Ojarasca se ilustra con fotografías de estos muros, tan de terrible actualidad, según aparecen en Muros entre los hombres, de Alexandra Novosseloff y Frank Niessse, revelador volumen publicado en 2007 por La Documentation Française (París). Su versión castellana fue coeditada en 2011 por el Colegio de la Frontera Norte (México) y la Red Alma Mater de la Universidad Tecnológica de Pereira (Colombia).

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