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LA MERITITA HORA... QUE NO SE ASOMA / 240

Lamberto Roque Hernández

Para nuestros señores grandes


VINE HASTA AQUÍ A CAMINAR mis últimos caminos. A dar mis penúltimos pasos antes de llegar al abismo al que tarde o temprano todos lentamente o de manera rápida bajaremos. Según yo, y de manera irremediable, vine hasta aquí, a morirme. Ya en poco tiempo me iré. Y como de aquí me fui, aquí quise venir para de este lugar partir de nuevo. De ida solamente. A la eternidad.

Llegué hasta aquí, a este pueblo olvidado por dios al que yo llamo mi sitio para un día de éstos exhalar mi último aliento. Vine a robarme el aire que ya no me pertenece, dicen algunos. A estorbárselo a los que están en la edad de producir y reproducirse. A lo mejor a distraer a los que crean, a los que inventan. A interferir en la armonía de los que trabajan para sacarse adelante. Vine a dar hasta cierto punto molestias. A que me escuchen toser los vecinos y a que los perros en vez de ladrarme me meneen la cola sólo por lástima. Hasta ellos saben que ya no les sirvo ni para que me correteen. Vine a dar penas para algunos, lástima para otros y a recibir respeto de casi nadie. Con el paso del tiempo me he dado cuenta de eso de que los jóvenes quieran ser como uno, es sólo una creencia falsa. Puro mitote. A quienes menos se quieren parecer los chavos es a uno de viejo. Así que no me considero ejemplo para nadie.

Soy hasta cierto punto un desconocido. Me fui para el otro lado, desde hace tanto tiempo que ya aquí casi nadie me recuerda. Los que me conocían, ya se murieron. Volví siendo pues casi el único que no se murió en el norte. Aquí estoy. Viendo al mundo desde mi rinconcito. Desde mi aparato de televisión. Riéndome del presidente del norte porque no me queda otra. Viejo frustrado y enojón. Me da mucha lástima por su mujer, tan joven y tan chula. Viejo amargado. Millonario bueno sólo para pelearse con todo el mundo. Asusta a los paisanos y ellos que se dejan asustar. No entiendo por qué se preocupan si el cabrón ese los quiere echar de los Estados Unidos. Si los van a deportar, los van a enviar a su país, no a otra parte. El que es perico en donde quiera es verde pues. Pero en fin, cada quien sus miedos y sus corajes. Yo ya no estoy para eso.

Traigo arrastrando conmigo casi noventa años. Jalándolos. Ya ni siquiera puedo ponerlos encima de mis hombros. Se me resbalan muchos de los recuerdos, estoy demasiado encorvado para cargar con todos. Traigo los pies pero casi ya no los siento. Sé que los tengo porque camino y porque los aprecio dentro de las manos de la Matilde cuando antes de irme a la cama me los lava. Es entonces cuando aún siento unas ligeras cosquillas. Estoy vivo, me digo.


Veo lo suficiente. Aunque a veces se me confunden las imágenes. Miro borroso cuando está nublado, y cuando ya está pardeando la tarde. Aunque cuando me canso de querer distinguir algo, me da por adivinar lo que es, ya que, como dicen, “más sabe el diablo por viejo que por diablo”. Lo mismo hago cuando me pierdo en una plática con la Matilde. Le invento las respuestas o parte de una plática chiflada. Ella a veces se cansa y me manda al carajo por contestar una cosa en vez de otra. Así son las relaciones de vejetes, le digo para consolarme un poco. A veces mejor miro por dentro de mí. Me da por cerrar mis ojos para que al mismo tiempo que ellos descansan, yo pueda a tientas recorrer esos rincones apeligrados y empolvados por los que estuve y anduve.

Escucho con la ayuda de mis aparatitos estos que chillan cuando paso en frente de la televisión y está encendida. Ese pinche ruido me vuelve loco. Me marea. Me hace sentir más viejo de lo que estoy. Oigo digamos lo que me conviene. Ya no paso tiempo tratando de entender lo que me dicen mis allegados o los que de repente se aventuran a querer conversar conmigo. Cuando quiero vagar en el silencio, lo único que hago es sacarme los aparatos esos y así floto en ese espacio que es sólo mío. Mi propio mundo.

Duermo bien. Aún sueño. Así como me imagino que lo hacen todos. Aunque mis sueños ya entraron en un ciclo repetitivo. Se me han estado dobleteando. Una de esas alucinaciones nocturnas que más me impresiona es en la que me veo y me siento en el vientre de mi finada madre Dionicia. Desde ahí escucho sus pláticas con mi papa Melecio. Hablan de lo contentos que están de que yo, su primogénito, vaya creciendo adentro de la barriga, como mi padre dice en ese mi sueño. Siento sus manos sobre la piel estirada de mi mamá, y créanme o no, siento su mano grande, calientita detenerse casi por donde está mi frentecita. Eso que sucede en ese sueño me hace sentir hasta ahorita muy seguro. Así es que por eso digo yo que tengo las manos, aunque ya viejo, bien calientitas.

En otras ocasiones me sueño cuando estuve en esos campos verdes de California. Me veo apurado desahijando los plantíos de lo que fuera. Me miro a gatas en los terrenos de Watsonville pizcando fresas. Me siento siendo uno de los mejores en esos campos de gringos. Ansiando llegar a la cabecera del terreno porque ahí está plantado un Cadillac viejo y, adentro de él, la negra con sus nalgas del tamaño del mundo, quien por cinco dólares de esos tiempos nos arrastraba lejos de nuestras desgracias terrenales. En otras ocasiones sueño con las historias que leí y que aún de vez en cuando releo. Porque eso sí, la lectura ha sido, después de las mujeres, otra de mis grandes pasiones. Los libros, tengo que decirlo, me sacaron avante en momentos de desesperación. Leer me ha librado de muchos males. Amén.

En mis noches en blanco y negro, hablo con los fantasmas que deambulan por estos lugares, y les pido que me echen la mano, que me ayuden a irme porque tal parece que a mí ya se me está olvidando todo y entre ello morirme.

Llegué hasta aquí porque, según yo, ya es tiempo de morirme. Pero no pasa nada de eso. Al contrario, me siento bien. Casi aquí no me duele nada como cuando estaba viviendo en Denver. Será por el frío de allá. A lo mejor si es que hay dios, Él me ha de estar castigando desquitándose conmigo dejándome olvidado aquí en la Tierra para que pague por todas las veces que he dicho que no creo en Él. No estoy ni enfermo ni desahuciado. Nada de eso. Es que de por sí yo digo que ya es justo que me llegue la mera hora. Ya mis contemporáneos pelaron gallo. Y, según yo, ya anduve lo suficiente como para decir que desde ya hace mucho tiempo atrás completé mi tarea en este mundo.

 

Ya sembré árboles. Ya tuve hijos, nietos y bisnietos. Ya escribí. Ya bebí lo que quise. Comí. Y también los pisos de muchos salones de baile los relustré con las suelas de mis Stacy. Ya me amaron. Ya amé.

Vine hasta aquí a eso pues. A reclamar mi pedazo de tierra y a juntarme con mi ombligo que aquí está enterrado. Pero aún nada, naditita de nada, la mera hora ni siquiera se asoma.

 

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| Lamberto Roque Hernández, escritor originario de San Martin Tilcajete, Oaxaca. Es profesor bilingüe en California.

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