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LOS RARÁMURI. MORIR DANZANDO / 240

Elpida Niku y Rodrigo Hernández

 

Madera manchada de sangre. Pequeños aserraderos en diversas zonas de Chihuahua esconden la terrible realidad que vive el estado y la pesadilla que sufre el país. Troncos de pinos cada vez más delgados se amontonan antes de ser cortados. El negocio controlado desde hace décadas por grandes caciques, tiene un nuevo dueño: el crimen organizado.

La Sierra Tarahumara era una de las cadenas montañosas con más pinos del continente. Los rarámuri han vivido aquí desde hace siglos. Como buena parte de las comunidades indígenas de México, su relación con la tierra y el bosque va mucho más allá del rendimiento que sacan de ellos. Una tierra árida, sin apenas vegetación, les enseñó a vivir con poco. “No entendemos esta otra manera de conseguir riqueza,” reflexiona Francisco Palma, un joven raramuri que lleva años luchando por preservar su identidad.

Su resistencia comenzó enfrentándoles a grandes madereros. Los pinos de su comunidad, donde jugaba en su infancia y en donde se realizaban sus tradiciones ancestrales acabaron en muebles y casas por todo el mundo.

Una explotación que se agudizó cuando los megaproyectos de desarrollo como la minería y el turismo entraron en su territorio. Como en otras zonas, nunca hubo una consulta ni un consentimiento de las comunidades para que se explotasen sus recursos naturales. Francisco recuerda que estas grandes corporaciones presionaron, e intentaron comprar a estas comunidades, pero se toparon con una forma de pensar y vivir muy diferente a lo que los empresarios comprenden. “No solamente basta con sobrevivir, si dejaste de ser lo que eres. Nosotros somos felices desde la austeridad. Teniendo poco uno puede ser feliz. Cuanto menos acumulas es mejor, porque te pesa menos para ir a otro lugar”. El grave problema para Francisco y para los rarámuri, es que ya no queda otro lugar.

 

La amenaza

Chihuahua es el estado más grande de México y su frontera con Estados Unidos la más extensa. Un lugar donde el narcotráfico siempre ha tenido presencia. Pero todo cambió con el inicio de la guerra contra las drogas. Las piezas se movieron y las reglas cambiaron. La violencia se disparó. Las comunidades más aisladas son las primeras afectadas. La impunidad es total en las zonas usadas para plantar y transportar la droga. Una vez más, el territorio indígena es el más golpeado. Están atrapados entre los grandes proyectos de desarrollo, la violencia y la corrupción. Aquel que se atreve a levantar la voz es rápidamente castigado.

En el transcurso de los tres primeros meses de 2017 los asesinatos comenzaron a escucharse más allá de las fronteras del país. Isidro Baldenegro y Juan Ontiveros eran dos defensores ambientales que denunciaban la tala tanto legal como ilegal en sus comunidades. Miroslava Breach, era corresponsal de La Jornada e informaba sobre las violaciones de derechos humanos, la corrupción y la complicidad de las autoridades con el crimen organizado. Los tres acabaron con balas en su cuerpo.

Chihuahua se convirtió en territorio de los cárteles y en productor de la demanda de estupefacientes de estadunidenses. Durante años el cultivo más importante era de marihuana, pero su legalización en varios estados del país vecino provocó que cárteles como el de Sinaloa, que controlan históricamente esta zona, se concentraran en comercializar drogas sintéticas y cultivar amapola. El 50 por ciento de la heroína que se consume en Estados Unidos se produce en México, su segundo productor mundial.

Si hay un lugar donde los narcotraficantes pueden desarrollar sus actividades con plena libertad, ése es el Triángulo Durado. La zona donde convergen los estados de Chihuahua, Sinaloa y Durango, es uno de los puntos con mayor producción de amapola en el mundo y también, por desgracia para los rarámuri, el lugar de origen de su pueblo.

Los cárteles funcionan como grandes empresas en las que se intenta sacar beneficio de todas las actividades. Los árboles que cortan para conseguir tierras donde sembrar, son vendidas a pequeños aserradores. Se necesitan también campesinos, transportistas y sicarios para alimentar un negocio que no para de crecer.

De una hectárea de amapola se pueden producir unos 10 kilos de goma de opio, de donde se extrae un kilogramo de heroína. Cada kilogramo puede generar ganancias de 80 mil dólares (casi 1 millón y medio de pesos mexicanos). El dinero permite comprar autoridades, policías o militares. Los únicos que pueden poner freno a sus actividades son los que no de dejan comprar. Las mismas comunidades que no se torcieron con políticos corruptos ni con grandes empresas. Comunidades, en su mayoría rarámuri que ven como cada día queda menos de su hogar, de sus tradiciones, de su pasado. Es a ellos a quienes castigan.

 

La huida

Pasos cortos y veloces. Los rarámuri caminan tan rápido que en un instante se pierden en el horizonte. Conocen cada detalle de las veredas de su monte, las pequeñas brechas que conectan las comunidades alejadas entre bosque y montaña. Pero ahora huyen. Su veloz desplazamiento no les ha ayudado a escapar de un nuevo ciclo de violencia que se vive en la zona.

Huyen con miedo. Dejan su casa. Su milpa y sus animales. Su bosque. Sus amigos. Y su familia. Huir. Huir. Permitir que sus pies alcancen la velocidad necesaria para alejarse lo más rápido posible del terror. Alejarse de la muerte, la devastación y la desesperanza. Y eso, sólo si se tiene la suerte de sobrevivir.

En Chihuahua hay más de 12 mil desplazados internos según datos oficiales. Muchas familias han sido obligadas a abandonar sus hogares. Algunos dejaron sus humildes casas para esconderse en cuevas y después irse a la ciudad. Tuvieron mala suerte, sus tierras se pueden usar para cultivar la droga o están demasiado cerca de las brechas que usan los criminales para transportarla.

Ya no hay amenazas, llegaron los disparos. En los últimos 3 años, 9 líderes indígenas han sido asesinados. Son los que organizan a sus comunidades para defender lo más sagrado para ellos: el bosque, que trae la lluvia y alimenta las plantas medicinales que los rarámuri usan para curar las enfermedades.

“La tierra se va a acabar más rápido, el bosque se va a acabar mucho más rápido porque no lo vamos a poder cuidar”, reflexiona preocupado Francisco mientras ve como los jóvenes en su comunidad están cada vez más influenciados por la cultura occidental de la codicia que los rodea. “Tenemos un encargo de nuestros antepasados que es seguir siendo lo que somos. Ser rarámuri es seguir conservando la historia, tener la memoria de tu pasado, de donde naciste, cual es tu lengua. Resistir danzando como siempre lo hemos hecho. Si no danzamos nos morimos como pueblo, pero últimamente estoy pensando que se trata de morir danzando. Y cada vez se acerca más, cada vez falta menos para eso, para morir danzando”.

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