NICHIMAL K’OP LA PALABRA FLORIDA — ojarasca Ojarasca
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NICHIMAL K’OP LA PALABRA FLORIDA

Xun Betan

Vine hasta la cocina porque aquí es más bueno para platicar, además porque siempre tenés tu olla de café calentándose en el fogón. La cocina era ese lugar mágico donde a las visitas de la bisabuela les encantaba llegar, porque además del café, siempre tenía algún otro bocadillo para ofrecer y compartir. Lelit, la bisabuela, se dedicaba al bordado de esas frondosas naguas multicolores que vestían las mujeres tsotsiles del pueblo. Digo vestían, porque poco a poco van dejando de usarlas, eso por los constantes actos discriminatorios que sufrían y sufren día a día, y prefirieron cambiarla por la ropa tipo “occidental” para que las vean “menos indias”. A los hombres les fue un poco peor, porque rápidamente tuvieron que cambiar su forma de vestir y dejar de hablar la lengua tsotsil para poder emplearse en los ranchos o para salir a buscar trabajo fuera del municipio, algunos, con mayor posibilidad, para ser maestros.

La cocina era ese lugar donde se compartía fluidamente la lengua, y que rápidamente se transformaba en un ambiente cálido y misterioso cuando había con quien conversar, porque en ese momento se compartían las historias del pueblo, de la marginalidad que se sufría a diario, o de las alegrías de las fiestas, en fin, historias cotidianas. Desde entonces silenciosamente se reflexionaba sobre discursos de odio y xenofobia, como sucedió con mi hermana, que en una de esas conversaciones le propusieron que dejara de usar su traje, para que la gente no se burlara de ella y no sufriera lo que la abuela y mi madre sufrieron por su forma de vestir. Mi hermana aceptó tal propuesta porque quería vivir “sin sufrir”. Ahora muchos comentamos sobre el comportamiento grotesco de un personaje como el actual presidente de los Estados Unidos, pero lo más curioso es que pasamos por alto la manera y la forma racista que nosotros actuamos hacia las personas que tienen rasgos indígenas, o afrodescendientes, o por su orientación sexual en nuestro mismo país.

Los ejemplos del racismo institucionalizado y cotidianizado los escuchamos y los vemos todos los días en los discursos políticos, en los medios de comunicación, en las escuelas y otros espacios públicos y en nuestras relaciones cotidianas. Basta con recordar el comentario del presidente del Instituto Nacional Electoral mofándose de un líder chichimeca o los comentarios de la encargada del CDI que en una conferencia sobre la reforma educativa expresó que dicha reforma “ayudará a que los pueblos indígenas sean más cultos, más educados”. No sé a qué tipo de educación y cultura se refiera, ya que en los pueblos, a pesar de la “educación institucionalizada”, aún nos queda amor a la vida y a la tierra, y por ello existen personas como Isidro Baldenegro, Mariano Abarca, Berta Cáceres en Honduras y otros más que dieron su vida por la tierra, al igual que los muchos pueblos que luchan por mantener sus territorios como los pueblos purépechas de Cherán o los pueblos zoques donde actualmente está presa Silvia Juárez por luchar contra la explotación de los hidrocarburos y el fracking.

 


No cabe duda que el muro de Trump cae como anillo al dedo para las próximas elecciones en México o para limpiar la imagen de un gobierno en crisis o, como dicen los analistas políticos, con la escala más baja de aceptación. Trump casi logra borrar las manifestaciones por el esclarecimiento de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, o de lo ocurrido en Tlatlaya, Apatzingan, Tahuanato, Acteal, San Fernando, Atenco, Aguas Blancas, Nochixtlán, la reforma energética, la reforma del artículo 27 que sigue causando grandes conflictos en el campo, el gasolinazo y de otros muchos temas donde también necesitamos justicia, castigo a los responsables y verdad, al igual que el gran muro construido por siglos hacia los pueblos indígenas y afros, así como la relación con Centroamérica que pocas veces volteamos a ver.

Todos los días nos seguimos encontrando con el racismo en las calles de ciudades “mágicas” como San Cristóbal de Las Casas, en donde se oye afirmar a una señora refiriéndose a un textil expuesto en una tienda boutique de artesanías en el andador de la ciudad: “Éste es más bonito, no como el que usan los indios”. En esta ciudad crece día a día el uso mercantil de los textiles. Cada vez más se les estiliza para adaptarlos a modas del tiempo y con eso van perdiendo el sentido ceremonial y de uso, y lo vuelven “menos indio” para darle gusto al turismo. También va creciendo la moda de exhibirlos en los museos para que los visitantes admiren los textiles sin sus portadores. Ahora la espiritualidad se va comercializando y ya existen rituales para todo bolsillo, y la mercantilización se vuelve un juego entre los internos y externos para su control.

Actualmente en las cocinas quedan pocos fogones, y donde los hay ya sólo se coloca un artefacto de fierro que llamamos parrilla, su función es la de sostener los recipientes que son usados para cocinar. Ese artefacto ha sustituido las tres piedras que anteriormente se acomodaban sobre el fogón para hacer el fuego. En lengua tsotsil las tres piedras le llamamos oxyoket. Los abuelos contaban que esas piedras y el fuego escuchaban nuestras palabras, que cuando uno conversa, ellos nos van diciendo las cosas que debemos hacer y cómo, nos aconsejan. Así la importancia de sus conversaciones en las cocinas, aparte del café o para comer, era para compartir las palabras con el fuego y su interpretación.

El nichimal k’op, o la palabra florida surge desde ese espacio de encuentro íntimo de conversación donde las personas comparten sus sentimientos y sus vivencias de todos los días, al igual que en los rituales, donde las palabras rituales brotan desde el corazón y nos hacen llorar o nos lleva a una meditación desde el silencio. Así sucede cuando escuchamos llorar a las mujeres u hombres cuando recuerdan a sus familiares asesinados, o cuando la abuela cuenta y recuerda del asesinato de su esposo por los enfrentamientos con los grupos paramilitares miembros del PRI, o cuando alguien es ridiculizado en las calles por no hablar el castellano. También en ese lugar se ríe por las bromas y anécdotas chistosas, o por cualquier acto de celebración, pero en la cocina y alrededor del fogón se compartían estas palabras floridas que terminan llenándonos de los consejos y de las palabras que alimentan nuestro corazón.

Lo último que escuché decir a la abuela, fueron las palabras que dijo a su comadre:

 

Ocham me

li’ oy te kuni nichim,

li’ oy te kuni ve’el,

li’ oy te kuni kamtel,

te ja’ sbek’tal jme’tik balumile.

 

Con esas palabras cerró las puertas de su corazón y de su cocina que pocos años después fueron derrumbados por la modernidad y el modelo de vida que nos tocó vivir. Ahora, los que seguimos caminando y respirando las perfumadas flores del campo y los sagrados humos de los vehículos de las ciudades, los que cultivamos en los supermercados o cosechamos en los campos, los que escribimos tristezas o alegrías del corazón, sea lo que sea, pero es importante seguir construyendo el nichimal k’op para curar nuestras tristezas y heridas del desprecio y de la negación. Ahora nuestra palabra tiene que seguir floreciendo bajo la consigna de la dignidad, la justicia y el amor, así como bien grabó en nuestros corazones Estela Hernández: “Hasta que la dignidad se haga costumbre”.

 

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| Xun Betan, escritor tsotsil de Chiapas, reside en San Cristobal de las Casas

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