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SUS MALAS INTENCIONES / 241

Con mayor o menor lucidez y precisión, múltiples voces individuales y colectivas hemos venido repitiendo advertencias y testimonios sobre los horrores que acarrearía la imposición autoritaria de leyes, reglamentos y puntadas de los actores de este mal teatro de la crueldad que ya nos aburrimos de llamar Neoliberalismo Económico. Necesitamos un nombre más carcelario, más demoledor, más adecuado. Es indispensable recetarles sopa de su propio chocolate y criminalizar, con fundamentos sobrados, a los responsables del rumbo que ha tomado la “globalización” en nuestro país, agusanándolo hasta la médula.
El agua, la mina, la guerra. Sazonadas en pesticidas y productos nocivos no biodegradables, amenazadas con transgénicos y fracturas del subsuelo, las superficies de tierra y de agua quedaron sometidas a una agresión permanente, que alcanza a las personas que las pueblan y que solían ser dueñas. El proyecto consiste en sacarles hasta la última pepita o gota de recurso natural, y convertirla en recurso económico de quien se lo lleva. El Estado mexicano adoptó para ello en 1989 una docilidad ideológica alucinante, con la intención de abrir paso a las formas últimas de explotación capitalista. Su primera medalla de oro fue la contrarreforma constitucional de la legislación agraria en 1992. Y en 1994 la segunda, con el Tratado de Libre Comercio. No necesitaron un pinochetazo para cancelar la excepción histórica del nacionalismo mexicano, que lo mantuvo estable y soberano durante el siglo XX pese a su multitud de vicios y defectos. Los crímenes de aquellos gobiernos priístas palidecen junto a los perpetrados en la pasada década, consecuencia directa del cambio de rumbo que nos convirtió en cola de ratón y en experimento de punta en la ruta hacia el abismo.

¿Qué pasa cuando un país se entrega por entero a las condiciones de las instituciones financieras, políticas y militares domiciliadas en Washington DC? ¿Cuando, para conseguir tal servidumbre dorada, se destruyen las justas leyes conquistadas por la Reforma y la Revolución a cambio de otras obviamente inferiores? Mínimo podemos acusarlos de falta de imaginación para construir un futuro menos pinche para la Nación. Resultado: somos hoy el país más desigual de las Américas, donde la vida no vale nada, y menos que nada si esa vida es de mujer; el país del cual huye el mayor número de ciudadanos, muchos con la intención de no volver; donde una cantidad escandalosa de niños aspiran a ser sicarios o padrotes, y cantidad de niñas caerán en alguna de las distintas formas de prostitución o enclaustramiento que nuestra sociedad provee a manos llenas.
La culpa es de los que le dieron viada a la inversión salvaje: Los que patrocinaron a intelectuales y académicos para confeccionar rollos que fundamentaran su proyecto de no-Nación cínico, expoliador y destructivo. Los que legislaron al respecto, bien maiceados por agencias, lobbies, embajadas, consejos directivos y accionistas de todos los ramos interesados (que son todos los del mercado). Los jueces y magistrados que desecharon cualquier impugnación ciudadana contra la progresiva contrarreforma, por sensatas, documentadas y serias que hayan sido. Todo, en el marco de un Ejecutivo federal sin identidad desde 1994, responsable de las primeras masacres modernas en 1997 y 1998. Desde entonces se respalda en las Fuerzas Armadas y una serie de cambiantes cuerpos neopoliciacos. Ahora estamos en que la Gendarmería, el mando único y la promoción de las Fuerzas Armadas para (más) tareas de seguridad, con una ominosa Ley en ciernes para mejor control de una población descontenta.
Son criminales, éstos y sus predecesores que no se han ido. Siempre supieron que el oro del moro no llegaría a las comunidades engañadas con migajas que ni ese nombre merecen: contratos, concesiones, expropiaciones, rentas por 99 años, consultas, desalojos. La paramilitarización la estableció el PRI en 1995 en Chiapas; pronto nacerían Los Zetas de esa cantera de matones cobardes. Quien consigue que no se distinga, a la hora de criminalizar, entre quien pelea por robar o chingar y el que lo hace para resistir, va de gane.
El Estado criminal y el puñado de millonarios que lo respaldan amplían sus correas de transmisión más allá de lo mediático y recurren a la fuerza. Cuentan con un arma muy poderosa: la impunidad. Amparados en ella seguirán haciendo lo visto y más, porque pueden. Siempre supieron a dónde nos conducían. Sus intenciones eran malas desde el principio.

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