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¿QUIÉN ERA ELLA?/JACHIN RI’ RI ALI / 242

Humberto Ak’abal

Cada vez que Gerónimo la miraba suspiraba por ella. El pajarito del amor hizo nido en su corazón y comenzó a buscarla, a perseguirla. Ella se escondía, se escapaba, cambiaba de camino. Era como si un viento misterioso tratara de alejarla de él. Pero nada le detenía. Estaba tan enamorado que no le importó el tiempo ni los intentos de ella por esquivarlo. Insistió e insistió hasta que finalmente ella le dio una cita.

–Vení por mí a la medianoche —le dijo— para que nadie nos mire y vamos a bañarnos a las aguas de la Laguna Verde al pie de la cascada.

Él comenzó a soñar despierto. El encuentro que tendría con ella era lo que más había esperado. La posibilidad se abría a muchas cosas, dada la hora del encuentro.

Y llegó la medianoche.

Él fue a buscarla y se sorprendió de que ella estuviera ya esperándolo frente a la puerta de su casa. Y antes de que él dijera una palabra, la joven le hizo una seña poniendo un dedo sobre sus labios y comenzaron a caminar en silencio. Después de haber pasado por el centro del pueblo, ella le sonrió. Él no sabía qué hacer ni qué decirle. Estaba tan emocionado que de pronto dudó si era ella o no la mujer soñada. Asustado la llamó por su nombre: ¡Xikali! Ella se sorprendió al oír esa voz angustiada, como un niño que de pronto se siente perdido. Ella le ofreció su mano y continuó a su lado. Más adelante tuvo la sensación de que ella desaparecía y la buscó entre las sombras. Volvió a llamarla y los ojos de ella brillaron con intensidad. Era más bella con el fondo de la noche estrellada.

El camino se dividió y tomaron la vereda que conducía al barranco. La luna se acercó para alumbrarles el camino. A él le temblaban las piernas y, como en un sueño, sintió que volaban, que ella era una paloma y él un palomo. A medida que se acercaban al barranco, el murmullo de las aguas era más profundo y el perfume de la hierba más intenso. Finalmente llegaron a las orillas de la laguna.

Ella buscó una piedra plana y se desvistió. A la luz de la luna dejó ver su hermosura. Él estaba con la boca abierta y la recorría con los ojos. Ella jugaba con los dedos de sus pies y él temblaba de emoción. De repente, allí delante de sus ojos, aquella bella mujer se transformó en fuego, en flor y, como saliendo de una bruma, se volvió más hermosa con su delicado olor de mujer, desnuda sobre la misma piedra.

 

Él la invitó a sumergirse en el agua y la ayudó a descender a la laguna. La tomó entre sus brazos y sintió la vibración de aquel cuerpo ardiente con el que tantas veces había soñado. La acarició con pasión. Sus pechos eran dos duraznos maduros. El olor de su carne de mujer despertó sus instintos de animal de monte...

Ella se separó suavemente de él y tendiéndose entre las aguas, dejó que sus cabellos se desenrollaran. En un abrir y cerrar de ojos se transformó en una espantosa culebra negra que comenzó una danza extraña a la luz centelleante del agua. Él pegó un grito de terror. De un salto salió del agua y huyó. Mientras corría, escuchó la voz llorosa de ella llamándolo pero él ya no volvió la mirada.

La luna palideció. Las sombras de la noche se alejaron. El Sol comenzó a despertar. Con el rostro desencajado y el espanto clavado en los ojos, corriendo desnudo, llegó a su casa. Quemaba de fiebre y hablaba agitado, tartamudeando. Su voz entrecortada era incomprensible. Su miedo era terrible y su llanto conmovía. Todos guardaron silencio y lo miraron extrañados.

Algunos días más tarde pudo contar con lo que le había sucedido aquella noche que le cambió la vida. Sufría terriblemente. Esos recuerdos seguían tan vivos en su memoria que, por momentos, le faltaba aliento para seguir hablando. Aún temblaba de miedo y lloraba con un llanto prolongado que daba escalofríos. Se levantaba de su silla y salía corriendo. En sus recuerdos volvía aquella escalofriante danza de la culebra negra.

Quienes lo escuchaban lo miraban de manera extraña y él comprendió que unos le creían y otros no. Los que no le creían decían en voz baja que él estaba enloqueciendo. Poco a poco bajó la mirada y ya no dijo nada más. Se mordió los labios hasta hacérselos sangrar. Su mirada cambió de expresión y enmudeció.

 

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| Humberto Ak’abal (Momostenango, Guatemala, 1952), poeta y escritor maya k’iche, pionero a escala continental en el renacimiento de la escritura indígena. Tejedor de palabras (Praxis, México, 1996) reunía una muestra de su abundante poesía; la selección fue ampliada para su edición guatemalteca (Cholsamaj, Guatemala, 2001). Tiempo atrás publicaba en Ojarasca repetidamente. Este relato, de El animal de humo (Piedra Santa Editorial, Guatemala, 2014), fue proporcionado por el autor.

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