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CUIDAR LA MILPA / ICH’EL TA MUK’

Xun Betan

Snichimal ch’ul vinajel

Snichimal ch’ul osil balumil

Santo ch’ul jo’.

Santo ch’ul nichim

Ak’bo me ya’lel jts’unub

Ak’bo me ya’lel kovol…

 

Frase de una oración, que mi abuelo recitaba al momento de sembrar la cruz en el terreno donde hacía su milpa, era el ritual para pedir permiso a la tierra y pedir abundante lluvia para la milpa. Esa frase de la oración quedó grabada en mi mente, la cual algunas veces me confundía sobre lo que significaban esas palabras, de cómo él, mi abuelo, le llamaba al cielo, al agua, a la tierra, de cómo se refería a ellas y cual era su relación con la agricultura, además del tono poético de la oración. Muchas veces repetí esa frase, cuando veía que las milpas se marchitaban, y hacía mi pequeña oración, pero la milpa no mejoraba y tampoco caía la lluvia, y pensé que quizás no tenía la voz ni el tono de mi abuelo, y pensé que por eso los protectores del campo no me hacían caso.

Las palabras poéticas del ritual eran frases bien construidas donde se ensalzaban a los protectores del cielo y de la tierra. Con las melodías del corazón, les hacía despertar y los hacía danzar y para que así nos mandaran la lluvia que se pedía mediante las oraciones, o nos quitaran el agua cuando era demasiada. Al menos eso decía mi abuelo. Pero la oración era un elemento fundamental donde la palabra cumplía su función de expresar el respeto, el cariño, el amor y tratar con sabiduría las cosas para vivir de manera armoniosa con el entorno natural. Cuidar el maíz era uno de esos principales valores de la vida comunitaria. Desde que recuerdo, no nos dejaban bajo ningún motivo tirar siquiera un pedazo de tortilla, un poco de pozol o una pella de maza o un grano de maíz, porque eso denota la falta de educación que tiene una persona en la vida, significa que no tienes respeto a lo más sagrado y lo esencial para la vida, el alimento.

Así, tirar algo de alimento significa no tener ch’ulel, no tener amor, no tener respeto, no saber lo que es el ich’el muk’ o sea que uno no sabe cuidar, proteger y ensalzar a las cosas que nos dan vida, como lo es la comida. Saber cuidar las cosas es saber cuidar el cuerpo y la salud, como decía mi bisabuela, “si sembrás tu chipilín, tu verdolaga, tu tomatillo, tus frijoles y tu maíz, es tener amor a la tierra, la cuidás también con tu oración y la regás con el sudor de tu frente, eso hace que la cosecha tenga su alma, que tenga su ch’ulel pues, por eso nunca es bueno tirar nada de tu alimento, trabajar es mantener con vida la tierra, y los animales tienen también su comida”. Quizás ese conocimiento ayudó a que mi bisabuela viviera más de cien años y nunca se quejó de enfermedad alguna.

Ahora, ¿cómo entender y vivir en un mundo donde lo que más abunda es la corrupción, la inseguridad, el racismo, el miedo, el egoísmo, el cinismo hasta de los mismos gobernantes? ¿Cómo poder vivir y no sentir miedo a que te secuestren, y no sentir miedo a ser acosada sexualmente por las calles o dentro de la misma casa? ¿Cómo poder vivir sin tener miedo a ejercer éticamente tu profesión o tu servicio sin ser censurado, espiado o caer en la corrupción? ¿Cómo hemos mantenido a tantos y tantos políticos mediocres y corruptos en el poder? ¿Por qué seguimos consumiendo las cosas que nos hacen daño? Tantas y tantas cosas qué preguntar a los protectores y cuidadores de la vida... Nos hacen falta otras muchas oraciones y rezos para sanar las heridas de los pueblos que en muchos momentos de la historia hemos lastimado. Nos hace falta conocer mucho de lo que somos. Lastimosamente, la situación en la que vivimos no cambiará con rezos ni oraciones, cambiará cuando nos quitemos el miedo y reconozcamos muy bien nuestras raíces para poder extender nuestras ramas en el azul del cielo y lo profundo de la tierra.

 

México, el país que negó su indianidad para crear una cultura de mente blanca y negar el color del corazón y el canto de sus pájaros, ese México necesita regresar y despertar en sus orígenes y no sentirse hijo de la Malinche. No debemos sentirnos hijos de la corrupción, que tampoco creer que sea parte de nuestra cultura. No debemos de creer que la educación impuesta sirve a los pueblos, no debemos creer que la economía está mal. Más bien lo que está mal es un sistema que esclaviza, un modelo económico que está deteriorado y que no es apto para el planeta, debemos de construir puentes y vínculos con la tierra, con los alimentos, con el amor a saber lo que se come y lo que se siembra. Por lo menos eso me da un respiro, cuando escucho salir estas palabras del corazón de Bartolo, mi abuelo.

En el México donde los indios somos ilegales, nos duele que aún no nos regresan a los 43 estudiantes secuestrados por el Estado, que no haya justicia para los niños de la guardería ABC, que no haya justicia por las niñas quemadas en Guatemala, por los periodistas asesinados, por las mujeres que día a día son violadas, asesinadas, secuestradas. Nos duele la situación de los hermanos centroamericanos cuando cruzan este país. Nos duele la injusticia de este país que usurpó nuestras tierras y nos hace cavar nuestras propias tumbas. Nos duele que sigan desterrando a comunidades por los megaproyectos. Estos dolores nos servirán para despertar, por lo menos eso dice don Francisco, que lleva más de un año preso bajo ninguna prueba de hechos en el Penal del Amate en Cintalapa, Chiapas.

A pesar de los dolores, el canto alegra mi corazón y me hace pensar en la tierra, en los seres protectores que nos rodean y nos cuidan todos los días, con estas palabras de Maruch Méndez, me doy cuenta de la importancia de la palabra florida. También me hace comprender por qué Maruch sigue viviendo en su comunidad siendo una gran poeta y artista, y por qué mi abuelo hacia su oración para pedir la lluvia. Aunque Maruch no conoció a mi abuelo, porque ella vive en Chamula y nosotros a más de 100 kilómetros, con eso se deja ver que los pueblos nos conectamos como la raíz de los árboles y nos comunicamos con el lenguaje ritual para sentirnos vivos respetando y amando lo que tenemos y lo que comemos, así me agrada recordar el canto de mi abuelo:

 

Cielo florido

Tierra florida

Santa y sagrada lluvia

Santa y sagrada flor

Que no le falte agua a mi siembra

Que no le falte agua a mis semillas…

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