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NUESTROS RÍOS PROFUNDOS / 243

Aunque fuera nada más para animarse, la sociedad mayoritaria mexicana debería voltear a los pueblos indígenas de aquí mismo, y escucharlos con otra clase de atención: no el lamento, ni la estadística de pobreza, ni la denuncia, ni la lástima, ni el pintoresquismo. Por algo es que los nada pintorescos Pentágono y CIA llevan lustros preocupados por la amenaza que representan para sus intereses los pueblos originarios del continente, en especial Mesoamérica, la Amazonia y los Andes.

Extrañamente, los pueblos indígenas no resultan responsables del caos social que inunda nuestro país en los últimos años, las expresiones de violencia a escala masiva. El estado de no declarada guerra interna mantiene a las fuerzas armadas movilizadas en todo el país, y combaten a diario. En ciudades, pueblos y campos, la población civil es rehén, víctima o desplazada de esta guerra sin reglas ni motivos claros, envuelta en mentiras de violencia ciega en el bando ilegal (y sin embargo calculada) y violencia calculada y represiva del bando legal o Estado. Así nos convertimos en un país de huesos perdidos, morgues, fosas, fantasías sangrientas y cotidianidad peligrosa, donde se toleran indignidades y traiciones. Los resignados votan por los partidos de siempre, o no votan ya.

Los pueblos originarios, comunidades, tribus, municipios autónomos, son los que con organización y eficacia plantan cara a las violencias ilegales y legales, los despojos de narcos y las empresas extractivistas de la mano de policías, militares, paramilitares y hasta funcionarios de cualquier nivel. Desde 1990, aun con todo el sistema en contra, vienen articulando una conciencia y un discurso claro, apegado a la realidad, cargado de sabiduría ancestral y nueva en sus lenguas y códigos culturales, y de palabra y obra los traducen para todos los mexicanos. En este país asolado por continuas derrotas populares (en las legislaciones, las gestiones ante el Estado, la información pública, la convivencia social) se pierde de vista que, contra todo pronóstico y por debajo del radar, los pueblos indígenas se apuntan victorias que pocos notan y muchos ya quisieran.

Hace 30 años apenas “existían”. Son la civilización negada que Fernando Benítez creyó en extinción y reivindicó Guillermo Bonfil, los olvidados de siempre que develaron clamorosamente los zapatistas en 1994 desde un lejano rincón de la Patria. Los pueblos han venido luchando, resistiendo, negociando (frecuentemente para salir traicionados), elaborando un pensamiento y una práctica nuevos, una ruta alternativa para la inevitable modernidad, que como siempre, para ellos pasa por la sobrevivencia de familias, territorios, lenguas, formas de acordar y gobernarse. Por ello cuidan la Tierra, saben íntimamente de qué se trata esa relación a diferencia de la sociedad mayoritaria, incluso los sectores concientes de que el tiempo se acaba.

No hay manera de olvidarlos ya, ni borrarlos de la información masiva. Ellos mismos saben acceder a ella. De un modo u otro, siempre responden y actúan los guardianes del territorio wixaritari, p’urhépecha, yoreme, tojolabal, ñuu savi, totonaku, nahua, mè phàa, maya, rarámuri, zoque, tsotsil, mazahua, otomí y tantos más. También cultivan y protegen territorios más portátiles, como la lengua, las ideas de vida, las relaciones. Como migrantes, los indígenas poseen una capacidad de organización, identificación, solidaridad y resistencia que desafía las lógicas capitalista, racista, colonialista y colonizada que dominan la conducción del Estado, la economía, la educación, la salud y la vida cotidiana. Dispersos como parecen, cuentan con sus ríos profundos que, siendo varipintos y numerosos, son también uno solo allí donde se encuentran.

En un país roto, los pueblos originarios demuestran que se puede ser inquebrantable. La sociedad mexicana necesita aprender a contar con ellos, a respetarlos y agradecerles.

 

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