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LA HUELGA, UN CUENTO PROLETARIO

Ana Matías Rendón

LA EXPRESIÓN AYUUK


La fábrica se erigía cual castillo sobre la colina, concentrando el poder real del dinero. Las colonias populares se expandían como fieles villas alrededor de las faldas de los señores. El mayor insulto a la pobreza estaba ahí como salvadora de los pobres. Los peregrinos subían en busca de trabajo, siguiendo el camino de letreros que aseguraban las prestaciones superiores a las de la ley: “pago a la semana, sin retraso, seiscientos pesos, más las prestaciones de ley. Aquí sí hay aguinaldo”.

A Marcelino no le parecía mal, para empezar. En su pueblo, cuando se iba a trabajar las tierras de otra persona, le daban veinte o veinticinco pesos al día, aunque el ruido en la fábrica era ensordecedor.

–¿Entiende bien el español? —le preguntó el entrevistador con cierta incredulidad—, es requisito indispensable que hable bien el español —insistió.

Marcelino ocultó sus propias dudas y aseveró que sí, orgulloso. Él no trabajaría de albañil como soldado de sol, tampoco sería vendedor ambulante sin una entrada segura, él tendría un trabajo diferente, porque él sí traía sus papeles. Su primo le dijo: “te darán trabajo en las fábricas si llevas tus papeles, llévate el certificado de primaria y el acta de nacimiento”. Y él le hizo caso.

–Hay tres turnos, usted estará en el matutino. Entra a las seis de la mañana, tiene media hora para comer a partir de las doce horas, sale a las dos treinta de la tarde. Línea ocho de trabajo. Tiene sólo cinco minutos de tolerancia, si no está a las seis con cinco minutos en su banda de trabajo, se le descontará medio día. Tres faltas y será dado de baja. A los tres meses le daremos el seguro social. Su contrato es por un mes.

Marcelino estaba ilusionado por su nueva vida. El primer día no llegó a tiempo, pero se repondría al día siguiente. No contempló lo que llamaban el tráfico. Su jefa, una mujer que parecía ser también de las tierras sureñas, le enseñaba lo que debía hacer: recibir los productos que saldrían por la banda, acomodarlos en la caja; al llenar la caja, sellarla y ponerla en la tarima; cuando terminara la torre, emplayarla.

Los envases de líquido detergente salían como escupidos por el demonio. Uno, dos, cuatro, seis, doce: “la caja debe llevar nueve botellas, la tarima doce cajas”, pensaba.

–¡Séllala! —los gritos histéricos de su jefa para que se apurara no podían ser menos dulces.

Marcelino escurría el sudor que nunca imaginó contener. Corría de un lado a otro sin atinar qué hacer primero y la cinta adhesiva se le enrollaba en el sellador. La tarima debía llevar un orden: “¡carajos!”. El maldito ruido de las máquinas no cesaba, los montacargas a lo lejos parecían los guardianes de la producción. Las ventanillas sólo eran para los ventiladores, aunque volteara insistentemente no podía saber si afuera hacía calor o frío.

–¡Fíjate en lo que haces! ¡Apúrate, carajos!

A la hora de la comida arrastraba los pies, había llevado una torta pero sentía que era insuficiente. La jefa le hizo señas para que se sentara con el equipo, los compañeros de mala gana le abrieron lugar.

–Aquí te cobran el tiempo de comida y debes traer lo tuyo, allá es parte de tu jornada laboral y hay comedor —decía Alicia, la señora que le tocaba etiquetar el producto y era la más rápida de las que había en el lugar.

–Sí, pero, ¿tú sabes lo que cuesta entrar ahí?, dicen que sólo con palancas —señaló Javier, el joven que le correspondía manejar el patín hidráulico.

Marcelino estaba atento, a él le parecía bien el trabajo.

–Tal vez si nos juntáramos todos y armáramos una huelga, pero una buena huelga —dijo don Samuel, el más viejo, que se encargaba de surtir la banda.

Los compañeros de la mesa se rieron.

–Ay sí tú, ni que fuera tan fácil, de qué viviríamos si a duras penas nos alcanza, ¡ni qué fuéramos maestros! —contestó Alicia.

–Lo mejor que podemos hacer es apurarnos o no alcanzaremos la meta, el lic nos sentenció que ya no habrá hora de salida si no conseguimos el objetivo del día —interrumpió la jefa—, y tú —dirigiéndose a Marcelino— será mejor que le agarres bien a esto o…

La amenaza fue cumplida: como no habían alcanzado la meta se quedaron una hora y media más, sin pago extra. Cuando por fin Marcelino pudo ver la luz del sol, se encontró en un patio cercado por unas rejas que lo separaban del mundo, y con el policía que lo detuvo para auscultarlo como si se hubiera robado algo. Del otro lado, el Licenciado también se retiraba del estacionamiento en un auto último modelo, y los oficinistas entraban y salían sin ningún problema.

–Ya te acostumbrarás —le dijo don Samuel—, mira que tuvimos suerte que ya no hubiera fila, a veces se tardan hasta dos horas en revisar a todos.

A Marcelino le parecía que la ciudad ya no era tan idílica como la creía. El día de cobro tuvo la sensación de que lo estaban timando: seiscientos pesos, menos doce pesos de lo correspondiente al Seguro Social.

–¿Cuál Seguro Social? —preguntó a su jefa.

–El que apenas te van a dar —lo miró como si fuera un niño chiquito y tuviera que explicarle algo que era evidente—, y vete acostumbrando, cuando te den tu tarjeta del banco no podrás sacarlo todo, hay cajeros en los que sólo puedes sacar billetes de cincuenta pesos, pero hay otros en los que sólo de cien pesos, así que estarás ganando entre quinientos y quinientos cincuenta pesos; sólo cuando se junten tus pesos ya podrás sacar el faltante. Velo como un ahorro. ¡Ah! Y no saques dinero de otros bancos…

“La renta, la comida, el pasaje y párale de contar”, pensaba Marcelino, ni cómo ahorrar para regresarse, seguía con la misma ropa con la que llegó y tampoco podía enviar dinero a su casa. El desgraciado microbús se había pasado de largo, dejándolo como tonto. El coraje se le atravesó por todo el cuerpo. Hoy le descontarían medio día.

–El kilo de carne ¡a cien pesos! —se quejaba la señora Alicia, quien tenía dos hijos y era madre soltera; su esposo se había largado— y los niños necesitan para la escuela.

–Les digo que una huelga —se acercó don Samuel a la banda para que lo escucharan bien.

Un joven jalaba el patín hidráulico cargado de cajas con bolsas de detergente sobre el pasillo, su fila era la que más producía y estaba determinado a presumirlo al resto, ésa fue la causa por lo cual no se fijó que del otro lado un surtidor estaba por atravesarse.

El joven intentó mantener la carga jalando con todas sus fuerzas el patín, pero el peso le ganó llevándose al atropellado. El tobillo del surtidor parecía independiente de su cuerpo, colgaba en un ángulo difícilmente duplicable.

–¡Échale la culpa al que no habla español! —Javier lo había dicho fuerte y claro para que Marcelino lo escuchara. Reía travieso. Quienes lo secundaron no lo hicieron públicamente. Las risas incómodas se rompieron cuando alguno gritó: “¡a trabajar!”.

El Licenciado había bajado de su mirador para comprobar los estragos del accidente.

–Traigan una silla de la oficina —ordenó.

–¿Por qué no se lo llevan a un hospital? —preguntó Marcelino a su jefa, mirando en la lejanía.

–Porque es menor de edad, y al lic se lo van a chingar.

Marcelino cada día quería menos la forma de vida en la fábrica, pero comprendía por qué no podían huir sus compañeros. Cierta mañana estaba especialmente cansado y pensó que su día había terminado por fastidiarse cuando anunciaron las horas extras que no eran opcionales. Antes se alegraba por tener un dinero extra, ahora le parecía que no había diferencia: “¡al diablo con los ocho pesos por una hora extra!”. Lo peor era que sentía que no tenía salida. “¿Qué es una huelga? ¿Realmente, puede hacer la diferencia?”. Marcelino era una pulga, así de chaparro, así de ágil y fuerte era, pero nadie veía eso, sólo veían que era un indio.

–Si nos vamos a huelga, ¿tú apoyarías? —le preguntó Don Samuel.

El indio levantó los hombros en señal de no saber qué haría: “eso es cosa de ellos”, se dijo, y continuó trabajando. La máquina no cesaba de escupir los productos: “¡carajos!, si se vuelve a detener la producción por mi culpa, esta vez me descontarán el doble”. Levantó la vista y vio en la entrada del almacén al niño atropellado que regresaba a trabajar, no sabía por qué pero se sintió derrotado.

–Me subieron nuevamente la renta, que porque ya no alcanza el dinero, ¡y me lo dicen a mí! —bufó la señora Alicia.

La Jefa azotó con todas sus fuerzas las botellas de detergente en la banda, y quizá haya sido que había trabajado por diez años en el mismo lugar, con sólo cien pesos más por arriba de sus compañeros, o que la noche anterior no había dormido bien pensando en sus deudas, o porque trabajaba por nada, que finalmente en su grito expulsaba el coraje guardado.

–¡Huelga!

Los obreros de las diferentes líneas escucharon sin dejar de trabajar, se movían por inercia. En esa fracción de segundo, un anhelo escondido se convertía en un gusanito en el corazón de los trabajadores, en tanto que el Licenciado creyó haber oído un grito histérico. Luego, la Jefa de la línea número ocho aventó el producto. Marcelino intentó agarrar la mercancía que seguía expulsando la banda, pero parecía un patético malabarista. El Licenciado mandó llamar a seguridad. La línea se había detenido, esta vez Marcelino no había sido el culpable. El resto de los obreros trabajaban automatizados, no querían perder detalle, tampoco salir tarde.

Los guardias sujetaron a la Jefa, tal cual si fuera una loca escapada del manicomio. Ciertamente lo era. Estaba intentando escapar de la esquizofrenia del mundo.

–¡Sigan trabajando! —ordenó el Licenciado.

Los obreros habían dejado de trabajar, veían cómo su compañera luchaba por zafarse de los guardias de seguridad.

–¡Nos merecemos más! —gritaba la Jefa entre las patadas y los mordiscos con los que se defendía—, nosotros nos merecemos más… —dijo, vencida.

Las bandas seguían corriendo, pero sin producto. No había surtidores que colocaran botellas de detergente ni bolsas de jabón, las etiquetadoras tenían llenos los dedos con las marcas de prestigio, pero sin mercancía a cual ponérselas, algunos productos estaban en el piso, las tarimas con cajas parecían suspendidas en el tiempo.

–¡Revolución! —gritó la señora Alicia, no sabía dónde había escuchado la palabra ni por qué la replicaba, pero estaba segura de que tenía que decirlo.

Don Samuel estaba atontado, no lograba comprender que su instigación cobrara vida, tiró las botellas que tenía en las manos y corrigió a la señora Alicia:

–¡Es huelga, señora Alicia! ¡Es huelga!

Los obreros tiraban la mercancía como si con ello se liberaran de sus cadenas. El Licenciado tuvo que hacerse para atrás con sus guardias. La falta de gobierno se hacía patente. El Licenciado, las oficinistas y los guardias de seguridad huyeron de milagro en los autos estacionados en el patio.

Nadie estaba seguro de lo que debían hacer, sólo que tenían que volver a organizarse. Los obreros del siguiente turno llegaban desconcertados. Unos proponían una cooperativa, algunos se arrepentían del arrebato por el que se habían dejado llevar, otros más optaron por retirarse. El caos era lo único en lo que todos coincidían.

La noche llegó junto con los policías que estaban cargados con el arsenal necesario para acabar con el tumulto. Don Samuel encabezó a los obreros más viejos para cerrar las rejas, lo más jóvenes se apresuraron para construir una barricada en el patio e impedir el paso hacia la fábrica.

–Todos están despedidos y se abrirá un proceso penal contra todos los alborotadores —el Licenciado habló por megáfono.

Los policías lanzaron gas lacrimógeno para dispersar a los huelguistas y poder tirar las rejas. La lucha cobró los primeros heridos del lado de los trabajadores. Los montacarguistas fueron por sus vehículos para usarlos como defensa, los almacenistas, surtidores y compañeras de la maquila traían las botellas de detergente y las bolsas de jabón más pesadas para arrojarlas como proyectiles. El ambiente se convirtió en una espesa nube, una mezcla tóxica en las que se veían volar algunas burbujas de jabón.

Las rejas cedieron. La férrea resistencia y el deber de la autoridad chocaron en un mano a mano; toletes de los policías contra todo tipo de armas, o lo que se le pareciera, de los obreros, mientras el Licenciado miraba los estragos a su fábrica. La lucha, sin embargo, estaba a punto de definirse, llegaban más camionetas cargados de azules.

La barricada había sido insuficiente, los policías ganaban el control de la situación. Javier gritaba por ayuda, pero los compañeros comenzaban a retirarse, otros habían sido detenidos y a don Samuel lo estaban rodeando. Habían sido derrotados. En su joven vida, Javier no había sentido la impotencia hasta ese día. Alcanzó a ver a la señora Alicia, a la Jefa y a los compañeros que estaba en la entrada del almacén.

Detrás de los policías se formaba una barda de personas, Javier no distinguía bien, pero le pareció que quien se asomaba era Marcelino. El grito lo confirmó:

–¡Ya llegamos los que no hablamos español!

Marcelino regresaba con más compañeros. Los policías quedaron cercados. La trifulca se extendió hasta el amanecer cuando los policías, por fin, se retiraron. La fábrica quedó en estado de orfandad. Los trabajadores se sentaron en la banqueta, con los desperdicios de la fábrica tras las espaldas. Miraban el cielo raso del nuevo día. Marcelino sentía una felicidad extraña, estaba sentado en medio, entre Araceli, la Jefa, Javier y don Samuel.

–Nos iremos a otra fábrica, al fin que lo que sobran son fábricas como ésta —dijo don Samuel.

Marcelino miró al viejo con una sonrisa y no pudo evitar preguntar:

–¿Otra huelga?.

 

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| Ana Matías Rendón, cuentista, ensayista y editora independiente. Este relato pertenece a Historias de transición (Kumay, 2017).

 

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