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LA NUEVA REINA DE LOS FERVORES POPULARES

Ojarasca

Alberto Hernández Hernández (coordinador)
La Santa Muerte. Espacios, cultos y devociones.

Colegio de la Frontera Norte y Colegio de San Luis, 2017. 279 pp.


El estudioso del catolicismo Andrew Chesnut presenta el sorprendente culto a “un esqueleto humano”, este “ser sobrenatural” y multifacético, como “el nuevo movimiento religioso más robusto de las Américas”. En su prólogo a los ensayos y estudios de caso reunido en este volumen colectivo, señala: “El crecimiento vertiginoso del culto a la Santa Muerte es uno de los fenómenos religiosos más significativos de nuestro tiempo”. Se estima que son “varios millones” sus devotos en México, América Central y entre las comunidades latinas de Estados Unidos. Chesnut no ignora “su papel de narcosanta”, aunque en diversos momentos los autores coinciden al prevenirnos contra la asociación automática Santa Muerte-criminales.

Alberto Hernández, coautor y coordinador, sintetiza: “Emergida de la clandestinidad, la devoción de la Santa Muerte se expande como una onda sísmica desde el centro a la periferia, multiplicándose en altares callejeros, dijes, estampitas y tatuajes. Asociada a la ilegalidad y la violencia... es una devoción contrapuesta a la resignación que promueve el catolicismo”, mas “no deja de asumirse como parte del oracional católico”. Destaca la tolerancia de sus prácticas, “amalgamando una parte esencial de la identidad urbana contemporánea”. En sendos trabajos, Hernández Hernández estudia los casos del norte de México y Tepito, donde, “a pesar de favorecer un despertar espiritual emergente, comparte el mismo estigma delincuencial de Tepito por transgredir el sistema establecido, en el que también la cultura popular y la musa callejera son perseguidas para desaparecerlas”.

La numinosa santa, escribe Jorge Adrián Yllescas Illescas, “es ambigua porque es buena y mala a la vez”. Piotr Grzegorz Michalik estudia “la paradoja descarnada” de su culto desde la semiótica, mientras Caroline Perré se las ve con la iconografía “de una imagen abierta” y Kali Argyriadis ofrece una panorámica de la devoción a esta “figura multifacética”. Sergio G. de la Fuente va tras la Niña Blanca a la colonia Ajusco, y Guadalupe Vargas Montero a Ciudad Juárez y Veracruz. Otros autores del volumen la exploran en los extremos geográficos de Nueva York y Buenos Aires.

Ya con un Santuario Internacional en Tultitlán, Estado de México, el culto adopta elementos del candombe, la santería y otras expresiones de religiosidad popular, y se ha generalizado su devoción entre reclusos, transportistas, comerciantes, mujeres, niños y una gran variedad de personas y grupos sociales del alguna vez llamado sector popular, los que están abajo.

 

 

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