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LA VIRGEN VIEJA, UN CUENTO. PRIMERA PARTE

Lamberto Roque Hernández

Sí, claro que te puedo platicar parte de mi vida. Sólo que soy un poco palabrosa y a lo mejor te sientes ofendida de lo que te voy a decir. Hay muchas verdades y tristezas que sólo las puedo decir tal y como son. No quiero que te vayas a agüitar. Tampoco quiero que sientas lástima por mí. Mira, entre todo ese desmadre, que es como yo le llamo a mi vida, hubo mucho dolor, tristezas, desengaños y lo que le quieras poner. Pero eso sí, demasiada felicidad y ganas de regresar a cada uno de esos mis tiempos chingones, como yo les llamo. Si no aguantan tus oiditos, me dices y ahí le paramos. Mira pues, más bien si quieres puedes regresarte a caminar entre el pueblo y preguntarle a cualquiera acerca de mí y te contaran mi vida. Cada uno a su manera y agregándole de más. Aquí en este pueblo infestado de chismes y envidias, según nosotros todos sabemos la vida de todos pero no sabemos muy bien la vida nuestra. Pinches cabrones que somos por estos rumbos.

Pero dime mija, ¿para qué quieres saber la vida de esta vieja? ¿Acaso ya escuchaste algo de mí por ahí y quieres comprobar que es cierto lo que te han platicado? ¿O me quieres sacar en uno de esos libros con mi retrato en frente para vendérselo a los gringos?

 

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Aquí en el pueblo dicen que no tendré perdón de nuestro señor cuando me muera. Dicen que soy mula y que eché a perder a muchos. Dicen las malas lenguas que hacía pendejo a mi marido, que se fue porque no sabía qué hacer con esas mis nalgas que mi madre, una negra de la costa, me heredó. Dicen muchas cosas acerca de mi vida en este pueblo infestado de chismes. Son como una plaga, como las hormigas que acaban con las plantas, sólo que con una lengua más larga. El chisme, pinche animal que por años se ha estado comiendo poquito a poquito la tranquilidad de las gentes de este lugar. Este mal es como la sarna que les da a los pobres perros. Despelleja lentamente, hace que entre nosotros mismos nos comamos el culo entre nosotros mismos. Pobres. Jodidos de nosotros pues.

Así nos traemos entre nosotros.

Dicen que me acosté con un chingo de los hombres de aquí y que no tuve llenadera. Dicen que por mí se murieron unos porque me los acabe. ¡Qué cosas! Al principio me daba mucha pena que hablaran de mí así de tan feo. Pero una se acostumbra a todo, digo casi a todo, menos a no dormir con alguien.

Bueno muchacha, mira que de que fui cabrona, sí que lo fui. Pero de que han inventado toda una telenovela acerca de mi vida, también es cierto. Hoy, digan lo que digan, ya no me lastiman. Con el tiempo me acostumbre a todas esas habladurías. Con decir que hay veces que hasta me creo que hice muchas de las cosas que me achacan.

De que les di de qué hablar pues eso sí es ciertito. “Soy la puta más buena de este pueblo y la que les da de mamar a todos los cabrones de aquí, y a los que no les guste que chinguen a su madre”, grité a pecho abierto una tarde en el pleno carnaval de febrero cuando me embriagué con dos de mis primas tehuanas que habían venido a visitarme. Estaba bien mezcaleada y entepachada esa vez. Me salí de mis casillas. Se me botó. Esa tarde me salió el dolor acumulado por años. Como no se puede una desahogar de otra forma, pues cuando una está tomada dice verdades que se han estado pudriendo adentro por largo rato. Ya miraste a los hombres cómo cuando están bolos se enloquecen, lloran, se abrazan entre ellos, cantan, ríen y se desfiguran. Es lo mismo, sólo que aquí si una mujer se pone así ya cuando está bien borracha, pues la juzgan muy mal.

Me acuerdo que al otro día me preguntaron mis primas por qué había dicho eso en plena fiesta y delante de casi toda la gente del pueblo. Les contesté que lo grité por el puritito gusto de estar viva y aún tener mis nalgas bien duras como en mis mejores tiempos. Además, lo había hecho por eso que te decía endenantes, por tener el corazón bien cuarteado, por el desamor, por las penurias que una se va guardando con el paso del tiempo. Por tanto dolor acurrucado en los adentros. Y si ahorita no lo entiendes, un día lo harás. Estás chamaquita y te falta mucho camino por recorrer, mija. Las cabronas de mis parientes se carcajearon y me abrazaron con gusto. Las tres lloramos enredadas las unas a las otras. No sabíamos si de tristeza o por el gusto de ser quien yo era. O por tenernos las unas para las otras.


Mira, las gentes del pueblo dicen que soy una cualquiera, que soy la madrona de aquí, porque según los rumores, me gustaba agarrarme a los hombres chamaquitos y estrenármelos. Dicen y dicen y esta mi gente no se cansa de decir cosas del uno y del otro, con decirte que a veces hablan hasta de su propia madre. Nadie se escapa. Ahora ya no estamos tan unidos como antes. Parece que cuando empezó a entrar más dinero al pueblo, la envidia también llego a carcomernos.

Mija, así es por aquí.

Lo que yo sí doy por hecho es que muchas de las mujeres jóvenes de aquí me envidian en silencio. Las de mis tiempos no. Pues las pobres ya están acabadas por tanto joderse con los maridos, los hijos, el metate y el petate. El campo, bajar la leña, lavar en el río y no tener ni a dónde ir a divertirse. El tiempo me las marchitó rápido. Como te has de dar cuenta, aquí en el pueblo no hay casi lugares para nosotras. No tenemos adonde ir a pasar el rato. A aprender algo o por lo menos a sentarnos a platicar cosas buenas. O malas. Qué suerte tienes tú de vivir en estos tiempos y ser de la ciudad. Pienso que tú no conoces esos trabajos que pasamos nosotras. Las de estos pueblos jodidos. Dominados por los hombres. Pueblos mágicos, les llaman en estos días. Tú vives otra vida y además estás estudiada.

Me imagino que tú sí sales a divertirte, pues mira hasta dónde andas ahorita, aquí en este pueblucho, lejos de tus seres queridos, escuchando a esta vieja loca. Yo mismita tengo nietas de tu edad y ya no sufren como las mujeres de mis tiempos. Se fueron. Las mujeres como yo somos antiguas, y ustedes las tiernas nos miran, como dicen mis nietas, como piezas de museo o retratos para los gringos esos que llegan por estos lugares.

Aunque por eso te decía que son las más jóvenes de aquí del pueblo las que me admiran detrás de sus envidias. Más que nada las que están solas. Las que sus maridos las han dejado para irse a buscar las vidas en otras partes. Me tienen celos porque no pueden hacer lo que yo hice. Las que están muchachas y solas porque sus hombres se han ido pa’l otro lado son las que quisieran ser como dicen que yo fui, cuando en las noches se sienten solas y les dan esos calenturones del cuerpo vivo. Esas pobres, las que sus machos las dejan por años y en ocasiones jamás regresan, son las que maldicen la hora en la que los dejaron ir.


Esas son las que quisieran ser más putas que según los chismes yo he sido. Para irse a acostar y quitarse las ganas con cualquiera de los que no se han podido ir del pueblo. Pero claro, le temen a las deshonras. Le tienen miedo a que el pueblo se dé cuenta y les levanten falsos. O más bien a que se sepan las verdades. Le temen a dios, a los santos y a las vírgenes, que a lo mejor ni conocieron el amor. ¡Mira que 'ora sí me van a castigar de verdad!

Porque aquí, así como nos miras, déjame decirte que somos católicos a muerte. Le tememos al de allá arriba. Yo creo que es más por ese miedo que por el qué dirán que se recatan las mujeres de darse vuelo. Pobres, yo sé lo que se siente en esas horas en las que una se quiere sentir abrazada, tocada, y ser amada por nuestro hombre. Pues tú sabes, mija, que el cuerpo está vivo y hay que darle de comer. Hay que regarlo para que no se seque.

Mira, yo pienso que los hombres jóvenes se arrepienten por haber nacido después de tiempo. De mis tiempos. Y conste que no quiero sonar presumida. Los chamacos de hoy, no son de mis buenos tiempos. Cuando yo decidía qué pulgas brincaban en mi petate. El otro día, un muchachito que estaba medio pedo me dijo: “Ay, doña Mariana, qué lástima que ya esté usted tan grande, si no verdad de dios que ahorita mismo la invitaría a alguna parte…”. Lo miré, así barriéndolo con los ojos como decimos por aquí, y me dije: chamaco igualado. Primero pensé en sacarlo de mi tiendita, pero después pensé que él estaba en lo cierto. Era la pura verdad lo que decía. Lástima del tiempo. “Sí muchacho, qué lástima que te hayan parido tarde. En mis tiempos seguro que nos la hubiéramos pasado de poca madre, qué lástima, cabrón, qué lástima,” le reviré. Por eso, tú aprovecha ahora que tienes con qué. Porque mira que estás muy hermosa. Eso sí, cuídate de las enfermedades que esas sí que son malas, muy malas. Aquí ha habido casos muy raros de muchachas que han sido enfermadas por sus hombres. Principalmente los que regresan del norte. Ya se han muerto algunas.

Pinches cabrones, ellos allá se la gozan y al regresar al pueblo, como ya vienen jodidos, pues le pegan la enfermedad a sus esposas. Después, como según ellos ya no se acostumbran aquí a como es la vida del pueblo, pues se van. Dejan el mal aquí. Te digo, aquí en el pueblo ya van tres mujeres que se mueren. Y según los chismes, porque acuérdate que aquí todo se sabe, dicen que sus esposos también están bien malos allá en el otro lado.

Por eso tú cuídate si le vas a dar gusto al gusto y fíjate con quién te metes.

 

(Continuará...)

 

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| Lamberto Roque Hernández, escritor, maestro y artista plástico originario de San Martín Tilcajete, Oaxaca. Radica hace muchos años en Oakland, California. Autor de Cartas a Crispina y Here I Am. Colabora con frecuencia con Ojarasca. Esta es la primera parte de un relato que concluirá el mes que entra.

 

 

 

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