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DESENCUENTRO CRECIENTE CON LA INSTITUCIONALIDAD / 246

Ramón Vera Herrera

Si fuéramos un poquito más milenaristas, la reciente temporada de ciclones concatenados, diluvios interminables, sismos de magnitudes e intensidades demoledoras, incendios devastadores más las represiones, desapariciones y asesinatos a mano de “fuerzas del orden”, la reaparición del odio supremacista en Estados Unidos o el Estado español, nos harían pensar que los jinetes del apocalipsis cabalgan entre el hambre, la destrucción, el asesinato y las miasmas, y que los siete sellos desatados por sus correspondientes ángeles temibles y sus demonios engatusadores harán saltar los refugios y las mortajas para fijar las condiciones de un juicio final mucho más detallado de lo que nadie imaginó jamás antes de la globalización.
Pero si algo queda claro en esta vuelta de paradojas es que las extremas condiciones de clima, de huracanes e incluso de reacomodos de las placas del planeta que se convierten en sismos, guardan una relación con el quehacer corporativo industrial tan desmesurado y tan irresponsable que nos ha robado las condiciones ambientales mínimas para una vida en la tierra.
Que las fuerzas policiales o militares no reprimen por establecer un orden o una consabida “legalidad” que ya no nos tragamos que sea el fiel de la balanza pues su legitimidad está siempre en disputa, sino que son lanzadas a erradicar al enemigo como lo hemos visto en Nochixtlán en su ataque con helicópteros y misiles a la población civil. O como hiciera en Perú la policía disparando bala viva contra los manifestantes que defendían sus territorios contra la mina de Tía María o en tantos sitios de nuestra América contra la gente que se defiende de las instituciones.
Contra la institución-Estado es la desobediencia civil en Cataluña. Ahí la policía atacó miles de veces, casi simultáneas en la ronda del referéndum, y el mundo entero contempló las imágenes del trato que la policía española (con vileza extrema) ejercía sobre mujeres y hombres de cualquier edad, por la ingenua pretensión de emitir su voto (fíjense nomás el oximoron), sobre todo para repensarse y no para de facto buscar la “secesión catalanista”.

Es igualmente tremenda la “urbanización salvaje”: la pretensión de hacinar al mayor número de personas, edificios, automóviles, terminales de computación y puntos de venta o contratos potenciales en el menor espacio posible, lo que resulta insustentable hasta antes de pensarlo. Algo que también surge de la institucionalidad, en este caso la planeación, permisos y corrupción otorgados por las administraciones en turno.
En el Distrito Federal, esas instancias de regulación y planeación simplemente decidieron que no importaba nada con tal de lucrar y lucrar socavando el suelo con pasos a desnivel y estacionamientos, cargando las espaldas de la ciudad con toneladas y toneladas de cemento y varilla, vigas de acero y cristal, permitiendo los asaltos en los microbuses para mantener equilibrios y ejercer la zozobra cotidiana entre la gente, sobrecargando los requerimientos del agua, el tránsito de todas las avenidas y reivindicando construir como manera de control y acaparamiento interno.
Cómo puede ser posible que se inunden barrios completos de la ciudad y al mismo tiempo tales barrios no cuenten ni con agua potable ni con los servicios más básicos de drenaje.
Y la gente damnificada en el Istmo, en Chiapas, en la Mixe, y por huracanes en Texas, principalmente, toda se queja de cómo la institución se empeña en dificultar cualquier cosa que haga.
Los huracanes Harvey, Irma, José y Katia, los sismos de septiembre, no habrían tenido efectos tan letales y desconcertantes si la corrupción no hubiera evadido tantas reglamentaciones que condenan y precarizan a las ciudades y poblaciones afectadas ante la adversidad.
El detalle sería interminable. Baste decir que los agravios provocados por las políticas públicas y actuaciones institucionales que desvían poder son tantos que llegamos a un punto de confrontación ineludible. Es mundial (y por zonas se irán encendiendo sus alarmas).

Ocurre cada vez de modo más burdo y más en crudo, más en primera persona, el extremamiento de la gente con las instituciones y de las instituciones con la gente. Por todo el planeta las instituciones atropellan a la gente con una intensidad ascendente. Nada les distrae de su obcecación desmedida, del menosprecio rampante.
Y la gente está harta. Sobre todo del gobierno, pero también de las corporaciones y de todo lo que significa que la declaren gente inexistente, estorbosa. Que no se valore lo que hacen, que el gobierno se empeñe en estorbarle a personas, grupos y comunidades, que busque omitir un rubro en la planilla, vaciar de contenido la historia que las alojaba.
Es importante recalcar que la institucionalidad no sólo menosprecia a las personas sino que no las conoce en lo absoluto. No sabe quiénes son y para ella en toda su superioridad autoproclamada no existen, no importan, en su espiral infinita de ganancia monetaria o política.
La gente común (el pueblo, la población, los pueblos, las personas, la sociedad civil rural y urbana) comienza a decretar la inexistencia del gobierno.
La relación expresa de las instituciones hacia la población ha sido de tanta vileza que la gente busca ya ejercer su vida sin que el gobierno le estorbe.
Ante la violencia fundamental, que es forzar a las personas a descreer de sus propias capacidades, creatividad y generosidades, y habiendo sufrido durante tantos años el escarnio y la demolición de toda una cauda de historias significativas, la gente parece transitar hacia una desconfianza y un rechazo hacia las instituciones que es cada vez más radical. La gente se sabe, se siente sola (lo que se mira más y más como un alivio, al punto de crecer el sentimiento de que es mejor que nos dejen en paz y se vayan al carajo).
EP Thompson dice que cuando la gente extravía el sentido pleno de lo que vive, su rompimiento interior ocasionará movimientos telúricos a nivel de lo social y lo político.
Aquí en México, y en Cataluña por lo menos, mucha gente celebra esa nueva organicidad (todavía una organización) que sale sola, que es como el enamoramiento que ni se piensa, que sólo es lo que es porque la otra persona, las otras personas responden a lo mismo. Los equilibrios se definen en las resonancias, como en el amor, tal cual, sin que pesen normas ni reconvenciones, disposiciones o declaraciones de sumisión o independencia, sino el florecimiento de cada quien en esa complicidad callejera (de intimidad cotidiana) que hace de las miradas algo diferente.
La gente conoce perfectamente al poder y decide desconocerle su esencia y comienza a desobedecer hasta el punto de la plenitud, aunque sea efímera su independencia.
La institucionalidad sigue sin entender que su fragilidad extrema la hace propensa a mantener el supuesto orden vileza tras vileza, sin entender ni saber a quién tiene enfrente. Y ésa es su miseria y su caducidad.

Hay una línea base fundamental. Un Estado que ejerce la vileza al querer destruir a la gente que quiere votar, o que decide tapar con muerte la corrupción de sus corporaciones criminales (sean de construcción o maquila textilera), no entiende que también se está socavando a sí mismo. Se está suicidando.
La gente entiende con detalle y el poder institucional no entiende, ni quiere entender, porque siente que se fragiliza al hacerlo.
La gente declara la inexistencia del Estado para florecer y reconstituirse.
El poder decreta la inexistencia de la gente para perpetuar su imagen de negrura en el espejo de la muerte.
Muchas y muchos ya sabemos quién prevalecerá. Y también sabemos que, como nos recuerda Camila Montecinos, el plazo de la lucha es perpetuo. Y en ese tiempo intraducible cada paso vale, porque ese tiempo está a favor de la gente, que pide organizarnos, es decir repensarnos, cada quien, pero no como “autoayuda” o “superación personal”, sino frente a los demás, en relación a las demás personas.
Eso multiplicado por millones es el sismo que viene.

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