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LA VIRGEN VIEJA, UN CUENTO. Segunda y última parte

Lamberto Roque Hernández

Lo que se dice de mí aquí en el pueblo ya no me ofende, al contrario, me hace acordarme de algunos cachitos de mi vida. Aunque sé que en el fondo me respetan. La gente aquí también tiene sus lados buenos. Aparte de todo lo otro que te he dicho, me demuestran cariño porque lo sienten. De una u otra forma hay también sinceridad en ocasiones. A pesar de todo, aquí todavía nos cuidamos entre unos y otros, nos conocemos, y cuando hay que echarse la mano, aunque repelando pero lo hacemos. Yo ya estoy vieja y con lo que me queda pienso pasármela bien. Me mantengo con el changarrito este. Más que nada del trago. Aquí llega la mayoría de los tomadores. Escucho sus historias más de una vez y les aguanto. A muchos de ellos, ahora ya no los veo encuerados como cuando éramos jóvenes. Más bien disfruto verlos llorar. ¿Has escuchado ese dicho que dice que los hombres no lloran? Es puro cuento. Pues fíjate que aquí los más machos lloran igual que nosotras las viejas. Por eso los quiero a los cabrones.

Como te decía, las habladurías de aquí del pueblecito este, hoy día me hacen sentir como una virgen vieja. Los tomo como rosarios que me oran a diario. Hay días en los que deambulo por estas calles entierradas y por dios que me siento como si me hubiera escapado de uno de esos nichos que están bien adornados en la iglesia. No te asustes pero me siento como una santa errante. Me siento como una bendita que va recogiendo memorias y olores, principalmente de todos esos que por desgracia o por suerte ya están bajo tierra. Mis amantes. Sí, sí, escribe eso que te dije, que me siento como una virgen vieja, pero bien correteada, ja ja ja ja jaja ja.

Muchos de mis amantes ya están dándole de comer a los gusanos. Y los que aún están vivos ya están marchitados. Eso sí, más que yo. Se la pasan sentados en sus piedras en frente de sus casas. Solamente están esperando a la muerte. Añorando sus tiempos. Los años en el norte. Quieren contar sus aventuras pero ya nadie les hace caso. Mirarlos me da pena.

De vez en cuando me paro a platicar con ellos, los hombres de mis tiempos, y de repente les recuerdo de nuestras aventuras. Se ponen tristes. Maldicen sus rodillas que ya no les dejan ir a ninguna parte. Ni siquiera pueden hincarse para pedirme perdón por los desaires que me hicieron. Hay de pronto por ahí uno que otro que de repente se pone verde y me chulea. Pinches hombres, aunque jodidos parecen perros viejos. Me dicen que me envidian por las fuerzas que aún tengo. Los jodo diciéndoles que les robé toda su energía. Me dicen pinche bruja, y pues qué les voy a hacer sino reírme junto con ellos.

Ya se resignaron a esperar a la huesuda, yo tengo pa’ rato.

Yo sé que algunos de estos hombres en verdad me amaron, más de uno de ellos estuvo dispuesto a irse a vivir conmigo y dejar a sus mujeres. Los rechacé porque yo no quería un hombre de tiempo completo. Ya había tenido uno al que quiero y querré hasta el día que me muera. Quería uno igual. Y ellos nomás no podían ser uno de esos. Tampoco quise que por mí dejaran a sus mujeres. No quería que a ellas les pasara lo que a mí. Estar sola cada día y cada noche te come la alegría de vivir.

Hay los otros más jóvenes que cuando me encuentran me saludan con cariño y respeto. Yo sé a quién de cada uno de ellos lo hice hombre. No es fácil vivir aquí y traer en la espalda todos estos recuerdos. Pesan. Además a mí me lastima el solo hecho de que me quedé esperando por mi hombre. Hasta hoy me ilusiona la idea de que un día de pronto toquen a la puerta y yo salga a ver quién es y sea mi Roberto.

 

Pinté la puerta de la entrada de mi casa de morado. Por esas fechas cuando hacía ya dos años y siete meses que el Roberto no regresaba. Se había ido a trabajar al norte sólo por nueve meses como antes. Se enroló en el programa de los braceros. Él fue de los primeros de aquí que fue a trabajar a los campos de los Estados Unidos. De aquí del pueblo se fueron como unos ocho en esos tiempos. Era la sensación cuando se iban porque era como que iban a otro mundo. Dicen que el norte está muy lejos. Antes no se iban como ahora. Se contrataban, los venían a traer hasta acá, les daban para el pasaje, les arreglaban sus permisos de trabajo, y uno les echaba comida tanteándole que les alcanzara para unos seis días de camino. Se iban en el tren. Tardaba como dos meses o tres para saber de ellos. Entonces no había teléfonos, el correo era muy despacio y menos que íbamos a tener esas aparatos que ahora tienen tú y mis nietas.

Los braceros se quedaban en el norte por el tiempo que duraba el contrato y después regresaban cargados de cosas. Con dinero, con buenas ropas, y me imagino que bien bailados y divertidos. Una aquí pendejeando, esperando con las ganas que da la vida y los pensamientos que por dormir sola ésta causa. Paciencia debía de tener una. En estos tiempos las cosas han cambiado tanto que algunas de las mujeres se cansan de esperar y se van con otro. Tienen razón. El cuerpo está vivo y que me perdone la virgencita pero las ganas son cabronas.

Pasó un año y Roberto no volvió.

Cuando volvían los hombres era conocido. Traían aparatos de radio que eran la novedad por esos tiempos. Hacían fiestas para celebrar su regreso como si se hubieran ido por añales. Otros se creían gringos y uno que otro se la pasaba hablando puras pendejadas ya estando borracho. El Roberto nunca cambió, al contrario, era más bueno y humilde cuando regresaba. Él fue tres veces para allá. La primera vez me trajo unos vestidos muy hermosos y un radio, ropa para mi Carmelo, mi Alonso y mi Alejandra.

Me acuerdo que cuando miré un aparato de radio por primera vez, una caja de madera café con unos botones de plástico con numeritos y letras, no podía creer que de esa chingaderita de cosa salieran voces y canciones. Con el tiempo y cuando ya Roberto no regresaba, no me despegaba del aparato a la hora de los boleros. Habíamos escuchado juntos esas canciones de Pedro Vargas, de Agustín Lara, y las rancheras de Lucha Reyes. Con el paso de los años esas canciones me apuñalaban el corazón a la hora de oírlas. Eran como rezos que me condenaban a añorar al amor de mi vida. Pinches recuerdos mija, pinches recuerdos.

Pasaron dos años y Roberto no regresaba.

 

Hoy día me entretengo viviendo de mis memorias y como tengo tantas pa’qué chingaos les hago caso a los cuentos que aún me siguen inventando. Me he quedado sola porque mis hijos también se fueron a buscar su vida a otras partes. Aunque a mi Alonso lo mató una enfermedad a la que no se le encontró remedio ni nombre. Le buscamos por todas partes y nada. Él era viraxe. ¿Sabes qué es eso? Le gustaban los hombres, vaya. De muy jovencito se fue a vivir y a estudiar a la capital. Me lo becaron y se fue. Como a los dos años, en una de sus visitas me dijo que me iba a decir un secreto pero que yo no me fuera a enojar. Llorando me confió lo que era. Me dijo que tenía miedo porque allá en la capital lo habían golpeado un par de veces que según que por maricón. Hijos de puta esos, machos pendejos le dije y lo abracé muy fuerte. Le dije que yo era su madre y que lo aceptaría tal y como era. Y le confíe que yo ya me había dado cuenta desde hacía mucho tiempo. Pues yo lo parí así.

Desde que lo había visto jugando con los vestidos esos bonitos que me había traído su papá del norte me di cuenta, le dije. Nos reímos y lloramos juntos. Sólo le encargué que se cuidara mucho. No quería que le fuera a pasar nada. Me dijo que le preocupaba lo que hubiera pensado su papá si estuviera con nosotros. Le contesté que Roberto lo hubiera abrazado igual que yo. Él era más bueno que yo, le aseguré.

Me dolió mucho cuando murió. Un año antes vino al pueblo con unos amigos y amigas compañeras de estudio para hacer su fiesta de cumpleaños. Se divirtieron mucho. Bailaron y tomaron hasta al otro día. Invitó también a mucha gente de aquí del pueblo. Al siguiente año se me fue. Ya presentía.

Me dolió tanto su muerte porque yo ya sabía que no tendría remedio, él me había dicho que estaba enfermo. Me dijo que los doctores le habían dado poco tiempo de vida. Así que me preparó muy bien para aceptar la situación y juntos nos prometimos cosas bien locas. Me dijo que si se moría antes que yo, a las doce del día del cinco de diciembre cuando es mi cumpleaños vendría a buscarme para felicitarme. Quería que entre él y yo probáramos que cuando alguien se muere la persona se va para siempre y que eso de que vienen a penar las almas son puros cuentos. Y mira que lo he esperado cada cinco de diciembre a las merititas doce en el lugar que quedamos y nada de nada. ¡Pinche de mi muchacho tenía razón!

Es cosa que la iglesia impuso para meterle miedo a la gente, tener más misas y cobrar más lana, decía él.

Mi Alonso había renunciado a la religión desde hacía mucho tiempo. Como estaba estudiado, ya no se dejaba mangonear como una. Mira mi’ja, lo que también me lastimó hasta merito adentro fue cuando llegó el cuerpo de mi hijo. Fui a ver al cura del pueblo para pedirle que viniera a rezarle. Cabrón curita, me dijo que a mi muchacho lo había castigado Dios por mi culpa. Que él había pagado por mis pecados. Y que la que tenía que confesarse primero era yo. Y después de que lo hiciera iría, me dijo. ¿Cuáles pecados me sabe padre?, le pregunté. ¿Sabes con qué me salió? Con un “es que la gente de aquí dice…”. Casi le reviento la cara, con el perdón de la Virgen. Cómo es posible que me haya dicho eso si su trabajo es de no juzgar y condenar a sus fieles. “Cuidado padre, la gente también rumora que a usted le gusta encerrarse con los monaguillos”, le acerté en la mera cara. Se quedó callado. Aunque repelando, llegó por la noche a rezarle a mi hijo, me dio gusto verlo cumpliendo con su deber. Aunque desde por esos entonces dejé de ir a la iglesia y de creer en algunas cosas que los padrecitos dicen. No te fíes, algunos de ellos son muy tramposos, mi‘ja, son muy tramposos.


Pinté la puerta de la casa de color morado cuando me di cuenta que Roberto ya no regresaría. Fue algo así como un recordatorio que aunque no quisiera, en algunos momentos tenía que darme por vencida. Pensé que era tiempo de seguir adelante con mi vida. Lo quería mucho, pero me dije que si no estaba muerto, estaba con una gringa que lo había embabucado con sus gracias que ellas han de tener. Me dolió, pero me dije que tenía que sacar adelante a mí y a mis hijos. Tú no sabes cómo lloré. Mira, es que un hombre como el mío no se olvida así nomás porque sí. Éramos el uno para el otro. Trabajábamos a la par y soñábamos igual. Él me idolatraba. Aquí entre tú y yo, me cocinaba como a una reina, cosa que aquí ningún cabrón hace, me sobaba, me bañaba, y me era de ley, todo un indio cabrón, de esos que ya no hay.

Años más tarde cuando llegó la electricidad al pueblo puse un foco rojo en la entrada nomás para escandalizar a todos. Les di más de qué hablar. También no quería que la casa se viera tan triste como yo estaba. Estaba de la fregada, sin dinero y sin mi amor. Por lo menos quería que mi entrada fuera colorida. Al Roberto lo esperé por casi tres años y medio. Los ratos escuchando las canciones del radio y recordándolo tal y como era. Tenía su bigotito cortito que al besarme me hacía cosquillas. Tenía sus manos recias por tanto trabajar y una espaldota ancha y dura. Se cuidaba mucho o sería por el trabajo que no estaba panzón como los hombres de ahora. Olía a sudor pero nunca apestaba, al contrario, me emocionaba olerlo. Tenía veintisiete años cuando me quedé sola. Él me llevaba tres adelante. Le lloré y lo esperaba de noche. No dormía y me revoloteaba en la cama con unos calenturones que no eran de enfermedad sino de amor, de ganas de que mi macho me cuidara. Así pasaron los meses y los años y nada. De día dedicada a mis crías y al trabajo de la casa. Tuve que buscar la forma de sacarme adelante con mis hijos. Tuve que encargarme de las tierras, de la siembra y la cosecha. Me entretenía trabajando pero le tenía horror a las noches, que era cuando más sufría y lo necesitaba. Estaba joven y como heredé el cuerpo y temperamento de mi madre, pues los mozos me comían con sus ojos, los sentía, los olía, hasta donde estaba me llegaba sus calenturas del mediodía cuando los iba a apurar en los surcos. Y ¿yo? Pues estaba viva.


Así, un día escogí a uno de esos mis mozos. Y ahí empezó la historia mía. Me llené de ellos y de sus habladurías, pero jamás les dije que se fueran conmigo para siempre, aunque más de uno quería. Pensaba en lo que yo necesitaba. Me quisieron mucho y yo a ellos. Los adoré en su momento y hasta ahí. Siempre pensaba en el Roberto. Pinche Roberto cabrón. De seguro a estas alturas su gringa ya se lo acabó y lo abandonó en un asilo de viejos que no sirven para ni madre.

Y hasta hoy yo aquí esperándolo. Esperándolo. Me da coraje sólo de pensar en él. Aunque mira que a veces sueño con que toca a mi puerta y me trae un radio encendido, tocando esa canción de “si nos dejan, nos vamos a querer toda la vida…”

Así es la vida por aquí. Y así como es aquí, pues es lo mismo en estos pueblos de viejos y viejas. A veces no sé si estoy de verdad viva o soy, como te dije antes, una virgen vieja que se escapó de su nicho, que vaga por el mundo de muertos en busca de su Roberto.

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Mira, si te asusto con mis historias de vieja zafada y enamorada no se la cuentes a nadie. Y si la vas a contar pues acuérdate que no soy la única que se ha quedado abandonada. Somos un chingo.

 

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LA PRIMERA PARTE de esta historia apareció en Ojarasca 245, el mes pasado: http://ojarasca.jornada.com.mx/2017/09/08/la-virgen-vieja-un-cuento-primera-parte-2954.html

 

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