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EL DESPERTADOR DE LOS PUEBLOS / 247

Los pueblos originarios llevan despiertos muchos años y sus despertadores no dejan de sonar desde circa 1990. Emprendieron casi al unísono una compleja evolución consciente hacia adelante que no deja de, eso, evolucionar. Aparentemente desconectados, años luz entre sí, los inuit de Ottawa, los lakota y siux de Standing Rock, los purépecha de Cherán, los zapatistas mayas y zoques de Chiapas, los ngöbe de Panamá, los kichwas de Ecuador, los aymaras de Bolivia, los mapuche de Chile y muchos otros pueblos se organizaron definitivamente, ya escribieron esa página de la Historia, son autónomos y están en la página siguiente. Lo que empezara como estrategia de sobrevivencia les enseñó que la mejor manera de defenderse era ir hacia adelante y pensar. Sus resultados son extraordinarios, aunque las sociedades nacionales cierren los ojos.

El autismo progresivo de la cultura dominante parece incapacitarla para ver realmente, con mirada limpia y párpados abiertos, qué hacen y qué logran los pueblos originarios en países que, si en algo son uno en las Américas es entre sus poblaciones milenarias, de Alaska y Labrador a Patagonia y la Araucanía.

Al recibir en octubre de este año en sus Caracoles de Chiapas a la vocera del Concejo Indígena de Gobierno del Congreso Nacional Indígena, pueblos, milicianos e insurgentes del Ejército Zapatista de Liberación Nacional mostraron una vitalidad y una fortaleza renovadas, muy femeninas y muy juveniles, algo que poquísimas organizaciones políticas y sociales en México podrían equiparar.

Eso, mientras el capitalismo en su fase más cavernaria, destructiva y autodestructiva está demoliendo países y gobiernos por todo el continente. Los síntomas son especialmente graves en Washington, México, Guatemala, Brasilia y Buenos Aires, las capitales del desastre. Las ruinas de sus naciones se expanden, los escombros se acumulan y la población que no huye se hunde y resigna. La corrupción aparece como imparable pues la impunidad es poco menos que absoluta para los grandes intereses. Así como hay cárteles del narcotráfico los hay de políticos “carnales”, de congresistas, de inversionistas. Las fronteras entre ejército nacional y policías se desvanecen pues los gobiernos necesitan a sus fuerzas armadas para el frente doméstico, contra la población propia.

Alienta constatar lo que logran en su día a día y pese a todo, millones de indígenas del continente, herederos de la población originaria. Se identifican como tales, resguardan aún importantes territorios, lenguas, culturas, principios éticos y proyectos de futuro. Porque si alguien realmente vive con la mente y las manos dirigidas al futuro son los hombres y las mujeres de todas edades pertenecientes a los pueblos originarios; saben mirar al pasado, conservarlo vivo y renovarlo (entre otras cosas, comunidades indígenas como las zapatistas se van convirtiendo en bastión de los derechos de la mujer).

Los consideran antimodernos y atrasados por mala fe y por ignorancia combinadas. Sobrevivirán a las naciones que los contienen. Algunos Estados Nacionales en riesgo, el nuestro por ejemplo, poseen en sus despreciados pueblos originarios el mejor antídoto contra la disgregación y la anomia colonizada. Lo malo es que los poderes legales y los fácticos los ven como desafío y estorbo. Peor para ellos. Y para todos.


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