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LA AMAPOLA DE LO TERRIBLE / 247

Hermann Bellinghausen

• LA EXPRESIÓN POÉTICA RECIENTE SE ESTÁ CARGANDO DE UNA NUEVA INTENSIDAD, IMPACIENTE, CASI URGENTE, PARA HABLAR DEL EROTISMO, LA GUERRA, LA REDEFINICIÓN CRÍTICA DE UNA IDENTIDAD PROPIA

La escritura de poesía en lenguas originarias de México, de suyo un proceso excepcional que viene madurando desde la década de 1980, después de 2010 ingresó en una nueva etapa entre la crisis y la consolidación. Nos encontramos ante una nueva generación de autores que abren temáticas y tratamientos lingüísticos hasta ahora ausentes o larvados en el esfuerzo colectivo que resulta en la creación de una nueva literatura, tal cual, necesariamente bilingüe pero ya mediática, multimedia y agresivamente contemporánea. Sí, se siguen recobrando y cultivando raíces ancestrales, mitos, autoafirmaciones comunitarias, costumbrismo, expropiaciones (recuperaciones) de la Historia. Pero también opera la realidad cruda de un país que se desmorona de arriba para abajo. La escritura indígena mexicana esta inmersa en la liberación de la mujer y de las preferencias sexuales de hombres y mujeres, en la conciencia autonómica de pueblos y regiones, en los derechos humanos a profundidad. Ya no “migrantes” sino indígenas de la capital o del otro lado, ser “jornalero” para el norteño o para el gringo no quita lo triqui o ñu savi, carajo.

Los jóvenes de los Altos de Chiapas, el desierto yaqui, la costa seri, la península de Yucatán, la Mixe, la Montaña de Guerrero o el Istmo de Tehuantepec cantan en hip hop, en reggaeton, en rock metal, en blues, ska, balada romántica, son, jazz, sincretismo afrocaribeño. Viajan por YouTube. Se diseminan en las redes sociales. No podemos ignorarlos al considerar la expresión poética emergente de las lenguas originarias, ancestrales, ágrafas durante siglos, condenadas al silencio y la vergüenza por generaciones sucesivas. Los poetas “indígenas” aportan hoy la creación fundamental de dos cosas: 1) un arte en su lengua, y 2) una audiencia que lea, escuche y entienda el idioma propio. Tarea titánica, si se le piensa un poco. Pero no están solos. Han sabido allegarse público y compañía. Apuestan a la colectividad.

Mientras algunos de los poetas de mayor experiencia como el nahua Juan Ramírez Hernández o el binnizá Esteban Ríos Cruz escriben hoy mejor que nunca, la expresión poética reciente se está cargando de una nueva intensidad, impaciente, casi urgente, para hablar del erotismo, la guerra, la redefinición crítica de una identidad propia. Y la metáfora aflora donde menos se espera.

En esta corriente (dicho sea en términos fluviales) se inscriben la poesía y las ideas de Hubert Martínez Calleja, o Hubert Matiúwàa, originario del municipio tlapaneca de Malinaltepec, en la Montaña de Guerrero. El corazón del territorio mè’phàà. En su segundo libro de poesía (actualmente en prensa), Cicatriz que te mira/Tsína rí nàyaxaa’, Matiuwaa consigue una de las obras más redondas y reveladoras de esta literatura mexicana “paralela” del nuevo siglo (paralela a la literatura dominante, la escrita exclusivamente en castellano, que apenas si considera a la escritura indígena contemporánea y tiene los ojos puestos en Barcelona ¿o ya se fueron pa' Madrid? y Nueva York).

Como en otras experiencias biográficas equivalentes, aquí el poeta vuelve al terruño, andaba por la ciudad estudiando o trabajando. Pero no viene a recuperar nostalgias, sino a enfrentar a los nuevos demonios de la dominación y el despojo. El Estado y el crimen organizado libran una guerra sin nombre ni cuartel en los territorios de los pueblos, como es el caso de Guerrero. En tal empresa genocida participa una coalición que incluye mineras trasnacionales, grupos paramilitares y sobre todo instituciones públicas obrando en contra de los pueblos de manera sistemática en educación, medio ambiente, derechos políticos, agrarios y culturales de las comunidades. Los pueblos bajo sitio se defienden. Se organizan regionalmente. Aprender a ganar hoy que en México todos pierden, menos los amos.

 

Asistiremos en este libro a la muerte absurda de los hermanos del pueblo. A la expansión de la amapola y la goma de opio en sus suelos. A la violación de las niñas. A la conversión de chamacos en sicarios. A bosques y campos hermosos pero dolientes. El poema que da título al libro es un extraordinario canto de duelo, más allá de Jaime Sabines y José Revueltas, con dolor insurrecto.

 

Hermano,
en casa del trabajo otros mandan,
cambian el maíz,
aplastan los senderos de la hormiga
y del árbol quitan el nido que cuelga la calandria
para poblar las narices del viento.

La segunda serie del volumen retrata con aliento poético a “Las rayadoras de Marutsíí”:

Llegó la muerte a enredarse en sus tierras,
ha venido por la vida de los coyotes de la noche,
olfateando la frontera para mirar la montaña,
buscando el copal de no sé qué árbol.

El calvario del opio, la condenación del cuerpo y la mente en el trabajo esclavo. La violencia que todo lo desangra. Y como venenoso alivio, llegan los soldados:

La gente se organizó y los fue a ver,
para que no hicieran nada, pidieron una res,
un chivo y las dos niñas de Marutsíín,
que ellos estaban para servir
a quienes les saben tratar.

Los poemas de Cicatriz que te mira/Tsína rí nàyaxaa’  nos transportarán al país de lo real, algo infrecuente en la poesía nacional de la hora. Y menos así de frente y con una ternura que sólo puede nacer de adentro del lugar de los vivos y los muertos. ¿Dónde más leeríamos hoy esta amapola de lo terrible?:

Alma lechosa de maíz bola,
renuente en tu crecer, en tu beso de aullido,
inmensa tu lengua,
afilado tu ojo de invierno echo bola,
nacido menudo, en voz de Junio.
En curva palabra
llenas de golpe nuestra larva,
nuestra llaga de árbol,
nuestro pozo de espiga.
Flor fuego y oreja de luna,
tu albor de insecto, la savia sobre sueño,
atado de pluma nueva,
sordos bailamos tu voz de Pájaro Marutsíín.

En un ensayo reciente (Ojarasca 245, septiembre de 2017), Hubert Matiúwàa explica y fundamenta por qué escribir poesía en mè’phàà. Nos refiere al trabajo colectivo de su pueblo para usar, conservar y cultivar el idioma, lo cual no tiene nada de nuevo, salvo la escritura: “La carne que habla debe crear comunidad ante las políticas violentas que alteran su vida. Los mè´phàà decimos murigú ajngáa ló’/poner la palabra. La palabra se pone en la mesa para que todos aporten y ella vaya creciendo, es como una comida que se comparte, igual que la poesía es colectiva”. Así, imposible mentir. Cicatriz que te mira es su aporte al convivio mè’phàà. Su palabra individual la dicen las palabras de todos.

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