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LA RAÍZ CENICIENTA LA FIGURA DEL INDIO EN LOS ERRORES DE JOSÉ REVUELTAS

Arturo Dávila

En la historias de José Revueltas los héroes y antihéroes son urbanos. El campesinado y el mundo indígena, tan presentes en El luto humano (1943) y en Los días terrenales (1949), aparecen de forma lateral. Jorge Fuentes Morúa comenta:

 

La cuestión indígena figura a lo largo de la narrativa revueltiana. De una u otra manera, así sea de paso, no olvida a los indígenas mexicanos; aun en sus narrativas “urbanas”, la impronta indígena se manifiesta, en Los errores (1964) el indio urbanizado que persigue a Victorino, el usurero despiadado, quien durante la Revolución fue militar federal, asesino de indígenas zapatistas (José Revueltas. Una biografía intelectual. México: UAM, 2001).

 

Al comenzar el capítulo tercero de Los errores (1964) asistimos a una escena exterior, fuera del despacho del prestamista al que un indígena se atrevió a pedirle dinero, con la sola promesa de “su palabra de hombre” para pagarle. Conocemos el final, que ocurre entre la calle y la banqueta: “El hombre salía de la accesoria hacia la calle, de espaldas, con la expresión sonriente de miedo, los brazos tendidos en cruz por delante, en actitud de imploración, para defenderse de los golpes, un poco como si danzara”. La visión es trágica y grotesca, como si el narrador quisiera despistar al lector. Un hombre va hacia atrás, con los brazos cruzados —¿crucificado?—, sonriendo “de miedo”, “como si danzara”. Produce un sentimiento contradictorio. ¿Quién sonríe de miedo y danza al ser golpeado? Revueltas crea esa oposición dialéctica para avisar al lector que algo está equivocado o está al revés, que los datos de la realidad han sido alterados. Después de la danza sonriente ante el miedo, se presenta a la víctima de esa violencia:

Su calzón y blusa de manta mugrosa estaban llenos por completo de parches y zurcidos, y aún sobre los parches había más zurcidos, una especie de protección, un amor de alguien, un no estar del todo solo en el mundo, que eran un maltrato más, igual que si ese amor invisible recibiera en esos momentos los mismos golpes y sufriera la misma humillación del hombre.

El guiño de Revueltas recuerda y problematiza el drama de Fernando de Fuentes, Allá en el Rancho Grande (1936/1948), y la canción popularizada por Tito Guízar en la primera versión, y por Jorge Negrete en la segunda. Ahí se canta a una rancherita que alegre le decía: “Te voy a hacer tus calzones / como los usa el ranchero; / te los empiezo de lana / y te los acabo de cuero”. El personaje rural idealizado que inicia la Época de Oro del Cine Mexicano y las glorias radiofónicas de la XEW, es un ranchero mestizo, un caporal, que contrasta con el campesino indígena, proletario, retratado por Revueltas.1 Los mismos elementos de que están hechos los calzones, “lana” y “cuero”, en contraste con la “manta mugrosa”, establecen una jerarquía social e histórica. El “indio” desechado es un ser abyecto, un paria de la sociedad. Sin embargo, el narrador omnisciente se identifica con ese sujeto subalterno, con sus “talones de pies desnudos”, caído en “un charco de lodo y desperdicios”, desolado y enlodado. Revueltas inserta, ante la violencia, el amor de una mujer indígena, invisible pero cierta, que zurce la ropa de su marido, como protección y frágil escudo de tela, la única certeza de no estar solo en el mundo. También ella y su familia son despreciados por el dueño del dinero, don Victorino, quien incluso los golpea verbalmente: “¡Imbécil! ¿Cómo te atreviste a decirme eso? ¡Tu palabra de hombre…! ¡Bah! ¡Me cago en ella!” .

 

No es gratuita la referencia a “cagarse” en la palabra del indígena. El agravio posee una carga castellana, ya que “cagarse en algo” es un insulto peninsular. Un gendarme de punto con “un prieto rostro de indio puro” se acerca a ayudar al usurero, y gira la vista hacia el charco “para ver del mismo modo en que se mira algo móvil pero no humano ni sensible” hacia aquello que se levantaba de entre los desperdicios y caminaba hacia atrás. La deshumanización del indígena se completa con la mirada de otro indígena, un mimic-man cooptado por el poder. No estamos ante un ser humano sino ante “algo”, una cosa que se mueve.

Evodio Escalante identifica tres recursos que distinguen el método de escritura de Revueltas: “La enajenación, la degradación, la animalización” (José Revueltas. Una literatura del “lado moridor”, Era, 1979). Estos descensos de la condición humana no intentan producir piedad o misericordia en el lector, sino que presentan “el movimiento interno de la realidad”, “el movimiento oculto de lo real”, para extremar lo doloroso de la existencia en situaciones límite, así como denunciar el infierno al que conduce una sociedad enajenada. No obstante, este insoportable descendimiento, aclara Escalante, es también “un paso adelante hacia el rebasamiento de ese infierno”. He aquí uno de los principios del realismo materialista-dialéctico de Revueltas. En este personaje golpeado por el usurero, percibimos este “rebasamiento” de la degradación y reificación en que ha caído:

 

El indígena se había detenido a mitad de la calle, trémulo y desesperado en la lucha contra su miedo, con un esfuerzo en el que cifraba toda su dignidad y su rabia, y que parecía importarle más que nada en la vida, como si después de aquello no le quedase otra cosa que morir. Levantó lentamente un horrible brazo desnudo, parecido a una raíz cenicienta, con un extraño trabajo interior, con una parsimoniosa dificultad, quizá porque alguno de los golpes le habría roto el hueso. Entonces, en un tono chillante, agudo, lanzó una sucesión de voces iracundas en lengua mexicana, mientras en lo alto del brazo los dedos contraídos vibraban hacia don Victorino con movimientos espasmódicos que parecían lanzar sobre él quién sabe qué chispazos de fluidos maléficos, llenos de angustia.

 

El levantamiento del suelo, el brazo desnudo del indio que se yergue, a pesar del dolor y el quebranto, “parecido a una raíz cenicienta”, y esas “voces iracundas en lengua mexicana”, cifran una respuesta sustancial de dignidad y de rabia, un estertor final antes de la muerte; son ese “paso adelante” del que habla Escalante, aunque sea de manera trémula y chillante.

Revueltas señala un dato fundamental: el insulto se da “en lengua mexicana”. Era la lingua franca usada en la Confederación Azteka antes de la invasión hispana. “El idioma —escribe Juan Luna Cárdenas—, se nombra: Azteka (por nombre racial), Tulteka (por la rama), y Metzika (por tribal)” (¿Nauat, Nahuat, Nauatl, Nahuatl o qué? México: Ed. Aztekatl, s/f.). Se hablaba por lo menos de Zacatecas a Nicaragua. Francisco Cervantes de Salazar, primer maestro de retórica de la Universidad de México, escribe en su Crónica de la Nueva España (¿1560-1574?):

 

[...] es de saber que en toda la Nueva España y fuera della es la [lengua] mexicana tan universal, que en todas partes hay indios que la hablan como la latina en los reinos de Europa y África, y es de tanta estima la mexicana como en Flandes y en Alemania la francesa, pues los Príncipes y caballeros destas dos nasciones se prescian de hablar en ella más que en la suya propia. Así, en la Nueva España y fuera della, los señores y principales la deprenden de propósito para preguntar y responder a los indios de diversas tierras.

 

La antigua lengua mexicana, “de tanta estima” en el siglo xvi, es ahora un “tono chillante, agudo” de “voces iracundas”, cacofónicas. Estamos cerca del “grito” primordial, la forma más instintiva de resistencia según Frantz Fanon, o de “El grito” de Edvard Munch, expresión de Angst frente el mundo. Revueltas muestra intencionalidad al defender la lengua mexicana. El intercambio de palabras se inscribe en condiciones históricas concretas. Don Victorino usa insultos peninsulares y el indígena descalzo —ya no señor ni principal— contesta en lengua mexicana. Su caída en el lodo es trágica. De igual forma, sus esfuerzos de vida o muerte por resistir, por mostrar dignidad y rabia, por levantarse, son seculares. El realismo dialéctico de Revueltas funciona hasta en estas circunstancias aparentemente pasajeras.

El policía prieto que se acerca a don Victorino entiende a medias el insulto y le dice: “no entendí más que unas palabras. La lengua mexicana que yo conozco no es esa, sino la que se habla en Tepeaca. Pero creo que el indio ha de quererle hacer a usté mal de ojo”. Se trata de un presagio funesto, de un anuncio desgraciado. El usurero regresa a su despacho y nota que le tiemblan las manos: “No se apartaba de la cabeza la imagen de aquel brazo del indio, en alto, rabioso y desafiante, con la mano crispada. Había un brazo igual en alguna otra parte de su vida, en algún acontecimiento que la memoria se negaba a devolver”.

En el rentero anónimo de En un valle de lágrimas (1956), Revueltas prefigura a don Victorino en su avaricia, sus obsesiones intestinales y su tremendo odio por los indígenas, a quienes compara con “animales” y “bestias”. Practicantes de la usura, actividad prohibida en la Antigüedad grecolatina y en la Biblia, especulan con el dinero y obstruyen la circulación natural de los bienes. Como dato singular, en la América prehispánica el dinero no existía. Regía el trueque y el flujo de los productos. La moneda era el cacao. Esto llevó a Pedro Mártir de Anglería a dejar una cita memorable: “¡Oh feliz moneda que da al humano linaje una bebida suave y útil, y a sus poseedores los libra de la tartárea peste de la avaricia, porque no se puede enterrar ni guardar mucho tiempo!” (Décadas del Nuevo Mundo).

 

La cercanía de Revueltas al cine es clara. En un close-up, rebaja la calidad humana del agiotista y explica la crueldad de sus manos.2 Venas negras, deseadas, sin ningún rasgo de nobleza. Un don sin don, un producto de la pequeña burguesía mercantil que surgió en el México posrevolucionario y que capitalizó —literalmente— la muerte de un millón de personas, el 10 por ciento de la población. El prestamista aparece como un jerarca moderno quien, al cerrar las puertas de su negocio, oficia una “ceremonia religiosa” poco antes del crepúsculo, y realiza un “empinamiento litúrgico. Su tarea es adorar al dinero, en el templo de la acumulación, sin invocar a ninguna otra entidad divina. Hay otro acercamiento, un close-up, ahora hacia su cabeza:

 

Don Victorino no era alto, pero daba la impresión de serlo, a causa de la cara y la cabeza, enormemente grandes. También el pabellón de las orejas era inmenso, translúcido, muy pálido, al parecer sin sangre, y la mirada de sus ojos bovinos y opacos, entrecerrados siempre, parecía no tener expresión, o que se esforzaba por ocultar cualquier clase de expresión. A la epidermis de la cabeza, absolutamente sin un cabello, afloraban, del mismo modo que en el dorso de las manos, todas las venas, aunque aquí no precisamente un mapa orográfico sino más bien una cabeza de Medusa, una hermosa cabeza de Medusa encerrada dentro del cráneo de vidrio.

 

Revueltas lo animaliza, lo deshumaniza —y lo va fragilizando—, al igual que él hace con sus víctimas. Crea a un esperpento, grotesco y lo feminiza. Su calidad moral no es mejor:

 

Había vuelto a resucitar en él, por unos instantes, aquella sensación de otros tiempos, cuando pertenecía al ejército porfiriano: la opaca embriaguez de una cólera buscada y artificial, parecida a las pequeñas dosis de un narcótico que aligera la presencia de las cosas volviéndolas inocentes y lejanas. Lo mismo que sentía cuando cintareaba con el sable la desnuda espalda de un soldado, y ahora recordaba aquellas mañanas frías, al despuntar, olorosas a ozono, con la tropa formada en cuadro. Una cólera que inmediatamente se volvía sincera --después de asestar el primer cintarazo— y llena de una sorda y apasionada justicia.

El realismo dialéctico de Revueltas construye imágenes encontradas, antítesis que ensanchan el significado de las pasiones: la crueldad de don Victorino es refinada y su cólera “sincera” y llena de “apasionada justicia”. La prosa revueltiana es compleja, profundamente densa. Adolfo Castañón lo explica así: “Hijas de una gestión intuitiva, inconsciente, sus frases se atropellan, zigzaguean, reprimen y se desbordan para prestarle su tiempo narrativo, su nocturno espesor, su compacta solidez fatal” (“José Revueltas: piedad y tragedia”). Esos rodeos y regodeos, abultamientos morosos, materializan las obsesiones de don Victorino, que le da vueltas —¿revueltas?— a la escena de la calle:

Sin advertirlo se daba pequeños golpecitos melancólicos, sobre la palma abierta de la mano, con el mismo medio metro de acero de que se había servido para pegarle al indígena. Sus ojos entrecerrados y de apariencia adormecida permanecían fijos en un punto, sin ver, minerales y muertos, del mismo modo que en los saurios.

Esta espléndida imagen poética de los “pequeños golpecitos melancólicos” en la palma de la mano, con la mirada de reptil fija (en el veliz), de antiguo (dino) saurio porfiriano, acentúa el sadismo de don Victorino y su negativa a permitir aquel recuerdo revolucionario que quiere tomar forma: el maldito indio que hará derramar su inconsciente:

 

“¿Qué más mejor garantía que mi palabra de hombre?” El indio infeliz había demandado un préstamo a cambio de su palabra de hombre.

Lo había irritado de un modo particular la pretensión de dignidad del indígena y la terca confianza con que daba a su palabra de hombre un valor absoluto, descomunal, revelado, como si le viniera de antiguo y pudiese invocar el testimonio de generaciones enteras, con aquel asombro estúpido de quien cree no ser comprendido en aquello que considera lo más obvio y simple.

Al usurero reptiloide le parece un insulto que un indígena reclame su dignidad y el honor de su palabra como era antes, cuando para definir a una persona se usaba el difrasismo in Ixtli in Yolotl, “el rostro y el corazón”, en lengua mexicana, y la palabra (de honor) era suficiente para cualquier transacción interpersonal. La palabra, en verdad, poseía un valor “absoluto”, “descomunal”, “antiguo”, “revelado”, “testimonio de generaciones enteras”. Revueltas registró este don de los antiguos mexicanos en los Ensayos sobre México:

Según la tradición, fueron siete las tribus que poblaron la altiplanicie de México: los xochimilcas, los chalcas, los acolhuas, los tlahuicas, los tlaxcaltecas, los tecpanecas y los tenochcas. Está aceptado por los historiadores que todas estas tribus hablaban el mismo idioma y se designaban a sí mismas como “gente que se explica y habla claro”.

Por eso al indígena, privado de su nombre tribal e incluso personal, la palabra le viene de antiguo. En esta escena de Victorino, que no don, el noble don ya no existe. Hay desencuentros de cosmovisiones, de lenguajes y de valores. Estamos ante un mundo superpuesto, venido de Europa que alrevesó al otro, primigenio y fundacional, de América, en el cual al sonido obvio y simple de la palabra, moneda común y compartida entre los seres humanos, se le sustituyó con el sonido turbio y sucio del dinero, un mundo ahora regido por “las aguas heladas del cálculo egoísta”, como dijera Marx.

 

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1 Siguiendo a Andrés Molina Enríquez, Revueltas escribe: “El mestizo de la Colonia, incorporado a la Iglesia propietaria, ligado económicamente a los propietarios agricultores, constituye el antecedente histórico del ranchero, categoría económica nacional tan importante en el agro mexicano. Esta categoría ya estaba apuntada desde el principio de la colonia cuando los conquistadores se repartieron la tierra” (Los grandes problemas nacionales. Prólogo de Arnaldo Córdova. México: ERA, 1978, p. 89).

 

2 José Agustín notó la calidad cinematográfica de la novela: “Es admirable el conocimiento de Revueltas de los estratos bajos de la sociedad, así como lo cinematográfico –en la calidad del mejor cine negro– de muchos momentos del libro: (“La obra literaria de José Revueltas” en Obra literaria, Empresas Editoriales, 1967). Véanse los ensayos sobre cine del mismo Revueltas (El conocimiento cinematográfico y sus problemas, UNAM, 1965).

 

 

 

 

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