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EL SENTIDO DE LA VIDA

Hermann Bellinghausen

Natalio Hernández: Tamoanchan/La tierra originaria. Editorial Universitaria, Universidad de Guadalajara, Departamento de Estudios Indígenas, 2017. 122 pp.


Hay una fluidez genérica en la escritura de Natalio Hernández
que acabó por darle un sello distintivo. Va, a veces sin previo aviso, del poema o canto a los pasajes autobiográficos con fuerte sabor a infancia, a la prosa de la historia y al relato, todo antiguo y nuevo, ciertamente vivo en los trazos verbales de la lengua madre, su madre la lengua náhuatl de La Huasteca veracruzana, con la correspondencia castellana que garantiza algo que siempre busca Hernández como autor y pedagogo: la interculturalidad, el encuentro creativo y respetuoso de las civilizaciones. Desde la visión del mundo y la vida de los pueblos primigenios de México y del mundo, escribe: “considero que se tiene que construir un nuevo diálogo entre las civilizaciones que nos lleve a vivir y convivir en el entramado intercultural y multilingüe como una de las utopías del presente siglo”. Nunca teme parafrasear a los poetas clásicos aztecas, ni fundir el idioma histórico con el contemporáneo.

El náhuatl es la lengua indígena con más hablantes en México. Su extensión geográfica y su variedad dialectal supera la de cualquier otro pueblo mexicano. Ello, sin considerar la emigración, que es hoy experiencia compartida por los indígenas del país entero. Son asiento de los nahuas los estados de Puebla, Veracruz, Guerrero, Morelos, Michoacán, de México y de Ciudad de México. Y si dejamos de lado el criterio de ser hablantes, la presencia nahua directa se extiende a regiones de Jalisco, Colima, San Luis Potosí, Hidalgo y Tlaxcala.

Su presencia urbana, proverbialmente invisible como la de todos los idiomas indígenas, es considerable en el centro y el sur del país. Pervive en cientos de nombres-palabra del castellano que se habla en México, en hábitos y concepciones cotidianas casi inconscientes, y algunos de sus nombres son universales (como aguacate, chocolate o Aztlán).

Así, resulta natural que el idioma de los antiguos mexicanos se manifieste en expresiones múltiples, y que sus análisis y usos lingüísticos difieran. Esto adquirió importancia intelectual y social con la aparición de los nuevos tlacuilos, como Natalio Hernández llamó hace años a los escritores modernos de las lenguas originarias, antiguas en lo oral y mítico, novísimas en las galaxias de Gutemberg y Google.

La citada fluidez de Natalio Hernández, que en otros tramos de su andar se ha desdoblado en José Antonio Xocoyotzin, está en la esencia de La tierra originaria/Tamoanchan, un libro que continúa las dos vertientes fundamentales de su obra. La poética, de aliento clásico (Collar de flores, Así habló el ahuehuete, Canto a las mariposas, Colibrí de la armonía y Flores de primavera, reunidos parcialmente en Canto nuevo de Anáhuac/Yancuic Anahuac cuicatl), ha corrido pareja con su obra de ensayo, memoria y programa pedagógico: Memoria y destino de los pueblos indígenas, El despertar de nuestras lenguas, De la exclusión al diálogo intercultural con los pueblos indígenas y Forjando un nuevo rostro/Yancuic ixtlachihualistli, orígenes y desarrollo de la educación indígena en México. Por lo demás, la presencia institucional de Hernández es casi tan dilatada como la editorial, sobre todo en materias de educación y multiculturalidad. Maestro e investigador universitario, desde 2013 ocupa una silla en la Academia Mexicana de la Lengua.

El niño que recogió descalzo su certificado de primaria, el adolescente que al necesitar zapatos para seguir estudiando sintió que sus pies perdían libertad, alcanza en Temoanchan una suerte de plenitud que le permite exclamar: “mi corazón es una flor/ahora florece/Ahora soy feliz, feliz”. Es el tlacuilo que no deja de regresar al origen, a su pueblo, su casa madre. Su materia prima, la masa que trabajan sus manos, son las tradiciones espirituales, la delicada y compleja creación agrícola que demanda el maíz para la pervivencia de la comunidad y la cultura, el permanente diálogo con la naturaleza, el agua, la alimentación, los cerros y las aves de La tierra originaria.

El texto central de Temoanchan, o La tierra originaria, es una prosa en castellano: “Chicomexochitl. Fundamento de la vida material y espiritual de los pueblos de La Huasteca, donde expone la dimensión cosmogónica de las siete flores de la milpa en el día a día de los pueblos contemporáneos, revelando un refinamiento siempre subestimado por la cultura dominante. El mismo Hernández lo explica: Chicomexochitl para las comunidades nahuas de la región, es una metáfora que alude a lo sagrado, a lo bello, a lo profundo, a lo delicado”.

Se trata de una prosa rodeada por un collar de cantos, por describirlo en términos afines a su estilo. No omite reflexionar, en abierta polémica con las religiones europeas, y reivindicar las creencias y normas espirituales de los pueblos nahuas. Señala: “El coloquio entre los 12 misioneros y los 12 tlamatinih recogido por Fray Bernardino de Sahagún ilustra muy bien el momento en que la visión del mundo espiritual del pueblo vencido tuvo que renunciar, públicamente, a sus deidades y a las prácticas religiosas propias”. Afortunadamente, en varias regiones del país se mantuvo esta tradición propia prácticamente en la clandestinidad, bajo el riesgo de ser perseguida y reprimida por la iglesia católica y, en años recientes, por la iglesia protestante. La lucha continúa.

En su opinión, lo anterior refleja la actual crisis de las dos matrices religiosas cristianas que predominan: Invocan a un dios único, ajeno a la visión del mundo indígena que se caracteriza por sustentarse en una deidad dual (tonantzin ihuan totahtzin, nuestra madre y nuestro padre), que poseen los pueblos originarios de México. En el trasfondo estas dos religiones predominantes en el país reflejan el etnocentrismo de la cultura y la religión occidental europea que tiene como centro del universo al hombre. En cambio, el pensamiento religioso de los pueblos originarios de México, además de tener una concepción dual como principio de la divinidad, a través del Ometeotl que se origina en el Omeyocan/Lugar de la dualidad, el hombre es tan sólo parte de la naturaleza viviente; por ello, los ríos, las plantas, los animales, en fin todo los seres vivos, forman parte de la vida humana.

En palabras que vienen de antiguo, con un pensamiento que abreva en la ciencia occidental lo mismo que en la sabiduría ancestral de los pueblos de donde es, Hernández aboga por la responsabilidad ambiental, el cuidado y el respeto de la Madre Tierra. Lugar central ocupa pues Tonantzin en su pensamiento y en su vida. La convicción que lo anima es preguadalupana.

En prosa y en canto, no ignora las historias de explotación y dolor sufridas por los pueblos de la tierra nahua, mas no cede a la derrota. Al equivocadamente proverbial fatalismo de los indios opone un optimismo. El futuro está en la palabra antigua. La masacre de los siglos no le robó el aliento de la vida:

 

En esos libros antiguos
también se dice
que no todo es tristeza
que no todo es sufrimiento
aquí en la tierra;
también hay alegría
también hay amor.

La tenaz creación de Natalio Hernández nace de una determinación consolidada: demostrarse y demostrar a su gente que la conciencia de la identidad legítima ha de ser instrumento, escribe, para preservar nuestra mirada, nuestros conocimientos, nuestras raíces.

 

 

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