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SECRETOS DE LA LACANDONA / 250

Enrique González Rojo Arthur

Los aluxes no obedecieron a sus mayores.
Lo suyo fue más que travesura, desacato.
Más que infantil indisciplina, sedición,
desobediencia en armas.
Y de noche, caminando de puntitas,
con el chipi chipi de su astucia,
se escaparon a conocer la selva
y codearse con sus demás secretos.
Para evitar que luz solar los convirtiese
en guijarros de la guarda de un cenote
o un riachuelo cualquiera,
decidieron regresar al celeste terruño
antes de que la aurora
(dejando tras de sí toneladas de negrura),
se pusiera a saborear su lengua,  
a despertar sus palabras,
y a decir a toda voz: “esta boca es mía”.
Peligro inminente: que los dedos de sus rayos,
al dar con las exóticas criaturas,
mutaran, en funesto alquimismo,
el jolgorio de los duendes por el inerte aburrimiento
de los pedruscos.
Pero la diversión es mala consejera
e hizo que los aluxes, impuntuales,
meditando en la improbable inmortalidad del cangrejo
o en el cuento de no acabar
que le cuenta la almohada a los creyentes,
descuidaron sus obligaciones.
Estaban seguros de volver a tiempo,
pero fue tanto su deleite al conocer el mundo
que sus cálculos resultaron erróneos.

Enloquecidos por la selva,
se la metieron en el pecho,
la rebautizaron con el nombre
de aluxilandia
y el tiempo se les escondió
en el hueco de un árbol.
Estaban tan entusiasmados
al conocer los entresijos de la jungla;
tan felices de comer el dulce guiso
de ardillas en su miedo;
tan complacidos de ponerse, jubilosos,
bajo una cascada
en el exacto sitio en que el riachuelo
arroja sus furiosos jicarazos
—con un torrente en que se ducha
la propia transparencia—,
tan encantados de jugar a las escondidillas
entre los troncos;
de tomar baños de sombra
bajo los platanares,
que no pudieron, no, volver
a la patria original de sus inicios
y quedaron atrapados por la selva
con el magín obnubilado
y el corazón sintiendo
los zarpazos del enigma.
Por las noches los aluxes en la selva
se encontraban a gusto, tranquilos, resguardados,
como gotas de saliva en las oscuras fauces
de un lobo descomunal
o como fantasmas vaporosos, chocarreros,
con enigmáticas acciones
que, como el hermano jaguar,
tenían por pupilas dos luciérnagas.
Sentíanse felices porque
podían imaginar las travesuras por venir
como el primero y único mandamiento
de las tablas de una ley
sin aburridas e infructuosas excepciones.
Tan pronto los nudillos del sol
percutían en las puertas
de la aurora,
los aluxes buscaban ocultarse
donde fuese:
en el hueco de un árbol,
debajo de una yegua,
en un sombrero de palma que hace la mano
o en una de las cavernas
donde la oscuridad, débil, enfermiza,
se ocultaba de la luz delincuente. (...)

Los aluxes salían en la noche, al cuarto pa’ la luna,
para construir, a la sombra de una luz aliada,
pirámide sobre pirámide,
en busca de acceder a su primer hogar. (...)
Los aluxes se imaginaron que las pirámides,
obra de fantástica albañilería,
se amoldaban al afán de su anhelos
y poníanse a crecer
por sí mismas, como tallos de piedra,
desarrollándose
sin escrúpulos ni dudas,
sin dejarse caer en la cuenta regresiva
del desmoronamiento.

 

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| Enrique González Rojo Arthur (México, 1928), poeta, filósofo y crítico social, autor de numerosos libros de creación y de pensamiento. Recientemente publicó Todos los cuentos, minicuentos y cuentemas (Vozabisal, México, 2016). Este pasaje pertenece a una de sus novelemas inéditas, Secretos de la selva Lacandona.

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