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MI CAÍDA AL INFIERNO. Primera parte

Juventino Santiago Jiménez

 

La idea de elegir la especialidad en docencia en el Bachillerato no fue porque realmente hubiese descubierto mi vocación de ser docente, sino porque mis tíos ya eran profesores en Educación Indígena. Ellos impartían clases en diferentes agencias de Tamazulápam, e incluso en otras áreas dialectales del mixe de Oaxaca. En aquella época, mis hermanos y yo asistíamos a la escuela primaria bilingüe “Benito Juárez” de El Duraznal. Mi maestro de segundo y tercer grado de primaria había sido mi tío Vidal; en primero de secundaria, mi tío Francisco fue mi profesor de Matemáticas.

Cada que bajábamos a las fiestas patronales de Tamazulápam, veíamos a mis tíos que vivían un poco diferente que nosotros. Ellos tenían casa grande, con varios cuartos para dormir, y puertas y ventanas de fierro. Mientras que en nuestra casa, los muros eran de piedra y lodo. En cada esquina tenían postes de madera que sostenían el techo de paja. Una puerta de madera y una ventana redonda de 20 centímetros de diámetro, orientada al este, por donde sale el Sol en su movimiento aparente. Justo en esa ventanita filtraban los primeros rayos del Sol en cada amanecer en El Duraznal. Nuestra casa no era muy amplia, solamente tenía un cuarto, y en ese espacio estaban la cocina y la recámara. Por las noches, nos sentábamos alrededor de la fogata para tomar café y para espantar el frío, mientras mi mamá y mi abuela nos contaban historias extraordinarias en mixe sobre el mundo mixe.

Mis tíos comían diferente, no me gustaba. El olor del queso y la leche me resultaba insoportable, mis hermanos y yo estábamos acostumbrados a comer guías de calabaza, frijol, hierba mora, papas, chayocamote, hongos y patas de pájaro —un tipo de hongo. No éramos vegetarianos, sino que nuestra situación económica nos obligaba a comer estos alimentos. Por otro lado, la naturaleza era muy generosa con nosotros, porque lo conseguíamos de manera gratuita en nuestra parcela. Únicamente teníamos que realizar el ritual y la ofrenda correspondiente en cada ciclo de la siembra y de esta manera establecíamos una relación armónica con la Tierra. Cuando teníamos muchísimas ganar de comer carne, mi mamá compraba un pedazo de sebo —la grasa que viene adherida a la carne de res. El truco estaba en que mi mamá preparaba algún guisado con el pedazo de sebo y la comida tenía sabor a res. Pero realmente el guisado no tenía carne, y menos de res.

Respecto a la forma de vivir de mis tíos, mi mamá me decía que vivían diferente que nosotros porque eran profesores, y que cada quince días el gobierno les pagaba un salario. Entonces, cuando terminé mis estudios de Bachillerato, recordé los comentarios de mi mamá sobre la forma de vivir de mis tíos y me concentraba muchísimo en la idea de tener un salario. Yo también pensaba que el gobierno había sido muy generoso conmigo porque había crecido en internados. Años más tarde comprendí que con el salario que tenían mis tíos no se podía vivir mejor ni diferente, sino que intentaban sobrevivir. Yo no sabía si mis tíos estaban apasionados y comprometidos con la tarea tan compleja de enseñar a pensar a las nuevas generaciones; ignoraba si ellos habían descubierto su verdadera vocación para ejercer la docencia. Pero esa es otra historia. Aunado a estas circunstancias y paradojas del tema de vocación a la docencia, yo quería ser profesor. Decidí estudiar el programa educativo Licenciatura en Educación Primaria (LEP) en el Centro Regional de Educación Normal de Oaxaca (CRENO).

Sonaba interesantísimo ser profesor como mis tíos, pero sonaba más fuerte la palabra salario, porque siendo profesor, dejaría de ir al campo a sembrar maíz, frijol y calabaza. Cuando iba a limpiar la milpa todo el día era cansadísimo y más cuando llovía. En sí misma la lluvia no era mala, sino que con la tierra mojada pesaba más la pala. Estudiar y ser profesor constituía una oportunidad para desenvolverme en otro campo: la docencia. Para estudiar la LEP había un problema bastante serio, justamente de índole económica. En el pasado cercano ese había sido mi principal obstáculo, en mi educación básica y media superior. Aún lo seguía arrastrando. Mi preocupación central era quién o quiénes podrían solventar los gastos que generaría al estudiar la LEP en Oaxaca. Había opciones potenciales: estudiar y trabajar, claro, más trabajar que estudiar, o vivir en casa de algunos de mis tíos.

Una mañana decidí viajar de Oaxaca a Tamazulápam con el fin de encontrar alguna respuesta a mi preocupación. Cuando estaba en mi pueblo, una de mis tías me pidió que acompañara a una curandera al lugar sagrado täjxtujk ëkäj ‘9 Puertas’; mientras ella realizaba el ritual. Yo estaba recostado sobre una piedra, similar a la posición de Chac Mool, pero mi mirada no estaba en el horizonte, miraba al río. En ese instante recordé haber asistido a una feria de orientación vocacional para estudiar el nivel superior.

A finales de junio de 1994 decidí inscribirme en el Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe) con sede en Oaxaca para ser Instructor Comunitario. El requisito básico consistía en haber terminado la secundaria o el bachillerato y asistir dos meses a capacitación. Días antes que iniciara el curso, nuevamente viajé a Tamazulápam para contarle a mi mamá que me había inscrito al CONAFE y al siguiente año continuaría mis estudios de nivel superior. Esta información mi mamá la compartió velozmente con una de mis tías. Inmediatamente mi tía me comentó que era una decisión poco razonada el hecho de ser Instructor Comunitario y después estudiar la LEP. Ella decía que yo ya estaba bastante grande como para seguir estudiando y debía incorporarme a la población económicamente activa. Pero todo el tiempo yo había estado trabajando en el campo y creo que sí había estado demasiado activo. Otro argumento suyo era que desperdiciaría cinco años, uno en el Conafe y cuatro en el CRENO. Mi tía insistía que ingresara como profesor de Educación Indígena, al igual que mis tíos y mis primos. No sabía si mi tía tenía razón. Por respeto tenía que escucharla, pero finalmente no le hice caso.

La capacitación inició en el Conafe y terminó a finales de agosto de 1994 en una escuela secundaria de Oaxaca. Allá conocí a varios compañeros recién egresados de secundaria y bachillerato. Teníamos un propósito común: continuar nuestros estudios. El curso era de lunes a viernes: de las 8 a las 18 horas. Los que impartían y dirigían el curso no eran pedagogos ni profesores que hubiesen estudiado en algunas de las Escuelas Normales de Oaxaca, sino jóvenes que ya habían sido Instructores Comunitarios y en aquel entonces tenían la figura de Capacitadores. Por ende, nos platicaban sus experiencias de cómo habían sido su trabajo con los niños en edad Preescolar y la relación que establecieron con los padres de familia y la comunidad. Lo que más me gustaba del curso eran las dinámicas grupales que implementaban para la integración del grupo. En ese curso conocí a Celia. Ella era de San Jerónimo Coatlán, Miahuatlán. Todos los días platicábamos porque estábamos en el mismo grupo. Me sentía contento; era como haber tocado el cielo. La alegría no duró mucho —aunque no sé si dos meses es poco o mucho— porque después de la alegría vino el infierno. Allí estuve más de un año, y como diría Bukowski, “me sentía enfermo, inútil, triste. Estaba enamorado de ella”. Le escribí varias cartas a Celia. Básicamente, el contenido era que regresara conmigo y no me abandonara. La respuesta de Celia no era muy extensa, y era no.

(Continuará)

 

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| Juventino Santiago Jiménez , escritor ayuuk. El próximo mes proseguirá en Ojarasca su caída al infierno de la vida real.

 

 

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