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UNA FUGA HACIA SÍ MISMOS / 251

Ramón Vera-Herrera

Antonio García de León
Misericordia. El destino trágico de una collera
de apaches en la Nueva España,
Fondo de Cultura Económica, México, 2017.

 

Hacemos historia al relatar el pasado o el ahora buscando hacer sentido, entender el nudo de sucesos, pero también las estructuras, sistemas o tejidos más vastos que configuran el tramado fino y burdo, el contrapunto, los ritmos y los ciclos en lo ocurrido, en el devenir y los destinos.

Así, salta la fuga de “una collera de apaches” que eran llevados bajo la custodia armada de un grupo de soldados a San Juan de Ulúa, frente a las costas veracruzanas, desde el lejano noroeste novohispano de 1796 para embarcarlos a la isla de Cuba a un viaje sin retorno.

El relato de esta fuga abre la indagatoria de universos que se configuraban desde la Conquista colisionando la supervivencia y el despojo, un sentido propio de lo sagrado y deberes ancestrales contra la corrupción y mediocridad de autoridades deslavadas, día con día, por el tráfago de la complejidad. Ésta no deja de interferir en la grandilocuencia de planes y expansiones, vanidades o pánicos: las patas más ruines del poder realmente existente.

Antonio García de León configura su relato y su propia visión del quehacer histórico a partir del chispazo que ilumina las “fronteras invisibles”, como él mismo les llama, el cruce de caminos, “el límite incierto que disociaba la vida y la muerte entre quienes implantaban el tiempo del imperio y entre quienes se le resistían prolongando la vida más allá del umbral”. Así lo señala el preámbulo de esta fuga, desde el principio cargada de la angustia y el suspenso que dan cumplimiento tranco a tranco a las tragedias.

 

Estamos en el vértice de un estallido no siempre simultáneo de los procesos de expansión y resistencia de varios conglomerados humanos en decursos de diferente duración. Los anglosajones se expanden al Oeste y al Sur, predando e invadiendo los espacios que van dejando las reducciones que los españoles emprenden desde el Sur hacia el Norte en esa vastedad llamada “Aridoamérica”.

Los pueblos originarios son orillados a transgredirse, a vagar para después ser calificados de nómadas y trashumantes, cazadores y recolectores sin territorios, sin tierras, y ser perseguidos por el destino que los españoles parecen dispuestos a cumplirles en la esclavitud y la reducción —en la obligación de apretujarse con o sin comunidad en los “presidios” para de ahí cumplir las crudas labores de los obrajes textiles o la minería en los socavones.

Dice García de León: “es falsa la imagen de una frontera precisa entre una Mesoamérica agrícola y de alta cultura y una Aridoamérica que contendría en su seno solamente bandas de cazadores y recolectores nómadas”.

La colonización del Gran Norte requería un territorio que funcionara como “un espacio de guerra viva que alteró las costumbres de una enorme complejidad de culturas que habitaba estas regiones y que pudo definirse como una extensa área de conflicto que se fue complicando...”. En tales circunstancias, no pocas comunidades agrícolas sedentarias fueron obligadas a trashumar. La guerra buscaba un escenario donde ejercer “políticas abiertas y encubiertas” que justificaran “las acciones de esclavización, desarraigo, dispersión y exterminio de todos los indios ‘bárbaros’ del Gran Norte”.


Ese Norte de donde provenían los apaches (esos nombrados “los enemigos” según el idioma zuñi, o “hijos del gran diluvio” o “asechadores” según versiones en lengua nahua) era el imán que jalaba la expansión de la Nueva España, ávida de metales. El México de entonces era la región productora de plata más importante del mundo, al punto de tejer una economía globalizada donde con esa plata de Nueva España se pagaban los textiles de algodón de China e India que se exigían para pagar los barcos cargados de esclavos procedentes del África profunda, como lo aclara John Tutino en Creando un nuevo mundo: los orígenes del capitalismo en el Bajío y la Norteamérica española.

Si en el centro y sur de Nueva España la Corona permitió un breve margen de autonomía a las comunidades para que sembrando tributaran a los señores, en el norte más agreste los “presidios” —esos “asentamientos de avanzada militar y religiosa” donde los poderes coloniales establecían su ámbito para presidir, es decir disponer, perseguir y administrar— se fueron tornando en cárceles conforme se hostigaba a los pueblos y a las tribus a compartir “la angustia de la trashumancia, siempre en pos de la sobrevivencia, habitando dispersas y errantes las altas sierras y barrancas, las praderas donde pastaba el bisonte, el hostil altiplano desértico y las más fértiles riberas de las ríos”. Arrebatarles sus vínculos con los parajes y su terruño, convertirlos en vagabundos desterrados, los calificaba como mano de obra esclavizada sin muchos miramientos.

 

Con ese escenario de contradicciones se dispara el relato de la fuga de 17 apaches en Venta del Río, muy cerca de Xalapa, tras haber robado una alforja con sebo de res (para lubricar monturas) que utilizaron para zafarse de sus grilletes. Al cabo de los meses la fuga adquiere dimensión mítica conforme los apaches, fantasmales y apegados a la tierra, avanzan en rodeos y derivaciones por entre las cañadas, las quebradas y las llanuras (cuando no tienen de otra), mientras se proveen de lo posible para sobrevivir robando aquí y allá pero intentando pasar lo más desapercibidos posible en su regreso al Norte. Los siguen a los tumbos batidas de soldados del virreinato y luego una fuerza combinada de soldados, rastreadores tahuacanes, voluntarios mestizos, criollos e indígenas comunitarios, hasta ser cercados en unas cumbres desde donde se enfrentan en un cruento y decisivo combate.

García de León nos propone un quehacer histórico que (con documentos y cartas que se dirigían entre sí diversos actores implicados en la persecución, órdenes y planes requeridos) recurre a una sugerente e impecable recreación, edición y sistematización narrativa. A ésta la alimentan otros saberes como la etnografía y la lingüística para reconstruir los diversos planos, cauces y flujos de un momento (donde están contenidos siglos de opresión y esperanza). El entorno es pre-independentista. Los apaches de la fuga no son sino los portadores de una luz propia a la que le urge oponerse al horror y la zozobra impuestos por el imperio español con la servidumbre y el látigo, con la corrupción de las esferas del gobierno y la gobernanza cotidiana, pesante de disposiciones y persecuciones.

 

Otra contradicción es la figura de los apaches, fabricados como enemigos y monstruos para el imaginario de los “irreprochables” súbditos novohispanos. Normalizados como horror que opaque al horror que supura del poder. Pero el poder no puede deshacerse del asombro ante las proezas casi inverosímiles de unos “otros” crueles e implacables pero también proteicos; superlativos en su rabia, en su sed de sangre, lujuria y rencor, pero también relámpagos aparecidos, guerreros fantasmas. Y lo más aterrador de los apaches era ser irreductibles.

Para ellos no había “nada peor que el cautiverio en esas condiciones de ruptura en relación con sus cuerpos, sus familias y sus territorios, Nada peor que transitar encadenados por parajes desconocidos, como espectros y deshabitados de su propia esencia”. Y todo para cumplir un acto más en la administración permanente de los conflictos para beneficio de los mandos militares y el propio virrey.

 

Anunciando el combate decisivo, dice García de León: “Los cercos se estrechan, las precauciones son cada vez mayores; y como si se avecinara el fin, los acontecimientos también arrecian. Es como ir a ninguna parte y a todas, al mismo tiempo, porque este camino no tiene regreso”.

Esa ninguna parte y todas, implica ir hacia sí mismos, y eso hace tan fulgurante una fuga así. Una fuga hacia delante que en realidad es un regreso a sus espíritus y sus misterios, sus certezas y convicciones irrenunciables. Tan diferente eso del acomodaticio y empavorecido devenir de todos los persecutores.

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