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GENTE DE LA CALABAZA

Hubert Matiúwàa

FILOSOFAR MÈ’PHÀÀ


Los abuelos dicen que cada palabra tiene una historia y nosotros somos la encarnación de esa historia. Así nació el nombre del pueblo de los Mbò matha yúwaá’, de las palabras mbó (gente), matha (río) y yúwàa’ (lugar de la guía de calabaza): “gente del río de la guía de calabaza”. Todas las personas que nacen en ese territorio usan el gentilicio “gente de la calabaza”. Deriva de una historia de origen que comparten varios pueblos de la zona mè’phàà de Acatepec, y filosofan a partir de la guía de la calabaza conocida como zilacayota, pachayota, chilacayote.

Cuentan los abuelos que un día un xi’ña (abuelo sagrado) encontró en el cerro una guía muy grande de zilacayota con muchas calabazas. El dueño de esa guía era Akúun (señor sagrado de la lluvia). El xi’ña cortó una, la partió en dos y la probó, se dio cuenta que una mitad era dulce y la otra amarga. Se dijo: “Esta calabaza puede alimentar a mis hijos y a los hijos de sus hijos, pero les puede hacer daño si no cuidan y respetan la guía, si no se equilibra lo dulce con lo amargo”. Por ello, vio la necesidad de construir una casa del trabajo (gu’wa ñajún), lo que hoy conocemos como ayuntamientos o casas de gobierno, para que cuidemos de la guía; allí sentó el pueblo, y año con año al realizar el cambio de autoridades, toda la “gente de la calabaza” van a ese lugar y se bañan en el río que está junto a la loma donde nació la guía de la zilacayota. Lavan simbólicamente sus malas acciones, ofrendan flores contadas, piden sabiduría y fortaleza para sus gobiernos, dan palabras de respeto al Akúun (Señor sagrado de la lluvia).

Para la gente de Matha yúwaá’ la calabaza es referente de identidad, resume características simbólicas del pensamiento y vida cotidiana. Hay cuatro ceremonias en torno a ella: Ndxáo túmgàa (Cambio de comisario), Ndxáo tsíjní (La fiesta del ratón), Mandiyia’ (Soplar el agua) y Kunite’ (Espíritu malo). De ellas se puede inferir el valor estético, religioso, político y moral de la calabaza dentro de la comunidad.

Ndxáo túmgàa: Cada año los nuevos comisarios se bañan en el río donde nació la guía de calabaza que dio origen a su gobierno, lavan el bastón de mando, purifican sus acciones. Al regresar a la comisaría, bajo la silla de mando entierran un tigrillo y a partir de una ceremonia el nuevo comisario se transforma en él, para que sepa lidiar los problema. Después él y su gente ayunan nueve días, alimentándose de caldo de chile, hoja de tabaco y cal molidos. Los principales los orientan para que sean buenos gobernantes.

Ndxáo tsíjní: Al caer la lluvia, a finales de mayo o a principios de junio se hace una ceremonia, donde los principales emborrachan al ratón y bailan con él, con la finalidad de que no se coma las semillas de la calabaza, maíz, frijol y permita que la vida siga.

Mandiyia’: La analogía gente-calabaza está presente en la manera de curarnos. Los abuelos dicen que somos como la calabaza, si nos espantan ya no crecemos con fuerza, por eso curan nuestros miedos con el soplido de agua en el cuerpo, lo que permite expulsar el miedo y sanar el cuerpo. Esto tiene el mismo valor que cualquier método de la psicología moderna.

Kunite’: Cuando la parte amarga de la calabaza se apodera de nuestras acciones, trae el mal espíritu a la comunidad, la violencia intrafamiliar, el alcoholismo. Es necesario expulsar ese espíritu, y se busca a un xi’ña (abuelo) que limpia la ceniza de la casa para alejar el mal y ora para reencontrar el equilibrio en el hogar, tal como lo relata la historia de la calabaza, que es una con su mitad amarga y mitad dulce.

 

Para los Mbò matha yúwaá’, la calabaza es la memoria de los caminos, sostiene la luz de la lengua, cada año se hacen rituales para respetar y recordar su importancia. A partir de ella se fundamenta la política que permite guiar a la comunidad. La historia reencarna el nombre y territorio de la gente de la calabaza.

Desde el nombrar está el respeto a la diferencia. Cuando territorializamos lo hacemos respetando lo existente: un cerro, un río, un animal, una cultura. Cada ser devela su nombre conforme el hacer que le es característico. José Ángel Quintero escribe: “El proceso de territorialización se configura como el conocer y aprender el lugar y, durante el mismo, la comunidad humana no sólo observa, reconoce, prueba, experimenta y comprueba todo lo presente en el lugar, sino sobre todo, nombra, precisamente, a partir de su observación y experimentación con lo existente. Este nombrar será entonces el resultado de: a. Una perspectiva o punto de vista desde donde el colectivo social observa al mundo y lo experimenta; y, b. Una síntesis conceptual de la observación y experimentación con el mundo” (José Ángel Quintero Weir, Wopukarü jatumi wataawai: El camino hacia nuestro propio saber. Reflexiones para la construcción autónoma de la educación indígena, p. 17)

El nombre del pueblo de Matha yúwaá’ derivó de su hacer, pues en ese lugar existen condiciones para que las zilacayotas se reproduzcan, y eso tiene que ver con otros haceres como el de la tierra que le da los nutrientes, el de otras plantas que le sirven de abono, el de los insectos que combaten la plaga, el de los árboles que le brindan sombra, el del clima que trae la lluvia.

¿Cuándo un territorio deja de nombrarse en su hacer? ¿Cómo entendemos las fronteras territoriales? Para nosotros, todo funciona en conjunto, las fronteras cambian cuando no hay condiciones para su hacer, para la tierra de la zilacayota. La frontera es donde no existen condiciones para que crezca la calabaza, el límite territorial está relacionado con otros haceres que garantizan la subsistencia de forma recíproca. “Para las territorialidades indígenas la relación de la gente con el mundo no puede ser antropocéntrica; la gente no constituye, en ninguna forma, el centro de la vida del mundo, sino que su vida y la reproducción de su existencia como comunidad humana está definitivamente atada a la vida y a la reproducción de la existencia de otras comunidades de seres con quienes, a fin de cuentas, conforma una comunidad cósmica. Por tanto, la vida y la reproducción de la existencia de la comunidad cósmica como totalidad, depende esencialmente de la armonía en las relaciones de complementariedad entre las diferentes comunidades de seres presentes en el mundo, la comunidad humana incluida” (Quintero Weir, op. cit., p. 13).

Hace tiempo un grupo mè’phàà territorializó Matha yúwaá’. Explicó su origen y su sistema político a partir de ella. Hoy las mineras tienen interés en esas tierras: el territorio es su objeto que puede producir riqueza material, mientras para los pueblos es fundamento de su hacer y estar en el mundo. “En los últimos años el territorio de los pueblos de la Montaña y Costa Chica de Guerrero ha despertado el interés del sector minero debido a los 42 yacimientos mineros que ahí se encuentran. El gobierno federal ha otorgado unas 38 concesiones por 50 años para que diversas empresas realicen exploración y explotación en la región sin tomar en cuenta los derechos de los pueblos indígenas naua, mè’phàà y na savi. Los títulos entregados ahí corresponden a cerca de 200 mil hectáreas y ahora se encuentran, todos, en la fase de exploración” (Tlachinollan, Informe Juba wuajiín, 2017).

De llevarse a cabo, estos proyectos implicarían desalojo y prohibición de culto, agricultura, caza, propios de la subsistencia en que se fundan el saber y la identidad de la vida comunitaria. En la Montaña se vive el constante acoso paramilitar, militar y de grupos criminales, que son una forma de despojo de las tierras comunitarias. Nuestro pueblo ha resistido, ya que si nos quitan el territorio nos quitan la posibilidad de ser mè’phàà.

En la Montaña, la primera voz del rayo anuncia la llegada de las lluvias. Las semillas de las calabazas despiertan para convertirse en guías y enseñarnos que son posibles otras formas de gobernarnos.

 

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| Hubert Martínez Calleja, escritor y poeta mè’phàà, es originario de Zilacayota, Malinaltepec, Guerrero.

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