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COMUNIDAD Y TERRITORIO SON LO MERO PRINCIPAL / 253

Comunidad y territorio, raíz y base de la resistencia indígena, en su combinación constituyen una de las claves más viables para que el país y sus regiones enfrenten los urgentes desafíos para la coexistencia civil pacífica, condiciones ambientales saludables y equilibradas, economía y leyes justas, pluralidad y multiculturalidad efectivas, y autogestión soberana, es decir autogobierno: el gobierno en colectivo de la comunidad dentro de su territorio. Esto, que vale en general para América Latina –donde abundan luchas campesinas y de pueblos originarios– en México ocurre de manera profunda y en ocasiones desesperada. Resistencias, movilizaciones y protestas son el drama de cada día. Como en todo el subcontinente, los poderes y sus cajas de resonancia procuran ignorarlos, y si resultan inocultables, los distorsionan hasta aplastarlos.

Los logros de una lucha alimentan la esperanza de otras. Los fracasos, las tragedias, los abandonos y los despojos son materia de solidaridad y aprendizaje. En la región predomina la doctrina del “desarrollo” a toda costa, en extremos incluso irracionales. Con matices y diferencias importantes, no se salva ningún país con población indígena y campesina. Aunque pocas veces se registran en los medios masivos tradicionales, en redes y medios independientes se documentan casi todas. No hay lucha ya que sea muda. Por eso sabemos lo numerosas y cambiantes que son, una historia honda en cada una.

El enemigo, siempre desde el poder, adopta rostros distintos y con variados argumentos justifica los abusos, despojos, engaños o crímenes que sean. Las leyes y las fuerzas que las ejecutan, los sistemas de justicia y representación política, las reglas económicas, la impunidad del poder: todo se impone a las poblaciones, de manera enfáticamente clasista y colonialista según estrategias dictadas por las metrópolis y sus organismos “internacionales”.

Cientos de procesos alternativos confluyen en el territorio y la comunidad que les son propios. Las leyes nacionales y los gobiernos liberales autoritarios, con el pretexto de “regular” los “derechos especiales” de los indígenas,  usan la supuesta “igualdad” para seguir negando a los pueblos originarios. Millones de indígenas y campesinos andan en la diáspora, pero incluso ellos, los que se fueron, traen consigo la comunidad como idea, praxis y necesidad. Toma generaciones olvidar el territorio.

El florecimiento de los pueblos resulta indispensable, es un asunto nacional. México, con su soberanía jodida y la integridad hecha pedazos, mal haría en no atender (en el sentido de escuchar, comprender) lo que demandan y defienden los pueblos. ¿Por qué se insiste en humillarlos, dividirlos y lastimarlos hasta que se rindan? La derrota de los pueblos –último bastión de nuestra soberanía y la protección sensata del ambiente y los recursos vitales– significaría la derrota definitiva de la Nación, o lo que de ella queda.

En memoria de nuestra querida Carolina de la Peña (1972-2018)

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