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EN BUSCA DE LA SOMBRA DEL ATARDECER. UN ROMANCE ZOQUE

Silviano Jiménez Jiménez

En cierto lugar habitaba un hombre en compañía de la música del silencio. A una distancia no lejana moraba una hurí en compañía de los rocíos matinales. Una tarde que los pájaros trinaban y los rayos del sol provocaban el arrebol de las nubes, el hombre decidió salir en busca de la sombra del atardecer, una doncella o virtud. Caminó por donde un día los rayos de luna de la hora nona lo vieron por primera vez. Durante su trayecto observaba los colibríes sobre las flores que ornamentan el campo. Llegó al parque central donde todo era silencioso y plácido como después de un suspiro. Tomó asiento y se quedó pensando. El atardecer lo incitó a inquirirse sobre su vida personal: “¿Cuándo terminaré de tiritar de frío? ¿Cuándo y dónde titilar con la mirada fundida en un sólo destino?”.

Se tornó un silencio que los pájaros aprovecharon con sus bellos trinares, mientras las mariposas aleteaban, prendadas de los rayos del sol que iluminaban la tarde. A lo lejos, entre la sombra del viento, apareció una luz de luna tersa con corazón de estrella que le inspiró. Al observarle su sonrisa, en zapoteco, se dijo: rapa gana gaca ni rizá lu beeu de guira biuyaa stilu’ (“me encantaría ser el astronauta de sus lunares”). La ternura con labios carmesí y arrebol entre sus pómulos se acercaba al iris de sus ojos. Sus fémures se movían firmemente sobre el césped, mientras sus pectorales de hurí tremolaban como las caricias de las olas del mar en plena libertad. Tenía silueta de nínfula, aroma de acacia, manos delicadas, sencillez inagotable y sensibilidad de luna de octubre. Tum jejpa’k matsa (“una estrella en vida”), se dijo en zoque. Sonrió y con voz meliflua le dijo: “Hola Carolina, la paz que me perturba, la luz que brilla en mi aposento lleno de emociones cálidas y profundas fenece cuando encuentro el aroma de las flores virtuosas”. “Hola Rubén, qué inspiración la tuya. Gracias”, le contestó. “Nada que agradecer, Carolina, al hombre con buenos sentimientos siempre le emerge la inspiración del inmaculado corazón”. Ella sonrió sigilosamente. Rubén la invitó a que fueran a Bi muypa’k tsuxu (“La esquina que dobla”). Ella asintió con cautela. Al entrar, él reconoció “La vie en rose”, la canción insignia de Édith Piaf. Tomaron asiento. El menú, escrito en varias lenguas, ofrecía bupu (“bebida zapoteca”), Chaw popox (“Bebida huave”), kakawa’k uki (“bebida zoque”) y po’te’k uki (“bebida zoque”). Carolina ordenó un delicioso kakawa’k uki y él po’te’k uki. Él habló de la vida de Édith Piaf. Contó de sus canciones reconocidas, entre ellas “La vida en rosa”. Continuaron Lovesong y One and only de Adele Laurie, Foi deus de Amália Rodrigues, L’elisir d’amore de Felice Romani.


Hablaron de temas diversos. De los orígenes de las palabras chocolate y cacao. Rubén comentó: “Desde 1976 Campbell y Kaufman arguyeron que la palabra cacao deviene de la cultura olmeca, hablantes de mixe-zoque”. Además, aludió: “En el año 2000 Dakin y Wichmann presentaron evidencias para demostrar que ambas palabras tienen sus orígenes en lenguas nawatl”. Finalmente, citó: “En el año 2007 Kaufman y Justeson aportaron pruebas convincentes que kakawa es un léxico de origen mixe-zoque”. También hablaron acerca de los libros de Charles Dickens y Virginia Woolf. Ella lo miraba a los ojos, mientras él observaba las comisuras de sus labios. Ella estaba asombrada y en silencio se decía: ’øn ma’ixpa ’øn jejkuy ’øy wintømgøxi (“sueño mi futuro sobre sus ojos”). Al final comenzaron a despedirse. De pronto, él reconoció Va Pensiero, inspirada en el Salmo 137, Super flumina Babylonis, y le pidió a Carolina escuchar juntos la obra maestra de Verdi. Ella aceptó en silencio, mientras él, en voz alta, la interpretaba en zoque:

 

¡Keka jamokuy, bim tsapats xaj jønang, tena ’angketsjogøxi deji kotsøkjo ’øy tsapjø ju bi pajak xawa nax ’øyti ’øy ’oknukøba biy ponon jøyjøywøjkuy! ¡Tsi’e ’øn yøxøng bi Jordan ’øy wøt nø ’angaka y bi jumø’k Sion ’øy maxan tøkdøkay! ¡Oh moso y ney tumø’k kumkuy! ¡Oh moso y nena’ nijaminøykuy! Lapa xempe. ¿Tigo ’øm wø’kxneyø deji wø’kxa kuy gøxi y yam oto’atø’? Yukjeja ’øn tsokoy aka bi nijaminøykuy y yak tsamø bi yajakpø’ pøndøkay øy tsøki ’øyti, ney de’xe yak dø nømjadama bi Sólima ’øy poymini’. ¡Xempe niwanø tum tsujux xøkøki wane u mawanø bi tsapjø’ yak mi tsi’ tum wane yak dø koxawøgo’ bi ney kumkuy ’øy toya, yak dø ney koxawøgo’ bi ney kumkuy ’øy toya, yak dø ney koxawøgo’ bi ney kumkuy ’øy toya, nenti øy tsokoy go’!

(“¡Vuela pensamiento, con alas doradas, pósate en las praderas y en las cimas donde exhala su suave fragancia el dulce aire de la tierra! ¡Saluda las orillas del Jordán y las devastadas torres de Sion! ¡Oh, mi patria, tan bella y abandonada! ¡Oh recuerdo tan querido y fatal! Arpa de oro de fatídicos vates, ¿por qué cuelgas muda del sauce? Revive en nuestros pechos el recuerdo que hable del tiempo que fue, al igual que el destino de Sólima. ¡Canta un aire de crudo lamento o que el Señor te inspire una melodía que infunda valor a nuestro padecimiento, que infunda valor a nuestro padecimiento, que infunda valor a nuestro padecimiento, al padecer, valor!”).

 

Rubén anhelaba susurrarle al oído toda su interpretación, pero el garbo de sus pensamientos inmovilizó sus actos. Mientras tanto pensó en silencio: Døx mi winmongma’ixpa’ tsokoyjøjang (“Soy yo quien te sueña con el corazón”). Acto seguido, mientras él pagaba la cuenta, ella buscaba la llave de su coche. Caminaron hacia el estacionamiento. El anheló tomarle de la mano. Llegaron al automóvil y le abrió la puerta. Se despidieron con un beso en la mejilla. Carolina abordó plácidamente, encendió el auto y se marchó. Como dijo un poeta, una furtiva lágrima invadió su pensamiento. Rubén soñó sentirle por un instante los latidos de su hermoso corazón, el alma de su corazón y sus pensamientos se iban con ella, como la sombra y los recuerdos de la oscuridad se van con los vientos alisios.

Caminó de regreso a casa. Saludó a sus padres. Platicó con ellos. Ingresó a su recámara y se dispuso a conciliar el sueño sin dejar de pensar en la hurí. A cada instante se paraba, caminaba por su habitación y recordaba la canción Mujer que camina del trovador Alejandro Filio. Por no despertar a sus padres, sólo susurraba: “No es la noche ni el café, lo que me obliga a caminar por esta casa. Esta maldita incomprensión que no despega de tu cuerpo la mirada… De tu boca tengo el sueño cada noche, cada luna solitaria, de tu pecho el medio sol al horizonte, que se pierde, que se escapa…”. Sintió que ella había regresado, pero fue la imagen de su sonrisa la que ingresó a través de la fístula de su corazón. Se volvió a acostar y, finalmente, concilió el sueño.

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