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OAXACA EN OAKLAND LA OBRA DE ERNESTO HERNANDEZ OLMOS

Lamberto Roque Hernández

Cuando el actual presidente de Estados Unidos dice que México envía a su país a criminales de todo tipo, lo peor de lo peor, y que éstos son una amenaza, mucha gente le cree. Otros no. Muchos, mejor con hechos demuestran lo contrario. Contribuyen a la grandeza del país. Sin embargo, lo que el señor ese dice, mella, pone más leña al fuego que calienta la olla del caldo discriminatorio. Son tiempos difíciles de este lado. Y hay que aguantar. Hay que protegerse. Hay que hacer tribu y resistir. Si no, cada uno. Como se pueda y con cada una de las habilidades disponibles.

Ernesto Hernández Olmos, artista plástico, músico, danzante, escultor, todo un todólogo oaxaqueño establecido en el área de la Bahía de California por cerca de veinte años, en estos tiempos difíciles no se agüita, como él mismo menciona. Su creatividad la pone enfrente como un escudo protector a la discriminación que ensombrece el país. Pinta. Y en los lienzos plasma sus raíces indígenas. Caras de hombres y mujeres de los pueblos originales.  Con colores vivos, revive las tradiciones fiesteras de su gente. Flores. Mujeres acurrucando a la luna. Madres protectoras de sus hijos, que tejen vida en medio del presente caótico. Muertes en su día desfilando y bailando en las calles de algún pueblo terregoso de Oaxaca o de cualquier otro lugar parecido. Porque viendo desde lejos, todos los pueblos quedados se parecen. En su trabajo, Olmos refleja lo que para muchos migrantes se ha quedado muy lejos.

El maestro cruzó su talento para este lado y con éste contribuye para hacer frente a estos tiempos tramposos. En su estudio, mientras platica sus periplos como artista, juega con trozos de barro hasta darle forma a un chiflador. Como ésos que se vendían antes en las fiestas de los pueblos en el valle de Oaxaca.

El maestro Olmos es egresado de la Escuela de Bellas Artes de Oaxaca. Santuario de una gran variedad de artistas. Como muchos artistas de Oaxaca, creció rodeado de colores, de sabores, de necesidades y de gente que de una u otra forma expresan lo que sienten a través de la plástica, la escritura, la comida, la música o el baile. Ya de este lado, sus conocimientos los pasa a jóvenes. Al pueblo digamos.

Con su tambor y sus flautas de chirimitero contribuye a que los hijos de migrantes exploren la posibilidad de conectarse con sus raíces. Con sus flautas de arcilla y de carrizo que él mismo crea, trae los sonidos del viento, de los arroyos, y de los pájaros. Ruidos que despertaban a muchos en sus lugares de origen. Sonidos que recrea en atardeceres oaklanianos.
Hasta el norte de California ha traído el fuego nuevo y viejo. El humo de copal para recordar a los muertos y sanar la nostalgia de los vivos.

Ernesto Hernández Olmos es como millones, una estadística dentro del sistema discriminatorio del presidente estadunidense. Es otra alma más que deambula en una nación grande, construida con la fuerza de migrantes. Con sus imágenes deja testimonio. Así es como él y esos otros millones como él, que son ofendidos en estos tiempos, resisten. Demuestran que los que llegan de México, en su mayoría en vez de perjudicar contribuyen al fortalecimiento de esta nación, cargada de inmigrantes.
Hecha grande por ellos.

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