VIVIENDO CON UN ÍNTIMO ENEMIGO / 253 — ojarasca Ojarasca
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VIVIENDO CON UN ÍNTIMO ENEMIGO / 253

Hermann Bellinghausen

Federico Navarrete: México racista. Una denuncia. Grijalbo, México, 2016. 189 pp.
•Federico Navarrete:
Alfabeto del racismo mexicano. Malpaso, Barcelona, 2017. 186 pp.
•Roxanne Dunbar-Ortiz y Gina Gilio Whitacker: “All the Real Indians Died Off” And 20 Other Myths About Native Americans. Beacon Press, Boston, 2017. 208 pp.

 


La academia antropológica ha profundizado en las formas mexicanas del racismo, sobre todo en los trabajos seminales de Alicia Castellanos y Olivia Gall. Ahora, en términos más panfletarios, por así decir, Eduardo Navarrete vino a agitar las aguas del debate con su México racista, que no duda en subtitular como “una denuncia”. Realiza un vaciado más personal y fragmentario que las especialistas mencionadas, y así alcanza a morder a muchos más grupos y personalidades. Revisa medios de comunicación, revistas culturales, publicidad y televisoras, educación y coloquialismo, partidos políticos, las fobias, el sexismo, los chistes, el odio a los centroamericanos migrantes. Toda la pigmentocracia: no se salvan Quién, Memín Pinguín, Reforma ni Letras libres, y actualiza el análisis de los flagrantes anacronismos de Octavio Paz en El laberinto de la soledad. Parte de un hecho horroroso, la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa (manifestación de la “necropolítica”, la “consecuencia más nociva de nuestro racismo”), y coge en off side a Germán Dehesa, Enrique Krauze, Roger Bartra, Federico Reyes Heroles y otros nuevos liberales que quién hubiera dicho. No extraña entonces que sus panfletos les hayan caído tan gordos a los intelectuales mediáticos y su industria de reseñas con consigna.

Desde mediados del siglo XX, apunta Olivia Gall (Desacatos 51, mayo-agosto 2016), las ciencias naturales han demostrado “que la creencia de que existen razas humanas —grupos cuyo color de piel y fenotipo se deben a diferencias biológicas o genéticas— no está fundada en bases científicas”. A Gall le llama la atención un hecho: “En una sociedad y un tiempo histórico que ha rendido culto a la racionalidad científica, este descubrimiento debería haber echado por tierra los imaginarios, prejuicios, estereotipos, estigmas, ideologías, políticas y prácticas racistas. Sin embargo, esto no ha ocurrido”. La raza, abunda, “es una construcción cultural y no una realidad natural”. Y lo que espanta más: se recrea sin cesar. Se le alimenta “de los cadáveres de sus manifestaciones pasadas” y se adapta.

Nos remite a Las bacantes, obra póstuma de Eurípides (406 a. C), como una fuente clave: la llegada a Tebas de un xenos, un extraño (ajeno) a quien se le recibe con hostilidad y se activa el mecanismo de la tragedia. Nada es nuevo bajo el sol.

En el mismo número de Desacatos, Gisela Carlos Fregoso subraya que “la variedad de significados que ha tenido el término de mestizaje ha sido construida siempre en relación con lo indígena”. El mestizaje ha sido “un proyecto político e ideológico” de origen colonial (la obsesión criolla por las castas), como la manera de ya no ser indígena, sino mexicano, que excluye al anterior. Mestizaje para llegar a ser lo que no se es. Un “pasaje racial”. El “indigenismo” moderno vino de complemento para racionalizar la exclusión en tanto el indio deje de serlo. El indigenismo ya dio de sí, pero el mestizaje está arraigado en las mentes. A esa fijación nacional dedica Federico Navarrete sus disquisiciones, y desde el principio de México racista anuncia su conclusión: “Los mexicanos no podremos dejar de ser racistas mientras sigamos creyendo que somos mestizos”.

 

Las bases de nuestro racismo vergonzante

Navarrete encuentra en la teoría del mestizaje el componente clave del racismo mexicano. Mientras éste exista, el nuestro seguirá siendo un país profundamente racista, pero de clóset. En el librillo complementario Alfabeto del racismo mexicano, el autor comparte citas y episodios que harán la delicia del lector avisado. Sus análisis y opiniones han irritado a las élites culturales, sobre todo porque Navarrete las identifica como reproductoras de la ideología racista que, típicamente, no se atreve a decir su nombre. Y más hoy que los indígenas, renuentes a fundirse en el tronco único, desafían al racismo y al poder político. El sistema dominante dice “combatir” la desigualdad, mientras se asegura de perpetuarla discriminando a los pueblos originarios, en los cuales pone su foco la discriminación “racial”. Se les apoda “etnias”, como con pinzas. “Ellos” son “etnia”; no los “mexicanos” (que sí son “raza”, lo que va de Vasconcelos a los chicanos).

Racismo mexicano es en buena medida una crónica de la tenaz desindianización del país emprendida por las élites, no tanto durante la conquista y el virreinato como a partir de que los criollos decidieron ser “México”. La detallada descripción de la denuncia inicia en las arenas movedizas del presente y la nota roja: los 43 de Ayotzinapa, la matanza de Tlatlaya, los feminicidios de Juárez, los centroamericanos masacrados en San Fernando, la trivial inflación del número (de víctimas), la necropolítica de la desigualdad, las burlas torpes de funcionarios y legisladores ante las pretensiones de indígenas de hacer política como tales, las opiniones infames de los “intelectuales cosmopolitas” acerca de protestas magisteriales, resistencias indígenas y campesinas y otros aspectos de la vida cotidiana real en cualquier lugar de la República.

La “denuncia” apunta la finalidad real del indigenismo postrevolucionario: “convencer a los indígenas de evolucionar y transformarse voluntariamente en mestizos, prometiéndoles una vida mejor como parte de la ‘mayoría’ de la patria”. Para llegar ahí hace todo un viaje por la escala cromática de la piel, la cabellera y los ojos de la población, y desnuda la obsesiva debilidad de las élites y su propaganda pedagógica por la blancura y el refinamiento atribuidos a lo “europeo”. El acceso en México depende del color que te ven, lo aspiracional de tu fenotipo, lo “correcto” de tu pronunciación castellana y lo “normal” de tu vestimenta. Dedica su atención a los “mitos” del mestizaje, que no es biológico, ni cultural, ni sólo entre indígenas y españoles (siempre se borra a los descendientes de africanos —la “tercera raíz”— y asiáticos), ni constituye un evento posterior a la conquista sino que se origina en la modernidad, sobre todo porfiriana. A la teoría de Paz sobre la chingada y nosotros sus hijitos aquí le va de la chingada; lo menos que la llama es “misógina” y patriarcal. La india violada no merece a ojos del poeta “ni un asomo de comprensión o piedad”. Los hijos de la chingada cargan la culpa, y se redimirán el día que superen “el trauma de la conquista” (otro cuento chino de nuestra cultura).

Cita a Justo Sierra padre e hijo, a José Vasconcelos, Lucas Alamán (pudo añadir a Martín Luis Guzmán), y los espejea con escritos recientes de Roger Bartra y Enrique Krauze, como si 150 años de historia no fueran nada. No sólo el jabón Dove y Televisa, también las oportunidades de educación y empleo. El racismo pasa por “natural”, está en todo, impregna a quien lo ejerce y a quien irremisiblemente lo padece. Navarrete recuerda cómo el gobierno de Carlos Salinas de Gortari debió hacer buches de cemento para reconocer, ya a fines del siglo XX, que los insurrectos zapatistas de Chiapas también eran mexicanos.

 

Hacia “otra” Historia

Con todo, lo más desafiante del libro aparece al final, cuando revisa los “fantasmas del mestizaje” y pone en tela de juicio presuntas certezas históricas. Cita con ironía a un Vasconcelos y le voltea la tortilla al darle la razón cuando bromeaba que “la conquista la hicieron los indios y la independencia los españoles”. Eso, al ver la derrota de los aztecas como producto de una vasta rebelión indígena que aprovechó la llegada de los españoles para acabar con sus opresores. Como suele ocurrir, los pueblos originarios (que no eran puro tlaxcalteca) acabaron oprimidos por sus aliados transatlánticos, quienes actuarían imperialmente y los dejarían proseguir sus existencias “primitivas” aunque azarosamente cristianizados. La verdadera guerra contra los pueblos inició en el siglo XIX, y la encabezaron los Juárez y Díaz más que Maximiliano, el emperador que pudo blanquear a la Patria, a quien el revisionismo historiográfico nos quiere vender hoy como más “liberal” y “moderno” que los liberales desteñidos. Como los primeros Habsburgo, él también estableció alianzas con pueblos indígenas.

El autor niega la existencia del “odio de raza” y “guerra de castas”, viejas pesadillas de criollo. Comenta el levantamiento de los mayas yucatecos así llamado y menciona a los ariscos yaqui, pero igual pudo añadir al chamula Pajarito o las incesantes rebeliones campesinas (indígenas) del siglo XIX. “Ninguno de ellos se llamó a sí mismo ‘indio o ‘indígena’, ni hizo referencia alguna a la voluntad de vengar la conquista española”. Fueron los hacendados, los políticos y los pobladores urbanos quienes acuñaron “guerra de castas”, “indios rebeldes”, “odio ancestral”, “venganza”, junto a “expresiones abiertamente peyorativas y racistas” que, justificadas por el lenguaje, les permitieron reprimir y eliminar a los rebeldes. No muy distinto a lo que dirían ciertos intelectuales contemporáneos sobre los zapatistas, los “macheteros” de Atenco o la inconformidad del magisterio plebeyo. Con fines similares: justificar el castigo del poder en nombre de la decencia, la ilustración, la democracia, la seguridad de la propiedad y la defensa de los valores del hombre blanco. La rabia antilopezobradorista y la burla soez contra Marichuy (no mencionadas en el libro pero de abrumadora actualidad mediática, entronización enésima del racismo criollo encarnado en los “candidatos blancos”) implican un recrudecimiento grave y peligroso de ese racismo atávico e irracional. Las elecciones de 2015, escribe Navarrete (y añadiremos las de 2018), demuestran “de manera trágica la casi completa desconexión entre los mecanismos partidistas y electorales y la realidad lacerante de México”.

Mexico racista concluye con un llamado a emprender “una nueva labor de comprensión de nuestra historia, de reencuentro con nuestro entorno, de reconocimiento de todo aquello que hemos querido negar, de personas que hemos despreciado e ignorado al grado de permitir que mueran sin merecer un nombre o una tumba”.

 

El mejor indio es ya saben cuál

En México, el mejor futuro del indio es dejar de serlo. Nuestro racismo se construyó desde presupuestos distintos, pero está tan arraigado y negado como el de los vecinos del norte. En Estados Unidos, el futuro del indio no existe. Los nativos americanos (NA) son inasimilables, lo mejor que se puede hacer con ellos es acomodarlos en reservaciones y clasificaciones taxonómicas, tolerar su existencia como una anomalía, cuando históricamente hablando la anomalía es el blanco, el invasor, el exterminador, el inventor y dueño de la Nación y sus mitos.

A ellos dedican la historiadora Roxanne Dunbar-Ortiz y la periodista Dina Gilio-Wihitaker su deconstrucción, en términos tan irónicos como los del Alfabeto de Navarrete. Y si la materia prima del racismo embozado de los mexicanos se antoja irracional y prejuiciosa, en Estados Unidos es difícil hablar de racismo contra los indígenas. Los estadunidenses, especialistas en racismo, lo cultivan contra negros, mexicanos, árabes, o judíos (según). A los nativos les toca la negación, la invisibilidad como una escala aún inferior al desdén “racial”. Carecen de historia, tiene “mitos”. Lo inexplicable es que sigan vivos. Quizá sea válido decir que a los NA los aqueja un racismo distinto del dedicado por el migrante blanco a la heredad oscura de los migrantes no europeos.

Dunbar-Ortiz y Gilio-Whitaker enlistan 21 “mitos sobre los nativos americanos” sin concesión alguna. En Estados Unidos la doctrina del descubrimiento sigue teniendo consecuencias legales, aunque haya ocurrido 284 años antes del inicio de su “America” y esté demostrada su falsedad. Resulta que los indios eran salvajes, nómadas, ingobernados, sin conocimientos útiles, supersticiosos, y sobre todo violentos. Estos conceptos están en la raíz del armamentismo doméstico de los gringos que en pleno siglo XXI sigue sorprendiendo al mundo civilizado. La Asociación Nacional del Rifle, las leyes permisivas y el mismo gobierno de Trump son producto de este atraso inconcebible.

Los mitos que analizan las autoras dieron pie al genocidio de los NA, tan denodadamente negado como el de los armenios en Turquía o el exterminio en curso de palestinos por el Estado de Israel, y permiten la discriminación podríamos decir que especializada que padecen centenares de tribus todavía existentes en la que fue Isla de la Gran Tortuga. Sirven para mascotas deportivas, modelo de princesitas y héroes colaterales de las guerras imperiales. Viven de la beneficencia y/o “se hacen ricos” gracias a sus casinos. Conforman una “raza” deteriorada por el alcohol y la pereza, no obstante que los presidentes (lo mismo Washington y Andrew Jackson que el actual rubio de origen alemán que trae de cabeza al mundo) han sido sus “amigos”. La generosidad blanca “les dio reservaciones” (aunque la nacionalidad sólo hasta el siglo XX). Cuando se les concede el beneficio de la duda de que sean capaces de integrarse, resulta que su “cultura” forma parte de la de todo Estados Unidos (algo que no resiste ni siquiera un chascarrillo).

“El mito de la extinción del indio es enteramente falsa”, escriben las autoras, “si no por otra razón, porque existen en la actualidad 567 naciones nativas reconocidas a nivel federal en Estados Unidos y porque, de acuerdo con el censo de 2010, hay 5.2 millones de personas identificadas como nativos americanos y de Alaska.” Como los mitos que desenmascara Navarrete para México, estos mitos del norte implican creencias vergonzantes y deliberadas falsedades con consecuencias muy dañinas para los nativos u originarios y apuntan, hoy como antes, a su extinción nunca del todo conseguida por el dominio blanco, y generan desigualdades sin fin.

Todo es colonialismo interno, algo que no suelen aceptar los análisis tanto en México como en Estados Unidos. Debemos aprender a interpretar el odio, la discriminación, la raza, la opresión, el despojo, la negación y el desprecio como invenciones teóricas y prácticas de quienes, creyéndose de “sangre limpia”, racionales, civilizados, científicos, y aún peor, “humanistas”, han sido y son capaces de cometer o solapar atrocidades bajo el amparo absurdo del color y el olor, la “raza” y una presunta superioridad que siempre termina donde comenzó: en la violencia arbitraria.

 

 

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