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LAS LUCHAS IMPOSTERGABLES

Ramón Vera-Herrera

Con el telón electoral de fondo asoma de nuevo el desprecio por lo que hace la gente. Para quienes pretenden votos o filiaciones nada importa salvo sumar números para SU proyecto.

A contrapelo, en México sobre todo las comunidades originarias (y los movimientos que de ellas se derivan) tejen y destejen en una brega cotidiana mientras ejercen luchas indispensables, luchas impostergables, inevitables (que guardan en su fertilidad un futuro que tarde o temprano asomará).

Éstas son luchas que no puedes dejar de atender porque afectan centralmente todo lo que eres, lo que es tu comunidad, tu región, tu localidad, en su ser territorial más inmediato. En esas luchas se va la vida o su sentido más diáfano para comunidades y personas.

Son luchas que se multiplican y abarcan regiones de todo el país, de frontera a frontera. El ataque es brutal, y parece avasallante, pero la gente de las comunidades se defiende con una entereza y un cariño más que sorprendentes. Y sus logros comienzan al dejarse de juzgar con los criterios de quienes les deshabilitan y les buscan sojuzgar.

Tales luchas las ejercen comunidades y movimientos, organizaciones de variado signo contra el extractivismo, el sistema alimentario agroindustrial, los megaproyectos de infraestructura, los basureros, los crecimientos inmobiliarios y urbanos, el acaparamiento del agua o la imposición de programas, proyectos, políticas públicas, reformas a leyes, estándares y criterios, privatizaciones, exclusiones y fragmentaciones.

Su corazón es la urgencia de defenderse y mirar mejor. Y éste su sentido de la urgencia, de recuperar dignidad y mirada propias, lo habitan como actitud ante el mundo porque ahí viene la súper-carretera, las retroexcavadoras arrasan con la selva o abren hondonadas para construir las represas; los ingenieros prospectan una mina o un pozo profundo para la fracturación hidráulica, abren un sitio de depósito de desechos tóxicos; las corporaciones abren naves y naves de invernaderos donde jóvenes y grandes mueren asfixiados de calor, fumigados por los agroquímicos, entrampados por la precariedad, el maltrato y los sueldos de hambre. Son luchas (como la de las CRAC) contra una delincuencia apadrinada por el gobierno que viola, tortura, mata, desaparece y pudre todo a su paso.

Ocurren porque no es posible permitir que autoridades y corporaciones se coludan para abrir una granja con miles de cerdos ahí mero donde se cuidan desde hace milenios las fuentes de agua de toda la región, que se verán afectadas irremediablemente.

Para quienes hacen la lucha es claro que continuarán pese a la arremetida de quienes les despojan y devastan, acaparan y controlan, disponen y persiguen.

La región de la Sierra de Puebla-Hidalgo emprende con logros nacionales, giras internacionales de visibilización y aciertos jurídicos y organizativos, una defensa de sus territorios contra TransCanadá y su gasoducto, logrando configurar consejos asamblearios desde abajo, vinculación horizontal, peritajes y litigios autogestionarios. Tienen amparos ganados contra el gasoducto, que aunque no significan que ya ganaron, transforman su experiencia por la coherencia cotidiana de sus acciones.

Qué decir de la lucha contra la presa La Parota en Guerrero (que sigue pese a asesinados y presos), o contra los molinos de viento en el Istmo de Tehuantepec, donde pese a los artilugios divisionistas las comunidades han ganado amparos contra la instalación de los megaproyectos y contra el modo de celebración de las consultas amañadas con las que por años quisieron dividirlos.

Además las comunidades binnizá e ikoots, con grandes dificultades materiales pero mucho amor por su tierra y la inmensidad de su mar, reconstruyen sus poblados tras los terremotos, algo que no es cualquier cosa sabiendo de las mañas y los desvíos de fondos de funcionarios y facciones partidarias.

La Península de Yucatán es hoy un laboratorio de iniciativas de defensa territorial y trabajo en proyectos autogestionarios de salud, apicultura, recuperación de semillas nativas, agroecología, promoción e impulso al maya como lingua franca en todo el territorio peninsular, más la denuncia de los acaparamientos de tierra, de la instalación de megacomplejos agroindustriales, del cultivo de soya transgénica con profusión de venenos agroindustriales, de los megamercados chinos, más los desarrollos inmobiliarios y turísticos. Se impugnan los paquetes de ayuda, las megagranjas, la contaminación de sus aguas profundas y el arrasamiento de la selva.

Consejos mayas que recuperan su identidad van ganando amparos contra el cultivo de soya transgénica (en Campeche, Yucatán y Quintana Roo por igual) y contra el Acuerdo de Sustentabilidad de la Península de Yucatán, que busca articular toda la batería de proyectos, programas, presupuestos y reglas de operación disfrazadas de verde. En los hechos un acuerdo intergubernamental de saqueo integrado por las tres entidades. Lo más importante, y no se mira, es el proceso de vincular y tejer que hace vivir una conciencia diferente entre la población maya. Los mayas no sólo rompen el silencio sino que asumen su “presencia histórica en los territorios de la Península”.

Los encuentros proliferan por todo México. Los convocan el Congreso Nacional Indígena, la Red en Defensa del Maíz, la Asamblea de Afectados Ambientales, colectivos diversos en defensa de los territorios, y sus fuentes de agua o las semillas nativas; contra la minería y las represas; contra la extracción petrolera y el fracking; por las abejas meliponas y la conciencia del suelo, por salud comunitaria o una educación pertinente en Cuetzalan y Tehuacán, Oaxaca, Xalapa, Mexicali, Atenco, Mérida, Chilapa, Tlapa, Ayotzinapa, San Isidro, San Cristóbal, Xalapa o Huayacocotla.

La apertura de espacios de diálogo y reflexión son el mejor síntoma de que el México profundo, aún invisible, sigue reconstituyendo sus referencias.

Las luchas que se prefiguran son variadísimas, como narra Ana de Ita en “En defensa de los territorios” (La Jornada, 4 de abril). Lo sorprendente es que cualquier recuento será incompleto.

Luchan contra Constellation Brands (las cerveceras que acaparan el agua) o contra los invernaderos esclavistas de Driscoll’s o la tala de bosques, la construcción de un aeropuerto o el Acueducto Independencia en el noroeste. En todo el país se lucha contra la imposición de autoridades y los límites agrarios.

“Contra la violencia y el despojo de sus bosques, contra los talamontes y su economía criminal”, como en Cherán y la meseta purhépecha o la franja nahua, recuperando bosques y organización comunitaria. La población “defiende su derecho al agua acaparada y contaminada por la agroindustria y la industria automotriz”, como lo hacen en Jalisco, Guanajuato, Veracruz, Puebla, Morelos y Tlaxcala, defendiendo la Cuenca Antigua o los ríos Atoyac, Nexapa, Cazones, Tehuacán, Necaxa y Tuxpan y los escurrimientos de los volcanes y hasta las Sierras Negra y Norte.

Si el crimen organizado está colado en muchísimas regiones, una de las conclusiones iluminadoras de los diversos encuentros que proliferan es la convicción de que el tejido comunitario fuerte, real, desde abajo, de origen comunalista y asambleario, con sistemas de cargos, responsabilidades compartidas y bienes ejidales o comunales defiende muchísimo de la entrada de estos males, como ocurre en buena parte de las sierras de Oaxaca, en los municipios autónomos zapatistas, en las comunidades originarias aledañas al DF o doquiera que las comunidades se sepan solas y con plena conciencia. Hoy se miran más que nunca: estamos en el momento en que las comunidades y los pueblos originarios, el campesinado mestizo con historia indígena y memoria comunitaria, entendieron que el Estado y los gobiernos, con sus cómplices corporativos, son nuestros enemigos. Con perspectiva y sin ceguera, sin ilusiones ni idealismos pero sí con el ideal de la justicia como centro de su ser, hacen la lucha.

 

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