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¿EL NUEVO GOBIERNO SERÁ NUEVO PARA LOS PUEBLOS ORIGINARIOS? / 255

Como si de pronto hubiésemos amanecido en un otro México, esto se puso muy pirotécnico. Candidato que persevera prometiendo un golpe de timón a una situación que resulta insostenible para la mayoría, acaba por imponer su verosimilitud en un Estado descompuesto y débil. Es el caso de México, con una población cansada de las incumplidas promesas  primermundistas de un libre mercado que nunca fue libre para el pueblo y de un liberalismo económico que nunca fue democrático (así que ¿cuál transición democrática?). Sólo se cumplió para las cúpulas de nuevos y viejos millonarios, de políticos profesionales siempre ganones. Mientras, las mayorías (es muy claro cuáles son) siguieron hechas a un lado, sitiadas y peor, migrando.

En este México avasallado, 30 millones de ciudadanos concientes votaron por Andrés Manuel López Obrador para presidente. Los porcentajes arrasaron con los partidos políticos, esa vieja plaga para las comunidades. El ganador promete que gobernará “para todos”. A ver cómo le hace si se sigue rodeando de los de arriba, haciéndole ojitos modelo contrato, y éstos son de los que nomás no pierden. Lo que ocurra con el aeropuerto en Texcoco dará la pauta. Y a ver en qué cambia la investigación gubernamental respecto a los 43 desaparecidos de Ayotzinapa. La lista es larga.

Los derechos colectivos, deuda histórica con los pueblos indígenas, diversos en cultura y en número, no fueron considerados en las campañas ni las promesas serias de los candidatos presidenciales. El ganador llega sin un compromiso explícito con las luchas y resistencias de los indígenas mexicanos, que se extienden por todo el país y no se traducen mecánicamente al concepto “los pobres” de AMLO. Sus regiones siguen militarizadas o atravesadas por el crimen organizado y los despliegues policiacos: a veces no se distinguen unos de otros.

Morena hereda los tres poderes de un país donde el despojo y la represión contra los pueblos originarios está desatada. Minas, hidroeléctricas, acueductos, parques eólicos, autopistas, campos petroleros, expropiación del paisaje, robo legal del agua, urbanizaciones sin límite; todo, acompañado de presión y corrupción económica, división deliberada de familias y comunidades, violencia en todos los ámbitos. Hay una guerra en curso que no tiene forma ni bordes. No tiene ni nombre. Los territorios indígenas son escenario recurrente de esa conflagración, o de sus variantes “no violentas” pero demoledoras.

Por todo el territorio nacional hay abusos y se extienden rechazos, resistencias, y se establecen autonomías donde se  puede en un ámbito donde abundan los desplazados, los despojados, los desaparecidos. Los pueblos originarios como tales, que suman más de 60 lenguas y muchos más millones de lo que admiten las cifras oficiales, no le extenderán a López Obrador un cheque en blanco. Ni tienen por qué. Está poco claro si frenará los megaproyectos que afectan territorios indígenas, si su gobierno defenderá de los transgénicos al maíz y los productos de los pueblos, si va a desandar las concesiones mineras ya encaminadas, si va a retirar a las fuerzas armadas de caminos, rancherías y pueblos. Si sus políticas de cooptación no acaban por dividirlos como lo ha hecho siempre el Estado.

Para resultar un gobierno verdaderamente nacional y moderno, deberá reconocer la multiplicidad cultural e identitaria dentro de la Nación, respaldando los derechos colectivos de estos pueblos. Las autonomías serán legales, además de reales y legítimas como lo son ya las existentes a pesar del Estado. Los que ofrecen “hacer historia” harían bien reflejándose frente al espejo de otros gobiernos “progresistas” de la región latinoamericana que ofrecieron respetar y reconocer a los pueblos indígenas, como Correa, Lula, Bachelet, incluso Chávez y Morales, y les quedaron a deber. Las resistencias indígenas seguirán hasta que sus demandas sean cumplidas y el gobierno obedezca a la dignidad de los pueblos.

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