ESTADOS UNIDOS ES UNA ESCENA DEL CRIMEN / 310 — ojarasca Ojarasca
Usted está aquí: Inicio / Veredas / ESTADOS UNIDOS ES UNA ESCENA DEL CRIMEN / 310

ESTADOS UNIDOS ES UNA ESCENA DEL CRIMEN / 310

ROXANNE DUNBAR-ORTIZ

Este es un pasaje del formidable libro La historia indígena de Estados Unidos, de la historiadora, escritora y activista estadunidense Roxanne Dunbar Ortiz. Publicada originalmente en 2014, la obra transformó “la visión de los vencidos” en Estados Unidos, contando las verdades documentadas que nadie quiere escuchar en la sociedad dominante. Ojarasca reseñó y documentó ampliamente el libro tras su aparición en Estados Unidos. La traducción al castellano es de Nancy Viviana Piñeiro (Capitán Swing, Madrid, 2020).

Jodi Byrd escribe: “La historia del nuevo mundo es el horror; la de Estados Unidos, el crimen”. Sostiene que es necesario comenzar por el origen de Estados Unidos como Estado de colonos y su intención manifiesta de ocupar el continente. Estos orígenes contienen las semillas históricas del genocidio. Cualquier historia verdadera de Estados Unidos debe poner el foco en lo que les ha sucedido a los pueblos indígenas (y lo que ha sucedido con ellos) y lo que aún sucede. No son sólo los actos colonialistas del pasado, sino también “la colonización incesante de las naciones, los pueblos y las tierras indígenas de Estados Unidos” lo que le permite al país “proyectar su mirada imperialista a nivel mundial” con “lo que es en esencia la construcción nacional que una colonia de población hace de sí misma como una democracia multicultural y multirracial cada vez más perfecta”, mientras “el estatus de los indígenas estadounidenses como miembros de naciones soberanas colonizadas por Estados Unidos continúa acechando y modificando su razón de ser”. Aquí Byrd cita a la académica lakota Elizabeth Cook-Lynn, que detalla la conexión entre las “guerras indias” y la guerra de Irak: La actual misión de Estados Unidos de convertirse en el centro del iluminismo político que es necesario mostrar al resto del mundo comenzó con las guerras indias y se ha vuelto la peligrosa provocación del propósito histórico de esta nación. La conexión histórica entre el suceso de Little Bighorn y el “levantamiento” en Bagdad debe ser parte del diálogo político de Estados Unidos si la ficción de la descolonización ha de suceder y la esperada deconstrucción de la historia colonial ha de hacerse realidad.

Lo que ocurre cuando los individuos suponen que no son cómplices en las estructuras de dominación y opresión es una “carrera hacia la inocencia”. Este concepto captura la suposición comprensible que hacen los nuevos inmigrantes o los hijos de los nuevos inmigrantes en cualquier país: suponen que no pueden ser responsables de lo que sucedió durante el pasado en su país adoptivo. Tampoco son culpables los que ya son ciudadanos, aunque sean descendientes de dueños de esclavos, asesinos de indígenas o el mismísimo Andrew Jackson. Sin embargo, en una sociedad de colonos que no ha saldado cuentas con su pasado, cualquiera que sea el trauma histórico que entraña la ocupación de la tierra afecta las presunciones y los comportamientos de las generaciones en cada momento dado, incluyendo a los inmigrantes y los hijos de inmigrantes recientes.

En Estados Unidos, el legado del colonialismo de asentamiento puede verse en las interminables guerras de agresión y ocupaciones; en los billones destinados a la maquinaria de guerra, las bases militares y el personal, y no a los servicios sociales y la educación pública; en las ganancias netas de las corporaciones, cada una de las cuales posee más recursos y fondos que más de la mitad de los países del mundo y, sin embargo, pagan impuestos mínimos y dan muy pocos empleos a los ciudadanos estadounidenses; en la represión de generaciones y generaciones de activistas que buscan cambiar el sistema; en la encarcelación de los pobres, sobre todo los descendientes de los africanos esclavizados; en el individualismo, cuidadosamente inculcado, que por un lado lleva a las personas a culparse a sí mismas por el fracaso personal y por el otro exalta la competencia descarnada de todos contra todos por el éxito, aunque rara vez dé resultados; y en las altas tasas de suicidio, drogadicción, alcoholismo, violencia sexual contra mujeres y niños, falta de vivienda, abandono escolar y violencia con armas de fuego.

Éstos son síntomas —y hay muchos más— de una sociedad profundamente perturbada, y no son nuevos. El extenso e influyente movimiento entre las décadas de 1950 y 1970 por los derechos civiles, laborales, de los estudiantes y las mujeres expuso las desigualdades estructurales en la economía y los efectos históricos de más de dos siglos de esclavitud y guerras genocidas brutales iniciadas contra los pueblos indígenas. Por un momento, la sociedad estadounidense estuvo a punto de emprender un proceso de búsqueda de la verdad respecto de las atrocidades del pasado exigiendo el fin de las agresivas guerras y la pobreza, demandas protagonizadas por el enorme movimiento por la paz de la década de 1970 y la guerra contra la pobreza, la discriminación positiva, el transporte escolar obligatorio, la reforma penitenciaria, la igualdad de las mujeres y los derechos reproductivos, el fomento de las artes y las humanidades, los medios públicos, la Ley de Autodeterminación Indígena y muchas otras iniciativas.

Una versión más sofisticada de la carrera hacia la inocencia que ayuda a perpetuar el colonialismo de asentamiento comenzó a desarrollarse en la teoría de los movimientos sociales en la década de 1990, popularizada en el trabajo de Michael Hardt y Antonio Negri. Commonwealth: el proyecto de una revolución en común, tercer volumen de una trilogía, es uno de los tantos libros de una moda académica de principios del siglo XXI que busca revivir el concepto europeo medieval de los “comunes” como aspiración para los movimientos sociales contemporáneos. La mayoría de los escritos sobre los bienes comunes apenas mencionan cuál será el destino de los pueblos indígenas en relación con la propuesta de que todas las tierras sean compartidas. Dos académicas y activistas canadienses, Nandita Sharma y Cynthia Wright, por ejemplo, no escatiman palabras al rechazar las reclamaciones indígenas de tierras y soberanía y las caracterizan como elitismo xenófobo. Creen que las reclamaciones indígenas son un “neorracismo regresivo a la luz de las diásporas mundiales que en todo el mundo emergen de su estado de opresión”.

La académica cree Lorraine Le Camp llama a este tipo de eliminación de los pueblos indígenas en Norteamérica “terranulismo”, remontándose a la caracterización que se hace en la doctrina del descubrimiento de las tierras supuestamente vacías: terra nullis. Es un tipo de historia en la que nadie tiene la culpa. Desde la teoría de un futuro liberado sin fronteras ni naciones, de un impreciso concepto de “comunes” para todos, los teóricos descartan el presente y la presencia de las naciones indígenas que luchan por liberarse de situaciones de colonialismo. Por lo tanto, la retórica y los programas indígenas para la descolonización, la consolidación de sus naciones y la soberanía son, según este proyecto, inválidos e inútiles. Desde la perspectiva indígena, como explica Jodi Byrd, “cualquier noción de bienes comunes que habla por los indígenas y como indígenas, pero que al mismo tiempo propone transformar la gobernanza indígena o incorporar a los indígenas en una multitud que luego podría residir en esas tierras forzosamente quitadas a los indígenas no hace nada por alterar la intención colonialista del proceso histórico inicial, que ahora se repite”.

__________

Para descargar el libro completo:

En inglés:

http://www.sackett.net/An-Indigenous-Peoples-History-ofthe-United-States-Ortiz.pdf

En castellano:

https://drive.google.com/file/d/1K0TGteAAoqGetwVLyBujPtzGgcDz6wbv/view

comentarios de blog provistos por Disqus