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DON JUAN BETAN

XUN BETAN

Desde chico, cuando llegaban visitas a la casa, que podrían ser familiares o gente desconocida que pasaban a saludar o los topaba en la banqueta de la casa, don Juan siempre tenía la misma estructura de su plática, como este breve recuerdo que me queda de él: ch’ul balumile sk’an cha’biel, sk’an amtelanel, sk’an ts’unel, ja’ skoj la yak’ skuxlejalik te jme’ jtotike, ja’ yu’un la scha’biik lek te vo’nej ants viniketike, ja’ yu’un mu’yuk lek xkil te kaxlanetike sk’an xu’uninik, jech noxtok oy jchi’iltik te sk’an xch’akik ch’ul balumile (la tierra hay que protegerla, hay que trabajarla, hay que sembrarla, por eso nuestros ancestros dieron sus vidas para recuperarla, por eso da coraje cómo los ricos del pueblo se habían posesionado de ellas, y lo más lamentable es que hay compañeros tsotsiles que piden que se dividan estas tierras comunales).

Estas expresiones todavía es común escucharlas de una generación de personas, hombres y mujeres que han vivido y sufrido las represalias de los distintos gobiernos neoliberales hasta la fecha, y que poco a poco escucho desvanecerse en una generación que poco le interesa el campo y que nuestros anhelos y deseos se vuelven distintas a esa vida enraizada al campo. Las nuevas generaciones estamos más atadas y conectadas al trabajo en oficinas, en las aulas, en las empresas de obreros o como mano de obra en las construcciones de ciudades monstruos o migrar para cumplir un sueño creado por las nuevas necesidades, así también por la marginación del trabajo del campo por las mismas instituciones gubernamentales, que les ha importado poco la producción. Así, este vínculo con la tierra se va apagando con cada hombre y mujer que se nos va y se unen con ella.

Don Juan fue concebido mediante el abuso sexual que sufrió la abuela Nicolasa, y el gran abuelo, don Bartolo, lo cuidó sin prejuicio alguno, y a sus 93 años sigue recordándonos de su vida como tameme en la finca de la familia Trujillo, unos finqueros venidos de lejos que habitaron la rivera del Río Grande de Chiapas. La vida del abuelo Bartolo, sumiso y obediente a las órdenes del capataz; don Juan, cuando tuvo uso de razón, quiso romper con esa tradición. Don Juan, siendo nieto e hijo de mujeres comuneras pertenecientes a la Casa del Pueblo, tuvo su gran fortaleza en saber que podía trabajar y vivir en esas tierras llanas donde harto crecía el maíz.

La construcción de la presa hidroeléctrica (La Angostura) inundó toda una estructura de vida arcaica de fincas; lastimosamente no fue para todos los que vivían acasillados en ellas. Pero el abuelo Bartolo logró liberarse, y emprendió el arduo trabajo de la milpa. Don Juan, como todo joven, quiso lo mejor para sus papás; el esfuerzo que le dedicó al campo le fue recompensado con los sacos de maíz y frijol para comer. A la llegada de la buena nueva de la organización comunal y de sus luchas de años por la recuperación de las tierras comunales ocupadas por las familias Avendaño, Castellanos y otros apellidos innombrables de la región, don Juan se llenó de valor para sumarse a la “bola” que lucharon para liberar las tierras comunales.

En esos tiempos estuvieron muy presentes entre las luchas de la OCEZ las palabras liberadoras de don Samuel Ruíz, que desde la reflexión en la iglesia fue tomando un mejor rumbo el pueblo, sin olvidar el vínculo con estudiantes de la UNAM que llegaban en brigadas a los pueblos y les emocionaba verlos, pensando que en el futuro sus hijos también fueran brigadistas. Pero algo que frenaba esa idea era el saber de las desapariciones y asesinatos que perpetraban los grupos paramilitares, cómplices de los gobiernos y los ricos de la región, contra los estudiantes y contra los comuneros. Como se decían en el pueblo: “matan para generar miedo y dejar la lucha agraria”. La organización Desmi impactó tanto que don Juan organizó proyectos colectivos. Lo que mejor pegó fue la producción de la miel, pero por la invasión de abejas africanas y por los constantes hostigamientos de los grupos paramilitares, dejó de funcionar. Del movimiento zapatista, le emocionaba que esa insurrección sea indígena, tsotsiles como nosotros, decía. Un día compró una pequeña grabadora para escuchar los corridos zapatistas de Andrés Contreras.

Así transcurrieron sus años de lucha, no sólo contra el mal gobierno, sino contra las malezas y malas hierbas que atacaban su cultivo de maíz. Vivió y sirvió a su pueblo, luchó contra la división de las tierras comunales y contra los megaproyectos de aquel entonces. Tal vez no fue buen padre, pero me enseñó a luchar, a destruir los muros y las barreras de la esclavitud moderna, lo que mi abuelo Bartolo vivió por varios años siendo acasillado y sirviendo como tameme en la finca. Don Juan no fue a la escuela, pero hacía sus pequeñas letras en cualquier trozo de papel para anotar fechas importantes de la comunidad y de otras cosas, como cuando llegó Otto Schumann o Jan de Vos a visitarlos, o el día en que Pablo Farías llegó a la casa y nos fotografió; él hizo sus notas de lo que le pareció interesante y de las fechas. Hablaba poco español para defenderse del maltrato y de la discriminación. Nunca fue a la escuela, pero sabía tantas cosas que podía pasar horas y horas platicando con él, como lo hice el día antes de su partida.

Kabetik yipal, k’unk’un sk’an pasel ak’o oyuk no’o smuk’ul ko’ontik ta spasel (Tal vez nuestras luchas sean pequeñas e inciertas, pero hay que tener paciencia), decía don Juan cuando luchaba contra el zacate llanero, ese que como plaga se esparce en todo el campo, limitando el crecimiento de las plantas de maíz.

¡Aleluya, aleluya!
gritarán los demonios,
alegres en su corazón
por el descanso de tu cuerpo.

¡Aleluya, aleluya!
y sufrirán cuando vean tu cuerpo
no en pedazos, sino en cada mazorca
y entre las flores de mayo.

¡Aleluya, aleluya!
te llevarán entre sus labios,
entre sus velas y cohetes
y en las fiestas del pueblo.

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XUN BETAN (Paraíso Grijalva, Venustiano Carranza, Chiapas, 1982), escritor, editor y traductor bats’il k’op o tsotsil, radica en San Cristóbal de Las Casas.

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