EL CAZADOR DE PALABRAS / 318 — ojarasca Ojarasca
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EL CAZADOR DE PALABRAS / 318

JOSÍAS LÓPEZ GÓMEZ (TSELTAL)

UN TESTIMONIO SOBRE ANTONIO REYES MATAMOROS, PRECURSOR Y ANIMADOR DE LA ESCRITURA EN LENGUAS ORIGINARIAS DE CHIAPAS UN TESTIMONIO SOBRE ANTONIO REYES MATAMOROS,PRECURSOR Y ANIMADOR DE LA ESCRITURA EN LENGUAS ORIGINARIAS DE CHIAPAS

Un sábado viajé de Oxchuc a Jovel en uno de los autobuses llamados guajoloteros que llevaba decenas de pavos amarrados de las patas en el toldo. Cuando llegué a Jovel hacía frío. La neblina densa cubría la ciudad. Las personas caminaban enchamarradas por la calle. Fui caminando por las cuadras hacia la Escuela de Escritores. Mientras avanzaba iba pensando cómo me presentaría ante un maestro desconocido, ya que, desde chico, siempre había tenido miedo a los mestizos; sobre todo a los racistas coletos de viejo cuño que se mofaban de nosotros los indígenas. Al llegar a la contraesquina de la avenida Benito Juárez y la calle doctor Felipe Flores, me detuve. Quedé viendo la casa del frente, de un solo nivel, que tenía una placa puesta a un lado de la puerta, que decía: Centro Cultural Jaime Sabines Los Amorosos. “Allí es”, me dije. Pocos vehículos transitaban en ese momento. Esperé que pasara un colectivo de la ruta María Auxiliadora que frenó al llegar a la esquina. El conductor se inclinó sobre el volante y quedó mirando hacia la calle doctor Felipe Flores. Me acerqué a la puerta abierta. Toqué dos veces y esperé unos segundos. Apareció un joven menudo, moreno, que vestía una camisa sencilla. Le pregunté si estaba el maestro José Antonio Reyes Matamoros. Me respondió que sí y me dijo que pasara. Entré, me senté en una mesa con cuatro sillas. Me entretuve observando el lugar, no parecía muy grande, tenía la forma de una ele mayúscula, con sus mesas y sillas de madera, vacías en ese momento. Al fondo del pequeño jardín que servía como patio estaba otra construcción. Miré los cuadros de arte que colgaban en la pared, en una esquina estaba una chimenea, al otro lado la cafetería. Al poco rato volví la vista hacia un hombre kaxlan que apareció detrás de mí, sosteniendo entre los dedos de su mano derecha un cigarrillo. Vestía una camisa a cuadros y pantalón de mezclilla. Su mirada era cálida y sonriente. Luego de saludarlo, le comenté brevemente lo que estaba haciendo en los Servicios Educativos para Chiapas y en la Unidad de Escritores Mayas-Zoque. De mi mochila saqué un escrito de cinco hojas, que para mí eran un cuento acabado, recogido de la tradición oral, se lo presenté. Creo que no terminó de ojear tan siquiera el primer párrafo y me objetó en seguida: “¿Quién te va a leer un trabajo así?”. Me sorprendieron sus palabras. Me exhortó a que dejara atrás el trabajo artesanal que no exigía más esfuerzo para su producción, que mi texto no mostraba ningún rigor en el uso del lenguaje, que tampoco tenía una estructura narrativa. No paró de hablarme sobre un montón de cosas, diciéndome que era importante saber contar la historia para que el lector lo leyera con entusiasmo, que le hiciera reír, llorar o gritar. “Si el texto es atractivo, cualquier lector se sentiría interesado por la lectura. No se detendrá hasta terminarlo”. No entendía completamente sus ideas, pero aparentaba comprenderlas afirmando con la cabeza. Vi al joven de la cafetería que escuchaba en silencio. El maestro me aseguró que el diplomado serviría para que mis ojos y oídos se abrieran al mundo maravilloso de las letras, con el fin de producir textos en mi lengua originaria; que fueran leídos y, sobre todo, criticados por el público lector interesado en conocer mi universo sociocultural. “La creación requiere pasión, mucha lectura. Hay que practicar todos los días”, me advirtió. “A eso vine”, le respondí.
Me impresionaron su honradez, su buen humor y su nobleza. Me pareció un hombre de gran calidad humana, tal como no se hubiera encontrado en todo Jovel. En ese momento fueron llegando jóvenes kaxlanes. No conocía a nadie. Pude conversar hasta que arribaron mis compañeros de la Unidad. Nos concentramos en una sala que quedaba al fondo, para iniciar las clases.

Conforme avanzaba el diplomado, el maestro Reyes se dio cuenta de que yo no era lector. Una mañana, mientras estábamos sentados frente a frente tomando café en Los Amorosos, me exhortó que leyera mucha literatura a partir de ya, para compensar mi atraso; afirmó que solamente leyendo mejoraría mi competencia lingüística: “Revisa todo lo que pueda estar a tu alcance: la verticalidad, la coherencia, la economía de lenguaje y la forma narrativa. La verticalidad de un cuento debe ser como el Cañón del Sumidero de Chiapa de Corzo, con una perpendicularidad majestuosa. Por eso es visitado todo el tiempo”. Me recordó que cada personaje debe estar en el lugar donde le corresponde. Si se trataba de un campesino, sus herramientas de trabajo no debían faltar, porque lo representaba. Levantó el vaso de café y sorbió. Luego habló: “Una de las principales tareas que debe de afrontar el narrador es dominar la lengua y las técnicas de cómo armar una historia”. Me preguntó si yo escuchaba música. Le respondí que sí, pero de Vicente Fernández. En seguida me cortó la palabra: “Esa música no sirve para el agudo sentido del ritmo de las frases de la narración, debes de oír la clásica de Beethoven, tantas veces como puedas”. Manifiesto que cuando la escuché por primera vez no me hizo gracia, me pareció aburrida, pues mis oídos estaban acostumbrados a los sonidos rancheros; sobre todo, cuando bebía cervezas con mis colegas profesores, mucho mejor todavía si la rockola sonaba fuerte.

Desafortunadamente no fui lector desde niño, lo digo con la frente en alto. Nací, crecí en una casa, en un lugar, donde nadie leía; donde no se oía música, sólo el trino de los pájaros. El nuevo testamento, traducido al tseltal, era el único libro que había en mi casa. Pero mi padre lo resguardaba en una caja de madera, envuelta en una manta tejida, para que nadie lo tocara. Mi madre ni siquiera aprendió a garabatear su nombre en una hoja de papel. No tuvo siquiera la oportunidad de asistir a la escuela. No había en su época. Pero ella se tomaba unas horas por las tardes para contarnos cuentos tradicionales conforme le permitía su memoria; relatos que circulaban de boca en boca en las casas de bajareque, en las milpas y en los días de descanso.

Abandoné el diplomado por mis actividades en los servicios educativos para Chiapas, sin comunicárselo al maestro Reyes. Temí que me reprendiera. Pero meses después, mientras caminaba tranquilamente hacia Bancomer, ubicado al lado sur del parque central de Jovel, para cambiar mi cheque quincenal, alcancé a ver al maestro José Antonio, sentado en una silla, leyendo un periódico, mientras el bolero le lustraba los zapatos. No quería saludarlo, procuré huir inmediatamente. Pero me detuve al ver que volvió la cabeza ligeramente hacia mí. Me acerqué con cierto nerviosismo y lo saludé. Bajó un instante el rostro, vio sus zapatos cómo estaban quedando. Cuando volvió a verme me preguntó qué había pasado conmigo, por qué abandoné así por así el diplomado sin avisar: “Lo dejaste por miedo a las lecturas”. Le respondí que no. Nunca se me olvidó lo que manifestó: “Así son los que no quieren progresar, abandonan sus responsabilidades. Eres maestro, debes de preocuparte por tu formación”. Sentí vergüenza y desprecio. Se quedó un momento callado, como si tratara de recordar algo. Luego habló y me dijo: “El texto que entregaste para aprobar el primer módulo es un buen cuento”. Sentí que me levantó el ánimo. Pagó al bolero, después agregó: “Pero hay que mejorarlo para su publicación”.

Era un monólogo de cinco cuartillas, basado en la historia de un viejo curandero que había recopilado de la tradición oral. Asentí con gusto su propuesta y convenimos encontrarnos un viernes por la tarde en la cafetería Los Amorosos.

Al terminar de revisar mi cuento, me advirtió: “Nunca pierdas la paciencia de releer tu escrito, porque la revisión es muy importante para cualquier escritor. Hay que dejar sólo las palabras indispensables, de esas que suenan bien”. Me instó a que le buscara otro nombre, basado en la historia del personaje, un título que atrapara a la primera vista del lector, ya que El viejo, como le había puesto, no era llamativo. Debo confesar que pasé noches pensando en el título, aunque releía mi texto no se me figuraba ninguno, hasta que por fin decidí llamarlo El ladrón de palabras. Cuando le comenté al maestro lo aprobó y me aseguró que sería publicado junto al cuento de Nicolás Huet, a los poemas de Juana Karen y de Ruperta Vázquez, y a los sonetos de Enrique Pérez.

Luego, no sé cuánto tiempo después, una tarde fui a Los Amorosos. Por suerte allí encontré al maestro, con el rostro lúcido, como si hubiera ganado el premio mayor de la lotería nacional. Abrió la cremallera de su portafolio negro, sacó un libro de pasta azul, intitulado Palabra conjurada: cinco voces y cinco cantos. “Aquí está, léelo, pálpalo”, me dijo sonriente. Nunca había sentido una sorpresa tan grande, tenía en mis manos mi primer cuento bilingüe impreso. Sonreí largamente como no estaba acostumbrado, porque al leer el primer párrafo de la presentación, escrito por el maestro Reyes como editor, me llamó la atención: “Palabra conjurada es una pequeña muestra colectiva de la emergente cultura india. Los cinco autores aquí reunidos, conjurados, son al tiempo exponentes de tres idiomas, tseltal, tsotsil y chol”. Habíamos dado el primer paso hacia el renacimiento de la literatura indígena en Chiapas, interrumpida desde el inicio de la llamada época colonial, al imponerse el español como el único idioma oficial. Estábamos de vuelta. Así respondimos en Chiapas al reto planteado por Mariátegui en 1928: “La literatura indígena sólo podría venir cuando los propios indígenas estuvieran en condiciones de producirla”. Palabra conjurada, cinco voces y cinco cantos nació con su propia voz narrativa; germinó desde lo más profundo de los guardianes de la madre tierra, escrito por bats’il winiketik. Era, sin duda, la primera obra narrativa y poética cultivada en las lenguas tseltal, tsotsil y chol, bajo el auspicio del maestro José Antonio Reyes Matamoros.

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Josías López Gómez (o López K’ana), originario de Oxchuc, Chiapas, es un narrador tseltal cuya obra bilingüe confirma su importancia dentro de la literatura mexicana en lenguas originarias. Se dio a conocer con el cuento “El ladrón de palabras”, que aparece en el libro colectivo Palabra conjurada (San Cristóbal de Las Casas, 1999), un hito en las literaturas indígenas mexicanas, editado por Antonio Reyes Matamoros. Ese relato también fue publicado en Ojarasca ese año. Después publicó los cuentos de Spisil k’atbuj / Todo cambio, Sakubel k’nal jachwini / La aurora lacandona, Sbolilal K’ina / Lacra del tiempo y la primera novela en tseltal, Te’eltik ants / Mujer de la montaña.

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