RÍO ARRIBA Y RÍO ABAJO — ojarasca Ojarasca
Usted está aquí: Inicio / Escritura / RÍO ARRIBA Y RÍO ABAJO

RÍO ARRIBA Y RÍO ABAJO

HERMANN BELLINGHAUSEN

Pasado un tiempo volví al río Tzendales. Una tarde, remontándolo, no lejos ya de la abandonada Finca Román río arriba, la lancha en que viajaba ya no pudo librar una caída de agua para la cual el lanchero no venía preparado. Ante mi insistencia y el auxilio de su auxiliar Atilano, casi un niño, de pies descalzos y elásticos, negros ojos brillantes y sonrisa de elote tierno, cargamos la embarcación por las rocas escarpadas cuando no húmedas, musgosas. Trataríamos de llegar a una laguna que no registraban los mapas pero se rumoraba con insistencia que existía.

El conductor de la lancha a partir de este punto dejó de ser mi guía. No conocía el terreno mucho más que yo. Proseguimos sobre el agua, el motor tosía, íbamos despacio. Comenzamos a remar, él todo el tiempo, a ratos yo o el niño. Estaba por anochecer. Sentí soñar en vigilia, cantaban las aves despidiendo al día. Al paso de una danta señorial y tímida, nos arrimamos a la ribera opuesta y dejamos de remar, casi de respirar. Elefante enano de pasos cortos sobre el lodo, caminó dentro del agua y bebió. Me pareció que pescaba algo. Hinchó su extraña trompa, alzó la testa, miró en nuestra dirección y giró como torbellino, chapaleó hasta hundirse en la densidad verde de la maleza hacia el monte impenetrable.

Todavía remontamos unas curvas más sobre el río y al pie de un promontorio el lanchero acercó la nave. Había un tronco muerto en un playón al que ató la lancha y dijo:

–De aquí en adelante al agua no le fío. Le pregunté sin mucho énfasis que por qué, pero eso fue toda su explicación.

Bajamos las mochilas. Bebimos bastante agua y un poco de pozol. Anocheció enseguida. El lanchero nos indicó que esperáramos y se internó en el monte con su foco rompiendo la oscuridad. Transcurrida media hora, el niño y yo, adormilados cerca del agua, vimos regresar la luz del foco.

–Encontré un cobertizo más arriba. Aquí no podemos dormir si no es en la lancha, pero no cabemos. Atilano, tú aquí te quedas, en la lancha. Nosotros vamos al cobertizo. Mañana subimos hasta donde se pueda.

Comprendí con cierta frustración que ya no llegaríamos muy lejos. Iba a preguntar por qué no venía Atilano con nosotros, pero entendí que la lancha y el río eran más seguros. Seguí al hombre dejando atrás el Tzendales. Un búho gritó en algún lado y el lanchero se sobresaltó.

–Es una advertencia —dijo.

–¿De qué?

–No sé —respondió.

Nunca dijo su nombre, ni se lo pregunté. Me había acostumbrado a no hacerlo con las voces civiles de la organización rebelde. Si se presentaban con un nombre, lo más probable era que fuese falso. En mis despachos al periódico, cuando hacía falta para alguien real, yo mismo les inventaba el nombre. A veces fundía dos voces en una sola.

Cuando anochece, la selva transforma sus prodigios. Respira más fuerte. Los pájaros carpinteros trabajan incansables, los saraguatos se lamentan, las aves despiden la luz con cantos obsesivos, su melodía mecánica se suma a un coro enloquecido que de pronto calla y deja sólo en alguna parte al cucú. Sin dejar de trepar una ladera hosca y negra, nos tomó más de dos horas encontrar el cobertizo. Tuve claro que el guía no tenía idea, a partir de aquí hablaba de oídas, o “suponía”. Fue bueno saberlo. A partir de ahí los dos sabíamos lo mismo. O sea, nada.

El cobertizo consistía en dos magras esquinas separadas de lo que debió ser una habitación de piedra. No había techo que cubriera nada, como no fueran los altos árboles y una ventanita de cielo estrellado muy arriba. Tendió su hamaca en una esquina, y yo en la otra. Bebimos el café frío que quedaba y nos comimos un cocol cada uno. Trepamos las hamacas, apagamos las linternas, nos dijimos buenas noches a ciegas y nos dormimos. Yo venía muerto, y todavía faltaba la caminata de mañana a la laguna, si acaso corríamos con suerte.

En la selva la noche no trae silencio, todo lo contrario. He pensado que hay más ruido que en el día. Las chicharras y los sapos alfombran el monte con su escandalera, y uno está sitiado por su ruido. No obstante, me dormí. Profundo. En la hamaca el cuerpo se reacomoda y, como flota, sueña de lo más fluido.

A la media noche pelé el ojo como si algo me hubiera picado el oído. Era el silencio. Me despertó la interrupción del crepitar de los animales nocturnos. Apenas zumbaban los mosquitos. No había luna y el breve claro sobre mi cabeza enseñaba un enjambre de estrellas, la cúpula astral de un templo a oscuras. Cogí mi foco, dejé la hamaca, me calcé las botas. El guía roncaba bajito, en resoplidos.

Rodeé la ladera por donde se barruntaba un camino y en unos doscientos metros, un nuevo claro delató un recodo del río. Brillaba con una luz que no venía de ninguna parte en la noche cerrada. Me sorprendió que el Tzendales volviera a estar tan cerca y en aparente remanso. Creía haber subido mucho con el lanchero para llegar al cobertizo.

Guiado por la imprudencia de un impulso bajé la nueva ladera y aterricé en un terraplén a escasos metros del agua más que vista presentida. No sabiendo qué hacer quedé inmóvil y apagué el foco. Me acostumbré a la total oscuridad, que en la selva permite a veces ver el resplandor húmedo de las cosas. Las flores brillaban, las grandes hojas se entregaban a los espejos de la noche. Pasaron bastantes minutos para que el alboroto de mi descenso se disipara en la orilla.

Un apenas estremecimiento, una vibración en el aire, un largo silencio absoluto, salvo las murmuraciones del agua.

Con mirada nocturna y sigilo, la silueta del jaguar se arrimó al río. Sin beber. Dirigió sus ojos como en llamas diminutas hacia donde me encontraba. Aunque incapaz de verme a mí mismo, el animal me miraba, ejerciendo un poder hipnótico que a la fecha me sorprende.

No hace falta ser muy ducho para entender que aquí no hay tu tía. El gato es muy agudo, y en el breve lapso que ocupa en observarme reúne mucha información sobre mis aromas, mi aspecto, mis puntos débiles, mi ceguera nocturna. Sabe que no lo veo, pero sé que está allí. Huele mi miedo. Si encendiera mi foco, quizás lo ahuyentaría.

Fuera del chapaleo desordenado y armónico del río, no se produce ningún sonido. Las alimañas, aves y batracios detienen el aliento. Si algo va a pasar que pase rápido. Nadie es más súbito que los mamíferos de la selva. Dichosos, no se resisten al paso del tiempo, no lo conocen. Hay una inmediatez en la inmanencia de su existir. Como el río que sencillamente sigue sin otra voluntad que su fluir, rodea o anega los obstáculos.

La inteligencia de las bestias silvestres es de puro instinto, y poseen seis o siete sentidos más afilados que los nuestros, conectados a sistemas nerviosos veloces, infalibles y sin culpa. El animal no conoce la duda. Los felinos en particular son eléctricos y sus impulsos son rápidos como la imaginación.

La noche era nítida en su negrura cuando una bruma que a saber de dónde me nubló la poca visión que me quedaba y cubrió las dos llamas diminutas. Temí por mi vida. En cuestión de segundos, la selva reactivó su clamor sonoro y supe que el jaguar ya no estaba. Prendí mi foco. Volví al cobertizo con dificultad, debía escalar una ladera quebrada, la misma por la que prácticamente había caído en esa ribera. Volteaba atrás a cada rato, sintiéndome seguido.

Alcancé mi hamaca, de pronto cansadísimo. Apenas eché unas ramas a las brasas de la pequeña hoguera que encendimos al llegar al cobertizo. El guía roncaba, pero el sueño me asaltó como una droga y me le entregué sin resistencia.

De ahí en adelante, todo fue perder el tiempo. Nosotros mismos nos perdimos. Según lo que tenía averiguado, no muy diferente de lo que el lanchero había escuchado. Que bordeando río arriba hasta una hondonada a espaldas del Tzendales, casi un cráter o algo. Y al centro, como una canica azul caída del cielo, la laguna sin nombre. También se decía que allá abajo quedaban quetzales. Cuando indagué con los compas guerrilleros y civiles, nunca recibí una respuesta que confirmara la tal laguna. Tampoco lo negaron.

La cosa es que nuestro vadeo nos condujo a unas pendientes imposibles y una espesura asfixiante. Seguimos un riachuelo más grande que los otros que cruzábamos, pero sólo para encontrar una pequeña cueva donde el arroyo venía subterráneo. No sé si eso la hacía manantial. Al acercarnos escapó una golondrina. Con el foco alumbré un murciélago diminuto, y luego a otros más. Colgaban en un sueño envidiable.

Desistimos de encontrar la laguna canica. Ni la hondonada encontramos. Optamos por retornar a la lancha río abajo y no dejar que la noche nos ganara. Cerca del paraje donde atracamos la lancha comenzó a llover en cantidades. A través de la vegetación encima nuestro lo que caía eran las cubetadas del dicho. Incesantes, como para ahogar incautos.

El chamaco resultó ingeniosillo. Con ramas y carrizo armó un sostén donde había colocado la lona que traía la lancha y la completó con grandes hojas y ramas de palma. El aire estaba caliente. Era de noche. Me quité la camisa, las botas y los calcetines. Me tiré al río para templarme. Luego nos sentamos en un tronco bajo el toldo a esperar. Atilano estaba en calzoncillos, alegre y silencioso. El lanchero, fastidiado, se dejó la ropa y se la pasó repelando hasta que clareó. Ya no llovía. Nos embarcamos luego de asar unas pacayas y un pequeño pescado cada quien a modo de desayuno.

Fuera de los tramos donde abandonábamos la lancha para evitar por las rocas las caídas y los rápidos, el descenso fue fácil y soleado. Estábamos completamente secos cuando alcanzamos el embarcadero al otro lado del Lacantún. El golpe de calor fue inmediato, y en minutos me volví a sentir empapado, esta vez de sudor.

__________

Relato inédito de la serie El río y el jaguar, ficción autobiográfica de la cual La Jornada Semanal publicó en tres entregas los capítulos 1, 2 y 5. Éste es el 4.

https://semanal.jornada.com.mx/2023/10/15/el-rio-y-el-jaguar-1904.html

https://semanal.jornada.com.mx/2023/10/22/el-rio-y-el-jaguar-5415.html

https://semanal.jornada.com.mx/2023/10/29/el-rio-y-el-jaguar- iii-y-ultima-1584.html

comentarios de blog provistos por Disqus