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TODO COMIENZA CON EL AGUA

RODOLFO GONZÁLEZ FIGUEROA

Todo comienza con el agua. En ella se gesta la vida y evoluciona en vertientes diversas desde donde nace, por donde transita y hasta su destino final que es infinito.

A su flujo y ausencia las plantas, los insectos, la fauna y la vida humana se han adaptado. Sus dinámicos cauces originan y son fuente de múltiples formas de vida y coexistencia. Aunque en los últimos años la sociedad parece no entender su comportamiento.

A veces imponente y en ocasiones mansa y apacible como los mismos ciclos geológicos e hidrológicos, el agua nos colma de mensajes. Cuando se desborda aturde y agita, remueve, purifica, reacomoda. Cuando se calma nos da paz, claridad, sabiduría: nos sana.

El agua se manifiesta en quietud profunda de manantial y en colosal río que se desborda. Así es y ha sido durante millones de años. Los arroyos y los ríos son las venas de la madre tierra y, como las venas mismas, cuando el pulso se agita, por sus conductos aumenta el flujo sanguíneo para purificar el cuerpo y, cuando el corazón se calma, el flujo de nuestras venas disminuye.

Periodos hídricos benditos y perfectos. Nuestro territorio ha sido dibujado por el flujo del agua que, a través del tiempo, ha pulido y esculpido montañas, cañadas, laderas y consigo ha arrastrado suelo sano para fertilizar los valles y cubrir de buen sustrato los territorios que inunda haciendo germinar a la vida con mayor nutrición y con diferentes expresiones.

Somos una especie que prueba su suerte en este mundo a costa de todas las demás. Y peor, a costa del paisaje, sus relieves naturales, sus caudales y topografía natural. En algún momento nos perdimos y buscamos amoldar la naturaleza a nuestro antojo modificando ecosistemas, cuencas e interacciones bióticas. En ese frenesí, deterioramos los bosques que antes captaban y contenían el agua para que se infiltrara aguas arriba. Y aguas abajo, aniquilamos la sinuosidad de los ríos arroyos para convertirlos en canales desenfrenados. Ya no hay remansos, playitas, parajes a donde de niños amábamos ir a jugar, chapotear y convivir. Los arroyos son viles canales que motivan la velocidad de la escorrentía hídrica y el arrastre de lo que a su paso encuentra.

Los ríos y arroyos, antes de haber sido alterados, nos traían suelo, tierra fértil, humedad, semillas. Ahora no nos dejan nada, porque todo se llevan. Las crecidas nos traían algo, ahora todo se llevan, lo arrastran. Hoy en día, el territorio y agua nos están obligando a tomar una pausa y buscar una manera distinta de percibir la vida y sus manifestaciones.

No podemos seguir peleando con la naturaleza. Apremia entenderla y aprender de sus mensajes. Los ríos y arroyos nos hablan. Pulsan y palpitan evidenciando su lenguaje. Urge escucharlos y romper la narrativa antropocéntrica y material. La inundación y el desborde son maravillosos. Quítate que ahí te voy, dicen los arroyos. Pero la reacción humana es agresiva y los reduce a la uniformidad rectilínea. Sin saber que con ello aumentará el riesgo.

A esto se suma la eliminación de la vegetación ribereña y el estrechamiento de sus cauces. La irracional necedad humana de querer controlar todo está haciendo que el mismo todo aumente su descontrol. Priorizar el respeto por el flujo del agua es urgente. Basta echar práctica de la observación a detalle por donde el agua pasa, por donde el agua inunda, por donde el río se desborda, ¿qué descubrimos? ¿Qué pasa días después en los suelos que fueron inundados? ¿Qué vegetación, qué fauna, qué clima, qué energías sentimos por donde pasa el agua?

Dejemos de culpar a la naturaleza y dejemos de victimizarnos. Seamos testigos y aliados de la naturaleza y no sus irresponsables verdugos prejuiciosos. Todo comienza con el agua y el agua tiene memoria. A nuestra sociedad actual se le olvidó. Urge recuperar nuestro respeto por esa memoria, abrazarla y aceparla como venga, mientras venga.

Porque si el agua deja de venir. . ..

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