DOS VISIONES TUTUNAKÚ / 322 — ojarasca Ojarasca
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DOS VISIONES TUTUNAKÚ / 322

MANUEL ESPINOSA SAINOS

XCHIKI AKTSINÍ / LA CASA DE AKTSINÍ

En nuestra lengua totonaca las palabras aktsú, maktsú, xaktsukú, xaaktsniná, quieren decir pequeño, el más pequeño. De estas palabras deriva el nombre de Aktsiní. Para nuestros pueblos tutunakú, Aktsiní está directamente relacionado con la lluvia.

Cuentan los abuelos que un día en que los hombres sagrados (es decir, los jilinín u hombres trueno) se disponían a salir a trabajar para llevar la lluvia donde faltaba, el más pequeño de ellos, Aktsiní, insistió para que lo llevaran.

–Yo también quiero ir, yo también quiero ir, yo también quiero ir —decía.

El más mayor de ellos dijo:

–Tú no puedes ir porque aún estás muy pequeño, aún no sabes trabajar y la espada es muy peligrosa para ti.

Pero Aktsiní insistió tanto que empezó a llorar y a hacer berrinches como cuando un niño quiere a fuerzas seguir a su papá cuando va a la milpa a trabajar, y no les quedó otro remedio que acceder.

De esta manera le fue otorgada una espada para ir a trabajar junto con los jilinín (truenos) mayores. Pero como él era pequeño y juguetón no tomó en serio el trabajo y empezó a mover la espada de aquí para allá sin ningún control.

A él le pareció muy divertido que con sólo mover la espada de un lado a otro cayeran fuertes truenos a la tierra y provocara fuertes lluvias, y tampoco le importó que con sus travesuras hiciera que los ríos se desbordaran y los cultivos terminaran destrozados por los fuertes vientos. Además tumbó cuanto árbol encontró a su paso y destruyó casas y caminos.

Esto provocó la molestia del mayor de los jilinín y le pidió a Aktsiní que reparara todo lo que había destruido. Así que al ver el enojo de los hombres sagrados Aktsiní se dispuso a reparar el daño y con su saliva pegó los pedazos de caña de la milpa que había destrozado. Esto era lo más importante.

Hasta hoy, los abuelos cuentan que cuando entre las hojas de la milpa se ve un líquido pegajoso parecido a la saliva humana es la saliva de Aktsiní, quien como castigo por sus malos actos permanece amarrado en el fondo del mar.

A veces, desde lejos se le oye cantar y tocar su instrumento por las tardes cuando está a punto de llover.

Los pobladores que viven cerca del municipio de Ixtepec dicen que Aktsiní vive en el río Zempoala y, de hecho, los abuelos y las abuelas, los más antiguos, cuando iban de visita a San Miguel Atlequizayán solían decir señalando con su dedo índice el cerro ubicado más al lado que al frente de este último municipio:

–Wa xa imá tata xchiki Aktsiní —que quiere decir: “Hijo mío, esa es la casa de Aktsiní”.

Justamente al pie de ese cerro está el río Zempoala. Algunos cuentan que adentro de ese cerro hay agua. Es la casa de Aktsiní.

Los abuelos cuentan que ahí nuestros ancestros totonacos iban cada siete años a bañarse para renovarse, para volver a nacer, para deshacerse de todo lo malo y para pedir por la buena vida. Iban a orar y a bañarse en las aguas del imponente cerro conocido como la casa de Aktsiní y regresaban a los siete años para hacer el mismo ritual, para renacer. Ahora ya no mucha gente sabe de esto y tal parece que ahora ya no le interesa renacer, renovarse y despojarse de sus malos actos y cosas.

 

LOS MUERTOS NOS ACOMPAÑAN

Cuando las parteras terminan de hacer su labor, un mes después del nacimiento del nuevo ser, se coloca una ofrenda en la tierra justamente donde se realizó el parto y en el altar se colocan comida, aguardiente, flores, incienso y agua, porque las parteras difuntas están aquí, con nosotros, y quieren, como antes, realizar su trabajo de cuidar al recién nacido y a la madre.

Se les ofrenda para que no se acerquen, porque aunque no tienen ninguna intención de hacernos daño, pueden provocar algún mal en el recién nacido y en la madre. Se les respeta tanto que es por ellas que también se realiza un baile con el recién nacido junto con todos los familiares y demás pobladores, para que sepan que su trabajo es valorado.

De la misma manera, cuando se inician los trabajos de telar de cintura, se rocía aguardiente en el tendido de hilos y en los palos que se colocan para tal efecto y se coloca tortilla desmoronada para que las artesanas difuntas no se acerquen, no vaya a ser que al querer ayudar descompongan el tendido de hilos, ya que si eso sucede, pueden distorsionarse las hermosas figuras que se tejen.

En realidad, tal lo como dicen las abuelas y los abuelos tutunakú, en el Kalinín o mundo de los muertos, todos los difuntos realizan el oficio que realizaban cuando aún vivían y cuando nos visitan tienen siempre la intención de ayudar.

Cuando alguien hace una casa, se ofrenda a la tierra y se rocía aguardiente en cada esquina donde irán los horcones o los castillos, según sea el caso, y en esas cuatro esquinas se coloca comida, para que los antiguos que se encargaban de construir las viviendas no se acerquen tanto cuando inicie la construcción, no vaya a ser que al querer ayudar descompongan el trabajo, porque aunque vivos están, ya son de otro mundo y pertenecen al Kalinín o mundo de los muertos.

Los abuelos y abuelas dicen que nuestros muertos están vivos, aquí, entre nosotros… por eso tenemos esa costumbre de honrarlos y esperarlos cada año.

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Manuel Espinosa Sainos (Ixtepec, Puebla, 1972), poeta, traductor y comunicador tutunakú. Estas son dos publicaciones suyas en Facebook.

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