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HOTEL BALMORI (UNA BALADA A LA GENERACIÓN DE LA GUERRA SUCIA) / 323

RAMÓN VERA-HERRERA
[Francisco Pérez Arce,
Hotel Balmori,
Editorial Ítaca,
Segunda edición,

México, 2023]

 

Los relatos van tejiendo su flujo paso a paso (por eso John Berger dice que caminan como los animales o los humanos) y cuando son muy significativos terminan reflejando también la historia grande del momento puntual que muestran.

Con esta lógica interna y con mucho cariño por sus personajes, Paco Pérez Arce va enhebrando los sucesos que, ocurriendo en los mundos obreros de las fábricas, en comunidades campesinas de Morelos y Guerrero, en barrios populares y centros neurálgicos de la ciudad, configuran varias luchas antisistémicas del fin de siglo. Así, cuando nos presenta a la China, personaja central de este libro fraccionado en relatos aparentemente dispares, dice de ella: “Tampoco podía imaginarse a sí misma como el punto de llegada de historias extraordinarias de amores y desdichas. No podía imaginarlo, en ella confluían muchas vidas. Concentraba amores, revanchas, afectos y desencantos que se habían deslizado entre las costuras de intrincadas historias. No representaba los amores y las venganzas, pero los había sobrevivido y por eso, en cierto modo, los contenía”.

En ese sentido los relatos son nuestro modo de atisbar esas costuras, asomarnos a las cicatrices o tal vez a las heridas de todas las historias que configuran una vida particular que tal vez teje también una saga histórica, social y política.

Pérez Arce nos propone, como otras voces de su generación, que la narración es un método, dúctil, fluido, sugerente, de aprehender el mundo, la realidad, entendiendo esas fronteras difusas que son los escozores o ardores de tales heridas.

Y cuando decimos que las historias caminan, esto quiere decir que eligen dónde pisar y dónde no, delineando lo que se dice y/o se calla: ese equilibrio de lo que sabemos y lo que sigue como misterio para las actuales generaciones.

A la nuestra, porque nos tocó el 68, se nos agolparon los misterios, las sinrazones y a la vez las certezas de la represión y las corrupciones, los asesinatos y las desapariciones, los engaños de los regímenes sucesivos que se nos iban imponiendo.

Hotel Balmori nos lleva por los tiempos estableciendo presentes diferentes desde donde uno va reajustando los lentes con los que atestiguamos los avatares de cada personaje: Ángel, Elena y Magdalena, Alicia (la China) o Damián. Marcial, el Percas o Canchola. Todos van figurando futuros y pasados o movimientos en paralelo para cambiar de rutas en esos tiempos de la imaginación.

Pero su densidad —que no es nada cargosa— también nos hace transitar los mundos contiguos de lo real y cotidiano, nuestras historias alojadas en la memoria y la imaginación, o todo aquello que nos topamos en los encuentros continuos que tenemos con la radio, el cine, la televisión.

Y en lo real se van desplegando también la fábrica, el restorán, los apartamentos y colonias de la ciudad, los vagones y estaciones del metro, el mundo del cabaret, de los grupos de sicarios, de la entrada al “hampa” de algún personaje y los vericuetos que eso va tejiendo en la marejada de episodios que nos asaltan con la masacre de Tres Cruces (la muerte de una familia campesina cualquiera) que como trasfondo tiene en la memoria el asesinato de Rubén Jaramillo, líder insurgente y fundador de proyectos autogestionarios cruciales en la historia reciente del país, continuador de la lucha de Emiliano Zapata y mucho más. Porque el asesinato de Jaramillo es en realidad el inicio del asesinato de toda una generación.

Dice Pérez Arce: “Empiezas jugando en el río y antes de que te des cuenta la corriente te envuelve, te abraza y ya no puedes zafarte. Si peleas contra la corriente es peor, de todos modos pierdes. Mejor déjate llevar, mantente a flote, y respira mientras puedas. No vas a volver nunca al lugar en el que estabas”. Ésa es una imagen que es aplicable a todo el entramado de relatos que dan cauce a las vidas de Alicia y Damián, del propio Ángel que cargó la culpa de haber sobrevivido a una masacre tan atroz como la del ejido Tres Cruces en Morelos, cerca de Puebla.

En el trasfondo se nos presenta el tránsito de toda una generación que llegó del campo y se tuvo que reconvertir a obrera. El libro centralmente reivindica el alma de valentía de las mujeres cuya entereza nos falta todavía celebrar y reconocer.

En la urdimbre, entendemos cómo la familia de Ángel está emparentada con los jaramillistas y cómo se urde la trama de las vidas que llegan a su historia y de la que surgen desenlaces muy sorpresivos.

En las idas y retornos del tiempo, Francisco logra hacer su propio relato de la guerra sucia desatada por Echeverría, pero también su versión de Tlatelolco, de la matanza del 2 de octubre. Y su propia versión coincide con la de mucha de la gente de nuestra generación, porque vivimos esos terribles acontecimientos. Esa matanza no fue de dimensiones moderadas.

Es tal vez la matanza más grande perpetrada en esos años a nivel latinoamericano. Y no se le reconoce así, por el nivel de ocultamiento. Dice Pérez Arce: “Nosotros estábamos adentro, ellos afuera. Nos sentíamos seguros y culpables. La balacera venía por rachas, cuando parecía que terminaba volvía más tupida. De repente se oían disparos de bazucas o tanques, porque el ejército había llevado tanques de guerra”. Y uno se pregunta: si por lo menos duró tres horas la balacera, y tenían acorralada a la gente contra los edificios y dentro del perímetro de la plaza, y utilizaron sus bazucas y cañonazos de tanque, ¿cuántas personas habrán sido asesinadas en realidad? Se habla de una cantidad ridícula cercana o menor a cien. Tal vez debemos multiplicarla para llegar a los miles.

Pero Tlatelolco es solamente un episodio que le añade densidad al relato de las vidas segadas por la represión en las masacres de campesinas y campesinos, de los pueblos originarios en el lapso de por lo menos 15 años entre principios de los sesenta y mitad de los setenta. Algo que configura también la mirada de toda una generación que somos nosotros, que ahora nos toca narrar y expresar nuestra versión de la historia y nuestro método de afirmarla: lo narrativo que reconozca lo subjetivo y personal y lo público y político, social y supuestamente “objetivo”.

A fin de cuentas, los arroyos, los retazos de vida arman su figura y se nos van revelando las claves que nos llevan al Hotel Balmori, al episodio que detonó las vidas de Elena y Ángel Salazar por segunda vez, después de la masacre que sufrieron de un ejército y unos servicios de inteligencia ávidos de control y muerte. Desde el prisma, miramos completa la guerra sucia y el arco de represión que va del asesinato de Rubén Jaramillo hasta la persecución de los grupos afines a Lucio Cabañas, Genaro Vázquez y la Liga 23 de Septiembre. Pero en ese arco, el libro nos asoma a los hilos de luz de las vidas individuales que nos reconfiguran la claridad y las sombras del presente.

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