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POR LA REBELDÍA Q’EQCHI’ Y POQOMCHI’

KAJKOJ MÁXIMO BA TIUL

En los tiempos de fin de año era común comer guineo asado y estar sentados alrededor del fuego, contando anécdotas, reírnos o hasta a veces estar con miedo porque tal vez alguien comenzó a contar leyendas como La Llorona o El Cadejo, con enfoque muy indígena. No como los cuentan en las áreas urbanas de Guatemala.

Las posadas, evento socio-religioso, comenzaban cuando los grupos organizadores iban de casa en casa a “ofrecer” las posadas. Sí, ofrecer, porque siempre se buscaba a familias que tuvieran casas grandes y posibilidades económicas para dar de comer a jóvenes y señoritas que participaban, no porque quisieran rezar, sino porque comenzaba el tiempo de los bailes o los famosos repasos. Las posadas más famosas eran las amenizadas por marimbas como la de los “cocheros” de la familia Caal Coy, la de los Choc o la de Chalio. A las rezadoras se les pedía que acortaran el rosario, porque lo que se quería era bailar y pasar momentos alegres.

Todo esto se daba al ritmo de la lluvia y el frío, el chipi chipi o muz muz hab’ o mutz mutz hab’ (como se dice en q’eqchi’ y poqomchi’). Noches bien oscuras y que a veces ni las estrellas se podían ver. Las señoritas y jóvenes corrían para terminar sus quehaceres y estar puntuales cuando comenzaban las posadas. No faltaban las guitarras, las tortugas (caparazón de tortugas), los silbatos, los villancicos. Era todo un mar de fiesta hasta llegar a la Navidad, los nacimientos, el robo de niños, la entrega de niños, hasta el dos de febrero o fiesta de las luces o de Candelaria como lo describe el calendario católico.

Jóvenes de todas las clases sociales se unían para organizar estos eventos, incluyendo los encuentros deportivos como el de basquetbol, que también fueron famosos en esta región. Todo el pueblo era una fiesta. Adultos y jóvenes se unían en un solo proyecto, celebrar las fiestas de fin de año. De estas actividades y de otras es donde salieron algunos jóvenes que después toman conciencia de la necesidad de cambio que tiene el país.

Ésta era nuestra vida, nuestra realidad. Cuando de repente, el tiempo comenzó a cambiar. El tecolote comienza a llorar todo triste. Las golondrinas dejan de pasar. Los azacuanes ya no sobrevuelan. Los perros aúllan de miedo y tristeza. El frío se siente mucho más frío. La lluvia cambia de intensidad. El sol deja de ser radiante. Dejamos de reír, cantar, soñar. Dejamos las fiestas, los convivios, los bailes. La marimba deja de sonar. Los caparazones de la tortura dejan de sonar. Las candelas ya no alumbran como antes. Los villancicos son tristes. Las señoras ya no rezan el rosario en las casas, sino a escondidas y en sus casas o a puerta cerrada en las iglesias. Todo, todo cambia.

¿Cuándo comenzamos a cambiar? Hemos pasado varias etapas en nuestra historia que trastocaron nuestras relaciones sociales y comenzaron a destruir nuestra vida comunitaria. La llegada de los españoles más o menos en 1537 con la religión católica encabezada por sacerdotes dominicos como Fray Bartolomé de las Casas, la independencia que nos impuso un diputado que ni se le conocía. La llegada de los alemanes aproximadamente en 1850. La guerra fría entre los años de 1954 a 1996 y ahora el nuevo extractivismo que promueve nuevas formas de colonización. En estos momentos de nuestra historia fue posible su penetración en nuestras comunidades por el miedo y el odio que impulsaron los grupos de poder. Cada momento tuvo su propio matiz y por eso le llamamos “genocidio continuado”.

En medio de toda esta oscuridad, toda la tristeza, siempre hubo resistencia y rebeldía. No tenemos datos de quiénes fueron los poqomchi’ que se resistieron a la primera colonización, pero estamos seguros que muchos, incluso quienes se bautizaron, lo hicieron como una forma de resistencia, no porque creyeran totalmente en la cruz y en la Biblia. Si nos pusiéramos a investigar, encontraríamos muchos relatos de personas en nuestro territorio que se resistieron a la colonización.

Lo decimos porque hombres y mujeres que hemos encontrado en los diferentes espacios de resistencia actualmente en Guatemala son poqomchi’. En la masacre de Panzós, que inaugura el ciclo de masacres en la región entre los años de 1978 a 1996, no sólo fueron q’eqchi’ quienes murieron, también había poqomchi’. En las resistencias actuales en contra del extractivismo, también encontramos mucha población poqomchi’.

Por eso, como decía alguien, es bueno “volver al pasado, porque es una forma de entender nuestra historia, mi historia, la historia de otros y otras”. Y es así como comprendo porqué seguir hablando del conflicto armado. No sólo como una época dolorosa, que dejó familias, comunidades, sociedades rotas y divididas, sino también para comprender la capacidad de resistencia y rebeldía de nuestros pueblos.

Y así es como ahora quiero comprender esa noche del 28 de diciembre de 1981, en donde el odio, la discriminación, el racismo, el miedo, el anticomunismo, el fascismo, nos arrebató a tres líderes de nuestro pueblo: Lázaro Morán Ical, Alfonso Jom Lem y Teresa Jul. No quiero entenderlos sólo como víctimas, son rebeldes, hombres y mujeres que se resistieron ante una sociedad injusta y un Estado terrorista. Por eso fueron desaparecidos por el Ejército y posteriormente sus restos fueron encontrados en lo que hoy es el Comando Regional de Entrenamiento de Operaciones de Mantenimiento de Paz (Creompaz).

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