EL PUEBLO PALESTINO: LOS NUEVOS “PIELES ROJAS” — ojarasca Ojarasca
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EL PUEBLO PALESTINO: LOS NUEVOS “PIELES ROJAS”

Presentación, edición y notas: Ramón Vera-Herrera

A PROPÓSITO DE UNA CONVERSACIÓN ENTRE GILLES DELEUZE Y ELÍAS SANBAR Y SU PUBLICACIÓN EN CARCAJ (FLECHAS DE SENTIDO)

Nos topamos con esta publicación, Carcaj (flechas de sentido), publicada por un colectivo diverso —que de inmediato, como flechadores y flechadoras nos presentan un manifiesto, donde entre otros puntos nos aclaran: “El Carcaj nunca es el objetivo. No es el blanco. No es un centro. Carcaj es una aljaba para textos donde confluyen arte, literatura y política. El Carcaj ocupa un lugar en la guerra. Lleva las flechas; pero más que almacén, es su caldo de cultivo, y espera a que sean lanzadas. Carcaj es un órgano cultural —si por cultura entendemos el cultivo del suelo llamado mundo. Carcaj es un agente contracultural —si por cultura se señala la fiesta frívola que acompaña el cortejo triunfal de la dominación. Carcaj lleva flechas de sentido. Pero este particular tipo de flecha no atraviesa unidireccionalmente, sino que explota en esquirlas. Carcaj es un espacio de pensamiento. El pensamiento no es el ventrílocuo de La Razón, sino el lenguaje, incluso el balbuceo, de las flechas que se lanzan. La crítica es su principal arma, y también es su estrategia”. Así lo señala la dirección tripartita de Constanza Tizzoni, Giordano Muzzio y Nicolas Slachevsky.

Podríamos hacer un cadáver exquisito de cada uno de los títulos que se nos anuncian como ventanas a mundos, reflexiones, reportajes, recuentos, teorizaciones, testimonios, entrevistas, poemas, frases provocadoras e imágenes que se adentran en el barrio y estallan en los ojos del mundo globalizado desde donde las resistencias quieren mostrar su arrojo y desde donde son en verdad pertinentes, porque el asedio se cuela a los rincones más íntimos de la vida y los sueños.

Así, nos asalta un vendaval de asuntos como un hiperpoema a varias voces: Hacia el fin de la noche, constelaciones satelitales y capitalismo espacial. La noche-muerte. Sobre los seres sin rostro que queman Gaza. Reflexiones espacio temporales sobre la larga noche de nuestra época. El efecto policial como soberanía. El crimen de escribir. Habitar lo inhabitable. Otro fin del mundo es posible. Que todo el territorio se vuelva feminista. Comer hablar besar. Flojos y empleados. Infancia y animalidad. Insomnio y desvelo.

Así, en un talante que recuerda al Comité Invisible o a los situacionistas, Carcaj busca estar en todos los frentes de lucha, en todas las encrucijadas donde se pida una flecha de razonamiento, sensación, sentimiento, provocación o mera conversación filosa y despierta.

En Carcaj nos topamos con esta entrevista, de la cual escogemos tan sólo algunos fragmentos, pero que nos arroja reflexiones que es crucial tener ante el crimen de lesa humanidad que perpetra el gobierno israelí en Gaza en estos momentos.

El texto en cuestión es “Los indios de Palestina. Una conversación entre Gilles Deleuze y Elías Sanbar”, traducido por Nicolás Slachevsky, publicada originalmente en el diario Libération del 8-9 de mayo de 1982.

Es una conversación entre el filósofo francés Gilles Deleuze y el escritor palestino Elías Sanbar, por la aparición de la Revista de Estudios Palestinos, creada en octubre de 1981 por Ediciones Minuit.

Dice Carcaj: “Hoy, a 40 años, ofrecemos una nueva traducción de esta conversación por los elementos de comprensión que todavía nos brinda para entender la situación actual”. Van algunos fragmentos:

Gilles Deleuze. Pareciera que algo ha madurado, de lado de los palestinos. Un nuevo tono, como si hubieran superado el primer estadio de su crisis, como si hubieran alcanzado una región de certidumbre o de serenidad, de “derecho”, que atestiguara una nueva conciencia. Y que les permitiera hablar de una nueva manera, ni agresiva ni defensiva, sino “de igual a igual” con todo el mundo. ¿Cómo explicas eso siendo que los palestinos no han alcanzado aún sus objetivos?

Elías Sanbar. Sentimos esa reacción desde la aparición del primer número. Los lectores entonces se dijeron “vaya, los palestinos también hacen revistas como ésta”, y eso removió en sus cabezas una imagen ya establecida. No olvidemos que, para muchos, la imagen que reivindicamos del combatiente palestino seguía siendo muy abstracta. Me explico. Antes de que impusiéramos la realidad de nuestra presencia, no éramos percibidos más que como refugiados. Cuando nuestro movimiento de resistencia impuso que se contara con nuestra lucha, se nos encerró de nuevo en una imagen reductora. Multiplicada y aislada hasta el infinito, se trataba de una imagen de puros militaristas, y no se nos percibía más que haciendo eso. Es para salir de ahí que preferimos nuestra imagen de combatientes a la de militares en sentido estricto. Creo que la extrañeza que provocó la aparición de esta revista viene también del hecho de que algunos se comienzan a decir que los palestinos existen, y que no sólo sirven para recordar principios abstractos. Si bien esta revista viene de Palestina, se trata de hecho de un terreno en el que se expresan preocupaciones múltiples, un lugar en el que no sólo toman la palabra palestinos, sino también árabes, europeos, judíos, etcétera.

Algunos deben sobre todo comenzar a percatarse de que, si hay un trabajo como éste, una tal diversidad de horizontes, significa que probablemente debe haber también, y en otros niveles de Palestina, pintores, escultores, obreros, campesinos, novelistas, banqueros, comediantes, comerciantes, profesores… en fin, una sociedad real, y de la existencia de la cual esta revista da cuenta.

Palestina no solamente es un pueblo sino también una tierra. Es el vínculo entre ese pueblo y esa tierra espoleada, es el lugar en el que actúa una ausencia, y un deseo enorme de retorno. Y ese lugar es único, está hecho de todas las expulsiones que nuestro pueblo vive desde 1948. Cuando uno tiene la mirada en Palestina, la estudia, la escruta, sigue hasta el más pequeño de sus movimientos, nota cada cambio que la toca, completa todas esas imágenes antiguas. En resumen, nunca se la pierde de vista.

Gilles Deleuze. [...] En el libro que estás preparando, insistes en la comparación con los Pieles Rojas [cf. Palestina 1948, la expulsion, París, Les Livres de la Revue d’Études Palestiniennes, 1983].

Es que hay dos movimientos muy diferentes en el capitalismo. O bien se trata de mantener a un pueblo en su territorio, y de hacerlo trabajar, explotarlo, para acumular más excedente: es lo que se llama corrientemente una colonia. O bien, por el contrario, se trata de vaciar un territorio de su pueblo, para dar un salto hacia adelante, aunque para ello haya que traer una mano de obra de afuera. La historia del sionismo y la de Israel, como la de Estados Unidos, ha seguido este camino: ¿cómo crear el vacío, como vaciar un pueblo?

En una entrevista, Yasser Arafat marca los límites de la comparación […] y ese límite también forma parte del horizonte de la Revista de Estudios Palestinos: hay un mundo árabe, mientras que los Pieles Rojas no disponían de ninguna base o fuerza fuera del territorio del que se les expulsaba.

Elías Sanbar. Somos expulsados especiales, porque no fuimos desplazados hacia tierras extranjeras, sino hacia la prolongación de nuestro “hogar”. Fuimos desplazados en tierra árabe, donde no solamente nadie quiere disolvernos, pero donde esa idea misma es una aberración. Ahí pienso en la inmensa hipocresía de ciertas afirmaciones israelíes que le reprochan a otros árabes no habernos “integrado”, lo que en el lenguaje israelí significa “hacer desaparecer”. Súbitamente a nuestros expulsores les preocupa el racismo árabe hacia nosotros. ¿Significa eso que no hemos debido enfrentar contradicciones en ciertos países árabes? Ciertamente no, pero estos enfrentamientos no surgieron del hecho de que éramos árabes; a veces eran inevitables, porque éramos y somos una revolución armada. De la misma manera somos los Pieles Rojas de los colonos judíos en Palestina. A sus ojos nuestro solo y único rol consistía en desaparecer. En ello, es evidente que la historia del establecimiento de Israel es una continuación del proceso que dio nacimiento a los Estados Unidos de América.

Éste es probablemente uno de los elementos esenciales para entender la solidaridad recíproca entre ambos. También es uno de los motivos por los que, durante el periodo del Mandato, no fuimos sujetos a une colonización habitual “clásica”, la cohabitación de colonos y colonizados [...]

Por el contrario, el sionismo parte de la necesidad de nuestra ausencia. Más aún, hace de la especificidad de sus miembros (la pertenencia a comunidades judías) la piedra angular de nuestro rechazo, de nuestro “traslado” y de la substitución que tan bien describió Ilan Halevi en Cuestión judía, la tribu, la ley, el espacio (París, Éditions de Minuit, 1981). Y es así como nacieron para nosotros, a la saga de los “colonos extranjeros”, aquellos que creo que deberíamos llamar “los colonos desconocidos”. Aquellos cuyo único proceder se reducía a hacer de sus características propias la base del rechazo total del Otro.

De hecho, pienso que, en 1948, nuestro país no solamente fue ocupado, sino que de alguna manera “desapareció”. Es, sin duda, así como los colonos judíos, devenidos en ese momento “los israelíes”, deben haber vivido la cosa.

El movimiento sionista movilizó a la comunidad judía en Palestina, no en torno a la idea de que los palestinos un día partirían, sino sobre la idea de que el país estaba “vacío”. Hubo, por supuesto, algunos que llegados al lugar constataron lo contrario y lo escribieron. Pero el grueso de esta comunidad funcionaba, con respecto a gente con la que se codeaba todos los días, como si éstos no estuvieran ahí. Y esta ceguera no era física, nadie se dejaba engañar a ese nivel, pero todo el mundo sabía que aquel pueblo hoy presente estaba “en instancia de desaparición”; todo el mundo se daba cuenta también de que, para que esa desaparición funcionara, había que hacer desde un inicio como si ya hubiera ocurrido, es decir, “no viendo” nunca la existencia del otro, sin embargo, ultra presente. Para funcionar, el vacío en el territorio debía partir por una evacuación del “otro” de la propia cabeza de los colonos.

Para lograrlo, el movimiento sionista jugó a fondo sobre una visión racista que hacía del judaísmo la base misma de la expulsión, del rechazo del otro. Fue ayudado de manera decisiva por la persecución de los europeos, que, llevada a cabo por otros racistas, le permitía encontrar una confirmación a su propio esquema. Pensamos de hecho que el sionismo aprisionó a los judíos, los tiene cautivos de esa visión. Digo a conciencia que los tiene cautivos y no que los tuvo en un momento dado. Lo digo porque, una vez que el holocausto pasó, el esquema cambió, se transformó en un pseudo “principio eterno” que quiere que los judíos sean en todo lugar y en todo tiempo “el Otro” de las sociedades donde viven.

Pero no hay ningún pueblo, ninguna comunidad

—y afortunadamente para ellos— que pueda pretender ocupar inmutablemente esta posición del “Otro” rechazado y maldito.

Hoy, el Otro en el Próximo Oriente, es el árabe, es el palestino. Y, colmo de la hipocresía y del cinismo, es a este Otro, cuya desaparición figura siempre en el orden del día, que las potencias occidentales le piden garantías. Somos nosotros, sin embargo, los que necesitamos ser garantizados contra la locura de los jefes militares israelíes.

A pesar de ello la OLP, nuestra sola y única representante, ha presentado su solución al conflicto, el Estado democrático en Palestina, un Estado donde serán destruidos los muros existentes entre todos sus habitantes, cualquiera que ellos sean.

Gilles Deleuze. La Revista de Estudios Palestinos tiene su manifiesto, que consta en las dos primeras páginas del núm. 1: somos “un pueblo como los otros”. Se trata de un grito cuyo sentido es múltiple. En primer lugar, es un recuerdo, o un llamado.

A los palestinos se les reprocha sin cesar el no querer reconocer a Israel. Miren, dicen los israelíes, quieren destruirnos. Pero hace más de 50 años que los palestinos luchan ellos mismos por ser reconocidos.

En segundo lugar, es una oposición. Porque el manifiesto de Israel es, más bien, “no somos un pueblo como los otros, por nuestra trascendencia y la enormidad de nuestras persecuciones”. De ahí la importancia, en el núm. 2 de la Revista, de dos textos de escritores israelíes sobre el holocausto, sobre las reacciones sionistas al holocausto, y sobre la significación que ha tomado el acontecimiento en Israel, respecto a los palestinos y al mundo árabe, que no se vieron implicados. Exigiendo “ser tratado como un pueblo fuera de la norma”, el Estado de Israel se mantiene en una situación de dependencia económica y financiera respecto de Occidente tanto más fuerte, tal que ningún Estado ha conocido nada parecido. […] Es por ello que los palestinos tienden tanto a la reivindicación opuesta: devenir lo que son, es decir un pueblo completamente “normal”.

Contra la historia apocalíptica, hay un sentido de la historia que hace uno con lo posible, la multiplicidad de lo posible, la profusión de los posibles a cada momento. ¿No es eso lo que la Revista quiere mostrar, incluso y sobre todo en las circunstancias actuales?

Elías Sanbar. Absolutamente. La cuestión de recordar al mundo nuestra existencia está ciertamente llena de sentido, pero es también de una simplicidad extrema. Es una especie de verdad que, una vez que sea plenamente admitida, le hará muy difícil la tarea a aquellos que han previsto la desaparición de pueblo palestino. Porque, finalmente, lo que quiere decir, es que de alguna manera todo pueblo tiene “derecho al derecho”. Es una evidencia, pero de una fuerza tal que representa un poco el punto de partida y el punto de llegada de toda lucha política. Tomemos a los sionistas. ¿Qué dicen ellos a este respecto? Nunca los escucharás decir “el pueblo palestino no tiene derecho a nada”, ninguna fuerza puede sostener una posición tal y ellos lo saben bien. Ciertamente los escucharás decir, sin embargo, “no existe el pueblo palestino”.

Es por ello que nuestra afirmación de la existencia del pueblo palestino es, por qué no decirlo, mucho más fuerte de lo que parece a primera vista.

 

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